Me felicitaron muchos amigos de los que a fines de los cincuenta y a lo largo de los sesenta participamos en los últimos aletazos del vuelo majestuoso y libertario de esa águila sublime.

Pensé continuar con el asunto y, en busca de inspiración, recurrí a “La Universidad”, que desde su fundación en 1875 fue por décadas la revista con mayor porte científico e intelectual del país.

Encontré en los números 1-2 de 1961 el discurso de inauguración del año lectivo, pronunciado por el Dr. Napoleón Rodríguez Ruiz, rector que venía de sufrir en carne propia, en el sentido literal del término, el peor atentado, entre los muchos de que fue víctima, sufrido por el Alma Máter, bajo las botas y las bayonetas de la soldadesca policial de José María Lemus, que invadió su sede central el 2 de septiembre de 1960, dejando un muerto y centenares de personas gravemente heridas, entre ellas el propio rector y el secretario general.

Antes de hablar sobre la “pasión” del entonces máximo centro de estudios, Rodríguez Ruiz se refirió a su “vida”, al inicio de esa vida, citando literalmente el decreto de su creación; y la polémica sobre su verdadera fecha, que él, adoptando una de las puntas de la discusión, fija en el 16 de febrero de 1841, o sea a solo 20 años de la Independencia, como prueba de las altas y de largo alcance miras del gobernante que la engendró, don Juan Nemopuceno Fernández de Lindo y Zelaya, conocido simplemente como Juan Lindo, cuyo retrato en el Paraninfo, hoy diríamos aula magna, fue roto con yatagán por la chusma de “seguridad pública”, junto con el de Francisco Gavidia, a los que con pintura roja les pusieron “comunistas”.

En el “art. 1.º se establece en esta ciudad una universidad y un colegio de educación, al cual se destina el edificio material del convento S. Francisco, fundándose por ahora, una clase de gramática latina y castellana, de filosofía y de moral, cuidando el Poder Ejecutivo de ir estableciendo las más que correspondan a otros ramos científicos a proporción de los progresos que se hagan y del estado de los jóvenes educandos”.

En el art. 2.º se establece que en el “colejio” se recibirán 12 niños “pobres que vistan beca” por sus cualidades, dos “de cada departamento de los en que actualmente está dividido el Estado...”.

El art. 3.º dice que la dirección estará a cargo de un rector de nombramiento del Gobierno “y tendrá la dotación de cuarenta pesos mensuales”, el cual será también “catedrático de gramática por cuya enseñanza se le darán otros cuarenta pesos cada mes”.

Un punto interesante es que por el “art. 10.º Todos los doctores, licenciados y bachilleres, vecinos del Estado son miembros natos de la universidad y tendrán asiento en el claustro cuando se hallen en la capital...”.

Esto se enlaza con la categoría de corporación, “universitas”, como nacen las universidades en el medioevo; y con el co-gobierno que postula la Reforma de 1918, plasmado en la Ley Orgánica y el Estatuto Orgánico de 1951 de la Universidad de El Salvador.