En este mundo cada vez más abierto y globalizado, tener capacidad real de competir se ha vuelto la llave maestra del desarrollo. Eso implica, en lo que a cualquier país se refiere, tener plena conciencia de cuáles son nuestras ventajas comparativas y hacer todo lo necesario para que dichas ventajas se articulen en un plan nacional que se convierta en la hoja de ruta de todas las fuerzas de la sociedad, tanto públicas como privadas. Y esto ya no depende de tamaños geográficos ni de acumulaciones históricas, sino de la creatividad y la unidad que se pongan en juego. En esta era del conocimiento, el que mejor se conoce a sí mismo y convierte con más habilidad ese conocimiento en acción es el que tiene mayores posibilidades de salir adelante.

En el caso de El Salvador, evidentemente una de nuestras principales retrancas está en que nunca nos hemos puesto a analizar con seriedad y en conjunto en qué radican tales ventajas comparativas, a fin de tomar las medidas necesarias para poner dichas ventajas en movimiento. Y tal desconocimiento básico, unido a una persistente dispersión de esfuerzos nacionales, ha hecho y sigue haciendo que no tengamos rumbo claro ni estemos en condiciones de salir a competir en un escenario regional y global en el que hay grandes oportunidades siempre que se sepan aprovechar.

Aquí se deja pasar el momento oportuno para tomar las decisiones adecuadas sin que eso parezca tener mayor importancia. Ahora, por ejemplo, el Gobierno anuncia que dos de sus proyectos fundamentales de salida son la concesión del Puerto de La Unión y la expansión del aeropuerto de Comalapa. Si eso se logra, bienvenido sea. Pero lo que hay que tener presente, como elemento aleccionador, es que el Puerto de La Unión debió ser concesionado en 2008, cuando aún estaba viva la proyección original del mismo, que era enlazarse con Puerto Cortés en el Atlántico hondureño, y había operadores de nivel mundial interesados en asumir el reto; y en cuanto a Comalapa, por aquellos mismos años la extinta Comisión Nacional de Desarrollo tenía preparado un amplio y completo proyecto de desarrollo logístico y agroindustrial de toda la zona aeroportuaria.

Al no haber voluntad de proyección nacional más allá de los tiempos estrictamente políticos, con facilidad se cae en lo que venimos cayendo en el país: que cada Administración que llega a hacerse cargo de la gestión gubernamental actúa bajo el Síndrome del Primer Día de la Creación, como si nada de lo que encuentra tuviera valor y hubiera que iniciarlo todo de cero. Esto no sólo es de una ingenuidad totalmente desorientadora sino que fomenta la improvisación y propicia el desperdicio de energías nacionales, que siempre son escasas para enfrentar los desafíos del desarrollo.

Lo primero, pues, sería tomar en serio el reto de la competitividad, a fin de hacer frente con éxito a cuestiones tan decisivas como la atracción de inversión y el avance productivo puesto al día. Lo que resulta cada vez más absurdo y contraproducente es querer salir adelante sin cambiar conceptos, sin identificar perspectivas y sin ponernos de acuerdo en lo fundamental.

Por lo que hasta ahora se ve y se oye, la campaña presidencial parece que, en esencia, será más de lo mismo. Y entonces hay que hacerles a los partidos y a los candidatos un intenso llamado de atención para que se pongan en un plano propositivo que ya no sea el viejo derrame de promesas sino un ejercicio de ideas y matrices para entrar de veras en el ciclo competitivo de cara al desarrollo.