El asesinato de Stephany es un tipo de muerte que humilla y nos ofende a todos. Sobre todo a quienes somos parte de la clase media que también tenemos hijas universitarias.
El asesinato de Stephany es un tipo de muerte que humilla y nos ofende a todos. Sobre todo a quienes somos parte de la clase media que también tenemos hijas universitarias. Si me pongo en el pellejo del padre de Stephany, le echo la zarpa al cuello a cualquier vagabundo, lo amenazo con mi puño libre y le gritaría, al menos, un millón de veces: “canalla”, aunque el tipo no tenga nada que ver con el crimen.

Conocer detalles de la muerte de Stephany me obligó a levantarme con rabia, aunque confieso que esa no era la mejor actitud que podía abrazar. ¡El problema, sin embargo, es que conocer ese tipo de muertes es como escuchar mil truenos! O quizá me recuerda los encendedores de cigarrillos que usaba hace más de un año: se gasta la piedra, se acorta la mecha. Lo peor es que, aunque no sea adecuado, ni sea oportuno, se tiene la percepción que la batalla de la seguridad está perdida. Llegamos hasta creer que se ha hecho de todo –hasta un pacto rodeado de hostias– y que somos totalmente incapaces, como sociedad, de impedir que mueran mujeres como Stephany. Ni siquiera podemos perdonarnos, unos a otros.

Pero, hay otras muertes, muchas muertes, que duelen, con la misma o mayor intensidad. Confieso que a mí me marcó, para toda la vida, el hecho de que acudiera como testigo, en Lourdes, Colón, a la apertura de una tumba colectiva de mujeres vejadas más allá de cualquier llanto. Las mujeres que descubrieron ahí, transformadas todas en esqueletos sin una gota de piel, todavía mostraban, en sus cráneos, los horrores que pasaron. Muy cerca de la tumba, en medio de un cafetal, algunos hombres con el alma en sus tobillos dejaron un museo de lo que somos capaces de hacer: estaban tiradas decenas de telas íntimas, carteras, faldas y pantalones. Era fácil entender que a las mujeres las llevaban a ese cafetal, las violaban, las asesinaban y luego las enterraban. ¡Aquello era parte del reino de los canallas!

Pero, no solo eso me marcó para siempre. Todavía me atraganto cuando recuerdo aquella anciana, madre y abuela, con su cara afilada y su vida podada por la angustia y el sufrimiento, que llegó al lugar donde algunos paleaban, en busca de huesos. La mujer rezaba, y lloraba, con una fotografía, de su hija, en la mano. A esa mujer no le importó que el sol le quemara la cara. Se paró cerca del enorme hueco y nadie la movió de ahí. Oró por muchas horas. Yo llegué en la mañana. Luego me marché y regresé en la tarde. Y la mujer todavía estaba ahí. Quizá no había comido nada. Por eso, con toda la potencia de mi alma, le regalé un jugo de naranja que llevaba conmigo y un par de galletas. La pobre mujer tomó aquellos alimentos, y no paró llorar, de frotar la fotografía, y de orar hasta que llegó la noche.

Cuando le dijeron que, de acuerdo con las características de su hija, ella no apareció en ese cementerio, la mujer se acomodó el pañuelo que caía sobre su cabello, se acercó y me dijo que lo único que quería era encontrar a su hija para tener un lugar donde rezarle a su espíritu. Después se fue: seguía llorando, rezaba y no soltaba la pequeña fotografía que frotaba con las yemas de sus dedos.

El asesinato de Stephany nos duele a todos. Hay dolor y rabia en todo eso. Pero, no podemos olvidar que también hay miles de madres y abuelas que no tienen a sus hijas, o nietas, en la universidad, y que no terminan de entender por qué hemos hecho de este país un juego de azar entre la vida y la muerte.