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  • Explosivo. Las bombas artesanales son elaboradas con clorato que se vende de contrabando en coheterías.

  • Gran humedal. La bahía de Jiquilisco es uno de los humedales con mayor biodiversidad de especies marinas en la costa del Pacífico de toda la región centroamericana.

  • Riqueza. Los peces de la bahía de Jiquilisco son la fuente de subsistencia de decenas de comunidades.

  • Nueva generación. La pesca con explosivos en la bahía de Jiquilisco ha dejado decenas de jóvenes mancos en los últimos años. Almílcar Palacios perdió su mano en 2010.

  • Explotación. Muchos habitantes de la Isla de Méndez recolectan un aproximado de 120 conchas o curiles por un sueldo de $4. Les pagan una vez a la semana.

  • Mutilados. Practicar la pesca con explosivos les costó la mano derecha a David Jiménez, Odir Cubías y Amílcar Rivera (de izquierda a derecha en la fotografía).

  • Habilidad. La mayoría de expescadores con bombas que viven en la Isla de Méndez, Usulután, sigue trabajando en el mar y en el estero para mantener a sus familias.

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Séptimo Sentido conoció de cerca la realidad de los pescadores llamados Los ex bomberos de la Isla de Méndez.

 
Los pescadores con explosivos arrepentidos cuentan una infinidad de historias sobre cómo bombardeaban los manglares de la bahía como si fuera “Vietnam”.La explosión de las bombas es tan fuerte que puede destruir el caparazón de una tortuga carey. Los biólogos aseguran que la especie morirá si no se frena este tipo de pesca.

El día en que Alfonso se inmoló con una bomba artesanal, se había despertado a las 3 de la mañana. Era el miércoles 4 de marzo de 2009 y su hermano mayor, Bernardo, llegó a tocar la puerta de su casa hecha de madera de mangle para despertarlo.

Los dos hermanos tenían planeado salir temprano para pescar todo el día en un canal de la península de San Juan del Gozo, Usulután. Los dos salieron en la penumbra. Era la calurosa víspera de la Semana Santa, y la lengüeta de tierra llamada Isla de Méndez amaneció envuelta en el vapor espeso del Pacífico.

La isla estaba en silencio y solo un gallo despistado cantaba a lo lejos. Alfonso y Bernardo caminaron hasta la playa. Allí los esperaba Juan Bonilla, otro pescador que los acompañó en la faena. Los pescadores remaron cuatro horas entre manglares y bancos de arena para llegar hasta el sitio elegido.

Cuando llegaron, Alfonso sacó de una mochila las bombas que él mismo había fabricado: unos explosivos delgados que los pescadores arrojaban en las raíces del manglar para matar los peces que se encontraban en sus madrigueras. Una pesca ilegal y destructora del medio ambiente.

Alfonso tomó una bomba de clorato con su mano derecha. Pensaba que esos explosivos eran su pasaporte a una vida lejos del infierno de los manglares.

Hacía años que Alfonso estaba harto de buscar curiles con el lodo hasta la cintura, para que le pagaran $4 por 120 conchas. Así que el joven, de 21 años, era parte del ejército de 700 hombres, mujeres, y niños que libraban una guerra contra sí mismos pescando con explosivos. Hasta ese día, Alfonso había arrojado alrededor de 3,000 bombas a las aguas de la bahía. ¿Qué era una bomba más?

Pero unos segundos después, Alfonso había sido alcanzado por la violenta detonación de los explosivos que había idealizado tanto.

La bomba explotó en su mano mientras la sostenía a la altura de su cabeza. El pescador veía todo en cámara lenta. Escuchaba los gritos angustiados de su hermano al amigo que los acompañaba: “¡Agarralo, Juan, agarralo!”. Alfonso cayó al agua. Intentó nadar, pero se dio cuenta que ya no tenía su mano derecha. Su cabeza también sangraba. Bernardo lo sacó del agua, que ya estaba teñida de rojo.

