En la apodada Docta por su Universidad o, la Gorda por su magnífica cocina, vivía en la calle central, frente a la Plaza Mayor, donde descollaban a mi vista el Palacio del Rey Enzo, príncipe alemán que en el siglo XIII quiso someter a la libre Comuna y, derrotado, condenado de por vida al encierro. Así como la gigantesca estatua del Neptuno del siglo XVI. Al lado del portón de mi edificio había un “bar”, con sillas y mesas en la acera.

Sentado ahí estaba en un tórrido día de agosto, cuando mi recién conocida amiga llegó con un compatriota, después novio y luego su esposo, Jesús Ramón Acosta Cazaubón, interesante personaje del agrarismo. Vámonos –me espetó él–, vamos a visitar a Bassanelli.

Enrico Bassanelli era mi profesor, considerado el mejor iusprivatista de Europa, es decir del mundo, que en verano vacacionaba en Cortina d'Ampezzo, uno de los centros turísticos europeos de mayor renombre, en los Alpes Dolomitas.

Yo estaba con ropa muy liviana. Bueno –le dije–, espérenme, voy por vestimenta y cosas esenciales. ¡Nooo! –replicó–, vente así, regresaremos hoy mismo. Entre ida, estadía y vuelta calculé que retornaríamos cerca de medianoche. Está bien –contesté.

La primera parada fue en Venecia. Para llegar a ella, se deja el automóvil en grandes estacionamientos en tierra firme y se toma un “vaporetto” (vaporcito), autobús acuático, hasta Plaza San Marcos, sitio veneciano por antonomasia.

Estaba por comenzar el evento más atractivo para los lugareños (aunque el universalmente conocido sea el Carnaval), la Regata en el Canal Grande, competencia de góndolas veloces que, como tantos festejos de localidades italianas, es una contienda de los barrios.

Nos apretujamos entre decenas de miles de espectadores, a duras penas librados de caer al agua, hasta que se anunció el vencedor, para jubilosa algarabía de sus partidarios y llanto, literalmente, llanto, de los rivales.

Imaginé que partiríamos disparados. Para nada. No conocía lo imprevisible de mi personaje. Decidió que fuésemos al Lido, la playa sobre el mar de La Serenísima, donde hay hoteles de fábula, a los que entramos solo para verlos, y el Casino de Verano: el de Invierno ocupa un suntuoso palacio en el centro medieval.

Abordamos el automóvil al anochecer. Ahora sí, era de darse prisa. No para Acosta Cazaubón. A la mitad del ascenso de los Dolomitas, atravesamos Vittorio Véneto, celebérrimo porque allí triunfaron los italianos contra los austríacos, en la batalla decisiva de la Primera Guerra Mundial. Vimos un circo y, por supuesto, entramos. En vez del espectáculo de pueblo, de tercera categoría, que era de esperar, resultó con números de primera calidad, jamás por mí vistos.

Llegamos al destino de madrugada. Al encontrar con dificultad hotel, fue un alivio cambiar el intenso frío de las calles por el calor del lobby y el cuarto. Lavé mi ropa interior y la puse a secar en la calefacción. La camisa tuve que conservarla hasta regresar a Bolonia, dos días después.

La tarde siguiente, tras subir en funicular a las montañas, tuvimos con Bassanelli, viendo el oscurecer cayendo sobre los imponentes picos, la conversación, en verdad su monólogo, más enriquecedor que sobre Derecho haya disfrutado en mi vida.