La mayoría de ellas tienen innumerables argumentos apocalípticos, sin querer comprender la más sencilla, que es que el Papa es el “vicario de Jesucristo” y una de las realidades esenciales que Jesucristo nos vino a enseñar, en su breve paso sobre la tierra, es que Él es “La Verdad” y la mentira es contraria a su razón de ser; por lo que el Papa no puede mentir y por tanto no puede existir otra razón de su renuncia, más que la expresada por él mismo; tenga esta las consecuencias que tenga.

En el largo plazo, Benedicto XVI sabe que decir la verdad es siempre lo mejor para cualquier comunidad de personas; sea esta el mundo, un país, una ciudad o la misma familia y aun, un grupo de amigos.

Contrario a la primera lección que Benedicto XVI nos quiso dar, que es: “no mentir”. En la realidad imperante del mundo político de hoy, pareciera que esta se ha ido despreciando, pues cada vez se cree menos que el no mentir puede traer algún beneficio para el que lo hace y más bien se está llegando a pensar que el mejor político es aquel que “puede mentir”, o sea aquel que tiene la habilidad de que la mayoría de las personas le crean, aunque sabe que está mintiendo.

Por su gran inteligencia y sabiduría, es seguro que Benedicto XVI sabía que el decir la verdad iba a generar enormes problemas en el corto plazo, tal como ha sucedido.

También es seguro que él sabe que decir la verdad es la única forma de generar “bienestar y paz” en el largo plazo y que si todos nos acostumbráramos a siempre decir la verdad, el mundo sería un mejor lugar para convivir y al igual que Jesucristo, prefirió absorber las consecuencias del corto plazo; seguro que es lo que mejor le conviene a las generaciones futuras, no solo de la Iglesia Católica, sino del mundo entero.

Con su siguiente decisión nos dio la segunda lección: “Nadie debe considerarse insustituible” y es así como decide poner a disposición el cargo más importante de este mundo, para que su sucesor sea elegido en menos de sesenta días.

Esto contrasta con la mayoría de los líderes políticos actuales, los cuales entre más tiempo tienen de ejercer sus cargos, ellos mismos llegan a convencerse de que no existe otra persona suficientemente “preparada” para sustituirlos y terminan convencidos de que lo mejor que puede ocurrirle a sus gobernados es “que continúen en el cargo indefinidamente” o hasta que otra persona pueda “prepararse”.

“He llegado a la certeza” nos dice Benedicto XVI en su razonamiento para dimitir. Al hacer esta afirmación, la tercera lección que quiere dar a todos los líderes del mundo es que, en un momento dado, “cada dirigente debe preguntarse a sí mismo y sobre todo a Dios, si conviene que continúe como dirigente”, pues esa “certeza” de la que habla Benedicto XVI solo puede venir de una consulta con Dios mismo y Dios es algo que la mayoría de los líderes actuales ha dejado de tomar en cuenta, en sus decisiones diarias.

“En Dios confiamos” reza en los billetes de una de las monedas más importantes del planeta y Benedicto XVI, con su renuncia, nos lo recuerda.