Lo que vino después fue el llanto, el torniquete que no funcionó, remar hasta la isla más cercana, una sed descomunal y esa sensación de arder en llamas. “Yo le pedí a mi hermano que me arrancara el brazo porque no aguantaba el dolor, él me dijo que no, así que le dije, llorando, que por favor me matara”, cuenta el joven Alfonso, en voz baja, tres años después del bombazo, mientras abraza a uno de sus hijos pequeños con su manco brazo derecho.

En la isla donde llevaron a Alfonso después de la explosión, había una lancha que lo transportó de emergencia hasta Jiquilisco. Y de allí, el pescador fue trasladado en ambulancia hasta el hospital San Juan de Dios de San Miguel. Alfonso perdió el conocimiento encima de una camilla.

Despertó 12 días después sin poder mover la mitad izquierda de su cuerpo. Los doctores le dijeron que su sistema nervioso estaba dañado por la explosión. Pero ese no era el mayor problema.

La primera visita que tuvo Alfonso de fue su hermano mayor. Bernardo le contó que junto a su cama, en el hospital, había tenido custodia policial por ocho días. La policía sospechaba que Alfonso se había volado la mano por la pesca ilegal. Los dos hermanos podían ir presos.

Bernardo le rogó a Alfonso que dijera que había encontrado la bomba en un manglar, que fue un accidente, que no sabía nada de bombas. Bernardo le advirtió que no se le ocurriera confesar que eran pescadores con explosivos.

***

El asentamiento de pescadores comenzó con un error. Las primeras familias que vinieron aquí llegaron en cayucos y pensaron que esta era una isla. Se subían en sus bicicletas y en menos de 10 minutos pedaleaban a lo ancho del estrecho, entre el estero y el mar. Pero la Isla de Méndez es en realidad una península.

Un lugar donde la jornada no inicia en las primeras horas de la mañana, sino al atardecer. Justo ahora, cuando la brisa marina se cuela por las ventanas de las casas, los buscadores de huevos de tortuga caminan rumbo a la playa, y los pescadores nocturnos zarpan en sus cayucos para flotar por las aguas del estero.

Esta es hora en la que Eduardo, un viejo pescador, llega de visita a la casa de Alfonso, su sobrino. Alfonso está trabajando con dificultad en el solar frente a su casa. El espacio donde ha estado recluido la mayor parte del tiempo desde que la bomba le estalló en la mano.

Al joven le han amarrado una cuma a su manco brazo derecho, porque su mano izquierda no recuperó la movilidad después de la explosión. Alfonso nunca había sembrado chiles, pipianes, ni frijoles; pero desde que regresó a casa se ha tenido que acostumbrar a vivir lejos del mar.

El muchacho posee un rostro de estudiante de bachillerato, y es delgado como solo los curileros son delgados en la Isla de Méndez. El lisiado está agachado con su rostro empapado en sudor. Ara la tierra para limpiarla de toda la maleza. Alfonso hace una mueca cansada a modo de sonrisa al ver llegar a su tío Eduardo.

–¡Pase, tío, pase! –dice Alfonso con su voz suave. La esposa de Alfonso, Rosibel, lava la ropa en un estrecho lavadero. Sus hijos gemelos, de dos años, corretean desnudos por el solar. Un cerdo hace un agujero en la tierra arenosa.

Al fondo, está su casa hecha de madera de mangle y varillas de coco. La casa que su hermano Bernardo ayudó a construir, el mismo que fue asesinado lejos de la isla, unos meses después de haber rescatado a su hermano en el estero. Rosibel deja de lavar un pantalón y carga dos sillas para que Eduardo y Alfonso se sienten.

La mujer morena suelta la cuma amarrada al brazo de su marido. El filo parece un garfio. Eduardo ha venido a ver a su sobrino como presidente de la cooperativa el Palacio de las Aves, un colectivo de 55 expescadores con explosivos que realizan esfuerzos para evitar la práctica ilegal, y ayudan a muchachos como Alfonso, que se inmolaron con sus mismas bombas de clorato.

Los pescadores arrepentidos cuentan infinidad de historias sobre cómo bombardeaban los manglares de la bahía como si fuera “Vietnam”, confesando un delito del que nunca fueron capturados en flagrancia.

