Nos empeñamos en no aceptarlo pero hay una tremenda responsabilidad compartida por la mayoría de salvadoreños: quienes pecaron directamente por acciones y órdenes injustas y quienes pecamos por omisión, por soberbia o por triste indiferencia. Las armas de la guerra callaron, pero los tambores de guerra todavía redoblan.

Qué hermoso sería si el próximo 16 de enero ese Acuerdo de Paz amaneciera publicado y avalado por todos los firmantes sobrevivientes del documento y por representantes empresariales, gremiales, sociales, escritores, académicos, políticos, jóvenes –ellas y ellos– avalado por el señor arzobispo de San Salvador y por otros líderes de credos vigentes en nuestro amado Cuscatlán. Ese sería el gran Acuerdo de Solidaridad Nacional por el cual prometen respetarse y actuar como hermanos... “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, Jesús de Nazareth. “Si en verdad queremos amar, tenemos que aprender a perdonar”, Madre Teresa de Calcuta. Respetuosamente, de un abuelo (84 años) que tuvo que huir, por la cruel guerra, de su lugar de residencia.

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