En medio de todas las turbulencias que se viven a diario en el país, lo que sobresale como componente perturbador con mayor capacidad de incidencia es el déficit de confianza que sigue prevaleciendo en el ambiente. Ese déficit de confianza está íntimamente vinculado al déficit de responsabilidad que nos viene afectando desde hace mucho, prácticamente desde siempre. Y es de naturaleza elemental el hecho de que si no hay un marco de responsabilidad debidamente consolidado, una sociedad no puede avanzar por las vías del desarrollo con posibilidades reales de efectividad y éxito verificables. De esto hay pruebas a granel en todas partes.

Ir de salto en salto y de tumbo en tumbo, sin tener una hoja de ruta que merezca el nombre de tal es al final de cuentas la peor apuesta que se puede hacer, en perjuicio de todos y en especial de la sociedad misma, que desperdicia a diario en esa forma gran cantidad de energías valiosas en conflictos innecesarios e inútiles y en medidas que se quedan en lo inmediato, sin proyección ni sostenibilidad de futuro. Esto lo vemos en diversos planos: el institucional, el político, el social y el económico. No podemos seguir dando bandazos improvisados ni soltando palos de ciego en ningún ámbito, pero sobre todo en el referente a la gestión conductora del país.

Un ejemplo vivo de estos días es el caso de la disputa legal sobre la capitalización de inversiones de la empresa italiana Enel en LaGeo, de resultas de la resistencia institucional a que dicha capitalización hiciera posible que Enel controlara la mayoría accionaria de LaGeo. Es posible que dicho control sea riesgoso para el país, pero había un compromiso formal en la línea de la capitalización, y la solución no podía estar en darle vuelta al compromiso. Eso lo reconoció en primer término la Cámara Internacional de Comercio y ahora mismo lo ha ratificado la Corte de Arbitraje Internacional de París. Entretanto, ha habido pérdida de tiempo, dinero y confianza.

Todos en el país debemos entender que estar presentes y buscar ser actuantes en un mundo tan aceleradamente competitivo como el actual no es algo que se da en forma mecánica. Tenemos que adaptarnos a esa realidad, en el entendido de que las reglas del juego son parte de la competencia, y que quien no las maneja de manera adecuada, inteligente y consistente va quedando irremisiblemente fuera. Tanto de cara a las dinámicas interiores como frente a los desafíos externos, el país y todas sus instituciones y fuerzas tienen que mostrar que son capaces de manejarse con habilidad, credibilidad y visión acordes con las demandas de los tiempos.

Uno de los factores que más inciden negativamente en el desempeño nacional es, sin duda, la falta de una línea de trabajo en la que todos estemos comprometidos. Hay que hacer todo lo posible para que ese trazo de acciones articuladas y consensuadas llegue a hacerse realidad lo más pronto posible. Y lo primero es tener plena conciencia compartida de que la realidad es lo que es y no lo que cada quien quisiera que fuera. Insistir en esto último es mantener vivo ese impulso esquizofrénico que tanto daño nos ha hecho a lo largo del tiempo. Aprender de las experiencias tanto positivas como negativas es de personas sensatas y responsables.

Debería generarse un Pacto Nacional por la Confianza, que le sirviera de base a todo lo que tenemos que hacer para que el país progrese como necesitamos y como merecemos. De lo contrario, continuaremos en las mismas, cada vez más encenagados y atribulados.