El grupo conocido como “los ex Bomberos de Isla de Méndez” firmó un cese al fuego con la fuerza naval que patrulla la bahía de Jiquilisco. La pesca con explosivos es una fechoría por la que ningún pescador guarda prisión, y por el que no siguieron investigando a Alfonso.

Las autoridades persiguen la práctica por ser altamente destructiva para el ecosistema del humedal, pero se ha realizado por generaciones: con la dinamita de contrabando que se utilizaba en las viejas pedreras; con las granadas fragmentarias y el C-4 que abundaban en la guerra civil; y con las bombas de clorato que se fabrican en la actualidad.

Es un método letal pero muy atractivo para los muchachos que se piensan sin futuro de la bahía. Un buen tiro basta para matar decenas de peces, en una tierra donde la tradición es la de morir trabajando en el calor del manglar o bajo las tormentas del mar, para nunca salir de la pobreza.

Así que jóvenes curileros como Alfonso –quien ahora tiene una mirada tímida mientras dialoga con su tío– fiaban el químico llamado clorato en las coheterías de Puerto El Triunfo para fabricar sus propias bombas.

Armaban los explosivos del tamaño de un atado de dulce y le colocaban como mecha el forro de los frenos de una bicicleta taqueado de pólvora. Bombas peligrosas y volátiles con la que casi una decena de jóvenes pescadores de la Isla de Méndez perdieron brazos, ojos, testículos o la capacidad auditiva.

“Sabíamos del riesgo, pero yo sentía la obligación de mantener a mi familia, yo lo era todo… No como ahora, que mi esposa lava ropa ajena para mantenernos y a mí me dejan las pachas hechas y me quedo cuidando a los niños”, dice Alfonso con un dejo de resignación. Él es el único pescador desterrado del mar en toda la isla, los otros mutilados por el fuego de los explosivos siguen ganándose la vida flotando en sus cayucos, allá, en el mar.

***

Hoy es día de pesca. Son las 8 de la mañana y el desayuno acaba de terminar. La primera comida de este jueves fue un plato de conchas recién sacadas, acompañado de una taza de café caliente. Es un día soleado, cálido y perfecto para salir a tirar el trasmallo al agua diáfana del estero.

Pero antes de salir a trabajar, “los ex Bomberos” sostienen una reunión en la que discuten el robo de cuatro trasmallos que eran propiedad de la cooperativa. Los pescadores están reunidos en el patio de la casa de Eduardo, bajo la sombra de un alto cocotero.

Misael Trejo, el secretario del Palacio de las Aves, habla sobre la pérdida y su impacto en la austera situación del grupo. “Nos van quedando solo ocho botes y ocho redes para los 55 pescadores que somos”, dice el pescador de rostro anguloso, haciendo números.

Los instrumentos de pesca fueron una donación del Ministerio de Medio Ambiente para incentivar a los pescadores a que dejaran de arrojar explosivos, pero hay quienes esperan semanas para salir a pescar.

Sin tomar en cuenta que, cuando el colectivo se organizó en 2010, hubo muchos “exbomberos” que no quisieron ser parte del grupo que después se incluiría en la Federación de Cooperativas de la bahía de Jiquilisco.

Hace dos años, los pescadores con explosivos de la isla no solo eran recriminados por los ecologistas por depredar el medio ambiente –y perseguidos por la policía por el manejo de explosivos–, sino que también eran odiados por sus vecinos.

“‘Bomberos’, hijos de la gran puta, ¡se están acabando todos los pescados!”, gritaban los pescadores artesanales a “los Bomberos” cuando los veían embarcarse en sus cayucos.

La tensión se debía a que cada vez había menos manchas de peces en las aguas cercanas a la Isla de Méndez. Los pescadores artesanales sabían quiénes eran los que usaban explosivos, así que hicieron una lista de nombres y se la llevaron a las autoridades.

