Nadie puede permanecer aislado, y cuando el aislamiento ocurre se le mira como un castigo, como una voluntad completamente atípica o como una situación excepcional. Pertenecemos a diversas formas de agrupamiento, que van desde la familia hasta lo que hoy podemos llamar comunidad global. Y esta condición evidentemente nos condiciona. Nos condiciona y nos compromete. Por eso es incomprensible que la educación le dedique tan poca atención al cultivo de la convivencia, que si bien existe como un hecho de la vida no se perfecciona por sí misma: necesita instrucción y entrenamiento progresivos. Esto se percibe en todas partes, pero hay diferencias resultantes de la cultura y de la experiencia histórica. Cada individuo y cada sociedad son universos propios.

A nosotros nos incumbe directamente, desde luego, lo que al respecto ha sucedido y sucede en El Salvador. No somos una sociedad constitutivamente violenta, pero sí hemos venido estando determinados por diversas formas de violencia que se nos fueron convirtiendo en una especie de fatalidad introyectada. Toda esa acumulación nos condujo a la guerra fratricida, que es en cualquier caso la expresión más inhumana de la violencia. Pero por fortuna providencial la racionalidad anhelada se logró imponer sobre la irracionalidad acumulada, y así se pudo pasar a esta nueva etapa, por la que vamos avanzando, con tropiezos y desencuentros, pero dentro de una línea seguramente irreversible. Esto, desde luego, exige aprendizaje disciplinado, entrenamiento en forma, reciclaje de actitudes y acopio constante de energías renovadoras.

La sociedad salvadoreña viene cargando, desde siempre, la carencia de un proyecto nacional que la convierta en los hechos justamente en eso: en una nación con suficiente conciencia de sí misma. Esto se debió emprender desde los primeros momentos de nuestra existencia republicana, pero todo el siglo XIX se desperdició en un caudillismo rudimentario y prácticamente todo el siglo XX fue el escenario de la abusiva implantación del poder. En tales condiciones, no es de extrañar que lo que se potenciara a lo largo del tiempo fuera la división, en vez de la integración. Tal división fue profundizándose hasta generar los brotes perversos del conflicto bélico, que fue lo que vivimos y sufrimos, en angustiosa plenitud, durante la penúltima década del pasado siglo. Pero la historia nos tenía reservada una sorpresa renovadora, que llegó bajo la forma del acuerdo de paz.

Estamos hoy en una nueva etapa histórica y lo primero que tendríamos que hacer, tanto individual como colectivamente, es reconocer que esta etapa es diferente a las anteriores. Y la principal diferencia en el ámbito de los asuntos públicos consiste en que ahora y de aquí al futuro es inevitable establecer la sociabilidad política como elemento básico de gobernabilidad y, por ende, de estabilidad. En otras palabras: vivir la política implica convivir la política. Esto debió ser siempre así, pero sólo la democracia lo hace posible en los hechos, y, en consecuencia, dicha sociabilidad básica se ha manifestado como imperativo nacional inexcusable a partir de la asunción de la democracia como esquema de vida allá al comienzo de los años 80 del pasado siglo. Mucha agua ha llovido desde entonces, y seguimos en un aprendizaje bastante accidentado.

Convivir, en cualquiera de las formas de la convivencia realizable, requiere la puesta en práctica de tres principios fundamentales: respeto, naturalidad y tolerancia. El respeto parte del reconocimiento del otro como persona y como ciudadano, independientemente de las circunstancias políticas o de las condiciones socioeconómicas de cada quien. La naturalidad es el funcionamiento espontáneo en todas las expresiones de la vida individual y social, sin ninguna dramatización artificial. Y la tolerancia es la aceptación de las diferencias como algo propio del convivir en sociedad. En nuestro ambiente los mayores déficts que padecemos son precisamente los de respeto, naturalidad y tolerancia. Y corregir tal situación deficitaria es imperativo de supervivencia democrática.

Nuestra democracia no está en crisis de identidad, sino en crisis de recorrido. En otras palabras, no hay peligro de reversibilidad, sino riesgo de turbulencia. Y eso es lo que tenemos en el día a día: una serie de trastornos sucesivos derivados del irrespeto aprendido en nuestra larga noche autoritaria, de la falta de naturalidad en el manejo de las realidades tanto públicas como privadas y de la intolerancia tan persistentemente practicada. En tanto no se hagan los consistentes esfuerzos para entrar en fase de superar todas esas distorsiones de la conducta tanto personal como colectiva, seguiremos tropezando en las mismas piedras cada vez con resultados más perturbadores y desquiciantes. Tomar clara y comprometida conciencia de ello sería una especie de seguro de salud para la democracia que queremos y merecemos.