La clave de comedia permite a un buen dramaturgo explorar efectivamente dramas humanos que de otra manera quizá no resulten atractivos para el público contemplar. Siempre es un riesgo, pues amenaza la tentación del facilismo y los tratamientos superfluos. Para el caso de “Arritmia”, Dora de Ayala escogió muy bien el trabajo del argentino Leonel Giacometto, un dramaturgo joven que se preocupó por dar un salto triple hacia el futuro de todos y el presente de muchos, con la seguridad de caer bien parado. Yo diría que lo logró, en la medida que puede lograrse en una obra que pretende ser amena, divertida, pero a la vez contundente.
El trabajo de las actrices Dora de Ayala y Mercy Flores es más convincente que nunca, y da gusto apreciar el esfuerzo por abandonar los recurrentes clichés y manierismos que en otras ocasiones han hecho desmerecer sus trabajos. Hoy se instalan con solvencia en los dos personajes con el mismo nombre, Ana, que representan a dos habitantes de un mundo que transita entre el delirio y el miedo a la realidad, esa realidad que no es otra cosa que la conclusión vital de dos largas vidas.
Ellas no están solas, viven en un asilo, sin embargo, optan por aislarse y aliarse para enfrentar su condición, desafiar a la resignación e imponerse en un último intento de hacerse cargo de sus destinos haciendo uso de los recursos mentales y físicos que el tiempo les ha dejado.
La puesta en escena, a pesar de que funciona, resulta un tanto estática, lo cual pesa tomando en cuenta la duración de la obra en conjunto. La iluminación es un recurso poco explotado, y la escenografía deja deseando un poco más de integración. El espacio escénico no ha sido interpretado del todo bien, solo enmarca las acciones, cuando podría convertirse en un tercer protagonista.
Considero que la obra ganaría mucho con una dirección más dedicada, tanto de actores como de escena. Hay momentos en que las expectativas se quedan un tanto frustradas, porque anuncian que hay mucho por esperar, pero el resultado, aunque no es malo, es limitado. Estos vacíos son los que debe llenar la dirección.
Lo mejor, como cosa aparte del hecho teatral, es la posibilidad de la reflexión, de enfrentarse con humor a un destino con halo de tragedia. Son ocasiones en que el teatro gana mucho de cara a un público que suele acercarse para reír un poco, y claro, encuentra risas. Y es entonces que la vejez entra con todos sus dobleces, y las risas se vuelven un poco amargas y un poco incómodas.
Es una obra que valió la pena ver, porque suma muchos factores que la hacen un todo muy digno: es amena y conmovedora, realista y brutal, sarcástica y tierna. Quizá no sea del todo justa, pero no lo pretende. Quizá no sea esperanzadora, pero no puede serlo. Quizá no esté completa, pero no lo sabremos.