“Ellos escaseaban a toditos los peces con la tirada, mataban los huevillos y los pescaditos recién nacidos, así que les tuvimos que poner el dedo, hubo una presión perra, a mí me amenazaron de muerte, me dijeron que me iban a tirar un bombazo a mi casa, pero no pasó a más”, contó Mauricio Palacios, un hombre gordo y de bigote, quien es presidente de la Asociación Cooperativa de Producción Pesquera de la Isla de Méndez (ACOPEIM).

En esa lista de los pescadores con explosivos que entregó Palacios estaban la mayoría de los nombres y apellidos de las personas que están reunidas en la casa de Eduardo esta soleada mañana. “Los ex Bomberos” son jóvenes que arrojaron explosivos a las aguas de la bahía desde que eran niños. Es un grupo de 25 hombres y 20 mujeres.

Porque en la Isla de Méndez los hombres usualmente salen a pescar en compañía de sus esposas, y cuando eran “bomberos”, ellos arrojaban los explosivos artesanales mientras las mujeres remaban por los canales de Jiquilisco; parejas como la formada por Rita y David, dos curileros que solo pescan de noche desde que una bomba estalló en la mano derecha del pescador.

Este accidente lo dejó manco y con un perenne dolor de cabeza. “Escucho un zumbido parecido al arrullo de una paloma de alas blancas”, dice David con su voz ronca. El pescador sufrió el accidente que también lo dejó sordo de su oído derecho el 24 de diciembre de 2005.

Lo atendieron en el hospital Rosales, donde dijo que se había quemado con un mortero. La reunión de la cooperativa de “los ex Bomberos” ha terminado y algunos de ellos se preparan para ir a pescar.

David comienza a caminar hasta la cercana playa embarcadero de la Isla de Méndez. Su esposa Rita se quedará en casa. El “exbombero” avanza frente a la casa azul donde funciona ACOPEIM. El pescador cuenta que solo hubo una detención por la lista que redactaron los otros pescadores, pero que a las pocas semanas el detenido salió en libertad.

David siguió pescando con explosivos a pesar del riesgo, e incluso después de haber perdido su mano derecha. “Aprendí a sostener el aután entre el ‘ñuñuco’ y mi cuerpo, y a tirar la bomba con la mano izquierda.

No lo dejé hasta que vi la posibilidad de entrar a la cooperativa y que me prestaran los trasmallos. Es extraño, pero yo nunca le tuve miedo a las bombas”, cuenta David mientras llega a la playa.

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El estruendo de una bomba acaba de escucharse en la bahía de Jiquilisco.

El estallido sonó atrás de la isla del Espíritu Santo, ahogado por la brisa del mar. David y el otro “exbombero” que lo acompaña se miran sorprendidos. Hace media hora que reman desde la Isla de Méndez, ahora están a mitad del estero. Un desconocido está tirando bombas hechizas cerca del lugar donde han venido a pescar.

David ve fijamente un manglar que parece infinito a su derecha, intenta captar cualquier movimiento. –El bombazo se oyó por el lado de Ceiba– dice David, pensativo. El viejo Andrés Velásquez, su compañero, balbucea un sí.

Son las 10 de la mañana y comienza a hacer calor. Aunque los dos pescadores no vieron la detonación de la bomba artesanal que recién explotó, calculan que fue un impacto en la superficie del agua. Un proyectil arrojado sobre una mancha de peces.

Los pescadores lo sospechan por el estruendo que hizo la bomba: un sonido seco como si fuera el disparo de un antiguo arcabuz. Utilizar las destructivas bombas requiere técnica.

Si los pecadores ilegales quieren matar una mancha de peces a ras del agua, utilizan una bomba de mecha corta; pero si pretenden impactar el corazón de una madriguera, amarran una roca a la bomba de mecha larga y la arrojan con suficiente tiempo para que llegue al arenoso fondo del estero.

Los peces son alcanzados por la onda expansiva de la bomba, lo que les provoca una hemorragia interna y la explosión de su vejiga natatoria. Muchos pescados flotan, pero otros mueren en vano en el fondo.

El bombazo es tan fuerte que puede destruir el caparazón de una tortuga carey. La bahía de Jiquilisco es el sitio de anidación de 250 tortugas de esta especie, lo que equivale al 50% de los ejemplares que habitan en el Pacífico del continente americano. La especie carey es una de las poblaciones de tortuga marina más amenazadas del mundo.

“La comunidad científica internacional ha determinado que las tortugas carey se extinguirán a corto plazo en todo el Pacífico de América si no se elimina inmediatamente la pesca con explosivos en la bahía de Jiquilisco”, aseguró unos días después Michael Liles, representante de la Iniciativa Carey del Pacífico Oriental (ICAPO) en El Salvador. Y según las estadísticas de la misma organización, al menos 27 tortugas murieron por la pesca con explosivos en Jiquilisco entre 2004 y 2012.

Irónicamente, la legislación que prohíbe la pesca con bombas es amplia en El Salvador. El artículo 31 y el 79 de la ley de pesca estipulan que la práctica es sancionada con 50 salarios mínimos.

Mientras que el Código Penal indica en su artículo 260 que cualquier persona que emplee explosivos para pescar será sancionado con prisión de uno a tres años. Pero las autoridades acusan lo difícil del terreno para hacer cumplir la ley.

“Es muy complicado capturar a los pescadores de la bahía porque dejan sus cayucos tirados, y se escapan entre los laberintos de los manglares cuando escuchan la lancha de la policía. Se comunican por celulares y saben cuando los andamos buscando”, dijo el subinspector Rivas, de la división de Medio Ambiente de la Policía Nacional Civil (PNC).

Las autoridades u organizaciones ambientales sin fines de lucro, como la Asociación Mangle, saben que el delito se comete, muchos “bomberos” han salido en reportajes periodísticos en prensa escrita y televisión, pero sus testimonios no sirven de nada sin pruebas.

Michael Liles es claro en el alcance de pescar con bombas: es una forma más fácil, rápida y productiva que la pesca tradicional; si no hay consecuencia legal, nunca la van a dejar de practicar. “Los ex Bomberos” de la Isla de Méndez están de acuerdo con la premisa del biólogo.

Ellos ya cambiaron su método, pero todavía hay decenas de pescadores de Puerto El Triunfo, Puerto Ávalos, Corral de Mulas, San Juan del Gozo, la isla San Sebastián y otros lugares de la bahía donde todavía se pesca con explosivos. Y antes de que David y Andrés salieran a su faena, el presidente de la cooperativa les advirtió que una pareja de la Isla de Méndez ha vuelto a usar explosivos.

Les pidió que estuvieran atentos a cualquier bombazo. Pero ahora los dos pescadores comienzan a tirar el trasmallo en el agua y no hay mucho que hacer después del estruendo que acaban de oír.

David se esfuerza para manipular las redes sin su mano derecha. Su brazo luce tieso como si fuera la prótesis de palo de un pirata. Después de arrojar la red, los dos pescadores comienzan a llamar a los peces.

Cada uno sujeta un palo de mangle y golpea el cayuco como si fuera un tambor africano. El rito tiene su explicación: los pescadores dicen que las vibraciones atraen a los peces y así caen más rápido. Unos minutos después, David y Andrés sacan la red del agua.

Hay unos peces que boquean inquietos en medio del trasmallo. Siete pelícanos se acercan para ver si los dos hombres sueltan algún pez fuera del cayuco. Sacar los peces de la red es la parte más complicada de la faena de David.

Una tarea para la que cualquiera necesita de sus dos manos. El “exbombero” sujeta la cola del pez con su mano izquierda, y con los dientes muerde las branquias. Parece como si el pescador estuviera besando en la boca a su presa. Es lo más cercano a una reconciliación con el medio ambiente. El viejo Andrés Velásquez, su compañero de pesca, se cae de la risa.

***

Es una tarde de coloquio en la Isla de Méndez. La esposa de Misael Trejo, el secretario de la cooperativa Palacio de las Aves, ha sacado unas sillas y platica con tres de sus vecinas.

Otro grupo de mujeres habla acalorado después del culto en una iglesia evangélica del centro de la isla. A pocos metros de ellas, cinco jóvenes pescadores cuentan chistes y beben sorbos de aguardiente.

Bajo la sombra de un gran árbol de tigüilote, el viejo Bartolomé Pineda –quien acaba de cumplir 100 años y todavía va a la playa a buscar huevos de tortuga– platica con un amigo que ha llegado a sentarse a su lado. Y afuera de su casa David habla con su esposa Rita sobre la mañana de pesca junto al viejo Andrés Velásquez.

David está sin camisa y sobre su piel morena se ven otras cicatrices que le dejó la explosión de clorato en su mano derecha. Las marcas son casi imperceptibles.

Pero a esta hora de la tarde, en la que todos los habitantes de Isla de Méndez parecen estar en la calle, es cuando se ve la enorme cicatriz que ha dejado la pesca con explosivos en la comunidad.

Un pescador llamado Fernando viene cargando el motor de su lancha –por el camino que viene desde la playa– y tampoco tiene su mano derecha. Hace unos minutos, Amílcar Rivera pasó por el mismo sendero y también está mutilado de su brazo diestro.

Pero quizás el caso más emblemático de toda la Isla de Méndez es el de Odir Cubías, uno de los viejos pescadores de la isla, quien fue quemado casi por completo por una bomba de clorato. David es su primo y deja su asiento al lado de su esposa para ir a visitarlo.

El “exbombero” camina los pocos pasos que separan su casa de la de su primo. A esta hora, Odir descansa en una hamaca frente a su vivienda, mientras mira un nido de guacalchillas en el techo.

Su padre, de 92 años, y su mamá, de 74, lo acompañan sentados en dos sillas. Al ver a David cruzar el cerco de su casa, Odir se incorpora con rapidez. El pescador no cuenta con ningún dedo en las dos manos ni mira con su ojo derecho. La explosión también le dejó grandes cicatrices en las dos piernas.

“El accidente no fue cuando andaba pescado, sino un día que íbamos de paseo por el estero, yo llevaba la bomba de clorato entre las manos durante el viaje en la lancha, le iba metiendo un clavo en la envoltura y se activó. Como llevaba la bomba entre las piernas, también perdí los testículos”, cuenta Odir por enésima vez en 30 años.

El anciano padre del pescador permanece inmutable ante el relato de su hijo. Odir es quien –a pesar de su discapacidad– mantiene a la pareja de ancianos. Es él quien pesca incluso durante las noches lluviosas en el estero. Odir ha aprendido a manipular anzuelos y redes sin dedos y se ha convertido en un símbolo de superación.

Pero el “exbombero” dice que es la pesca lo que lo ha mantenido activo. Pescar para mantener a su familia. Por eso asegura enfático que su caso no es peor que el de Alfonso Martínez, uno de los amputados más jóvenes de la isla y que pasa encerrado en su casa por su discapacidad.

David se despide después de platicar un rato con su primo Odir y sale de la casa. Son casi las 5 de la tarde.

A esta hora, otro culto acaba de terminar en la Isla de Méndez. Del templo evangélico sale Rosibel, la esposa de Alfonso. La mujer morena camina junto a sus gemelos hasta la casa de madera de mangle y varillas de coco.

Su esposo está sentado, platicando con dos hombres que han venido hasta acá para venderle vitaminas. Alfonso luce una camisa gris y se ve un tanto melancólico.

Platica con ellos un rato y después se va a la parte de atrás de la casa para tomar aire fresco. La brisa marina comienza a soplar con el atardecer en la Isla de Méndez. Sentir ese viento es lo más cercano que tiene Alfonso para recordar sus días de pesca. Su última faena fue una escapada que propició su padre hace unos meses.

El viejo curilero alquiló una piragua y llevó a su hijo mutilado a pescar durante la noche. Alfonso subió con dificultades al bote y no pudo remar ni pescar.

Pero el joven dice que ese recuerdo es uno de los pocos felices desde su accidente. Alfonso lo cuenta en voz baja mientras ve las plantas que ha sembrado en su patio: “No logré agarrar ni un pez, casi no pude hacer nada, pero volví a ver los manglares, contamos chistes con mi papá, comimos unas tortillas y por un momento sentí que volví a ser pescador.”