Como ganador del II Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casa de las Américas 2008 con la novela “La casa de Dostoievsky”, Jorge Edwards ha llevado a cabo una gira por varios países iberoamericanos, uno de ellos México, desde donde confiesa que mira con un cariño especial a Chile, su país, pero sin un sentimiento nacionalista.
Cuéntenos algo de “La casa de Dostoievsky”.
Es una novela sobre un poeta de una generación. No es que este existiera aunque se parece y sigue muy de cerca la vida y la obra de Enrique Lihn (1929-1988), quien fue muy leído y muy querido para mí. Le conocí muy a fondo. Repasa la vida de un poeta desde su adolescencia hasta su muerte, atravesando todo el siglo XX. Es un retrato de una generación muy comprometida política y literariamente. Está ambientada en el Santiago de Chile de los años cincuenta, una ciudad desaparecida hoy en día. En el fondo quise hacer una novela con la vida de un poeta. Antiguamente se hacía. Eran un género clásico, pero ahora ya no, no son tan usadas. Tiene varios ingredientes: mujeres, política, poesía, bohemia...
¿Siente que los poetas como el protagonista son seres en vías de extinción?
Son seres paradójicos porque, después de haberlos tratado a palos, cuando se mueren les hacen estatuas y les ponen nombres a las calles.
¿Qué representa la ciudad de París para los de su generación?
Para mí fue lo mismo que para (Ernest) Hemingway: una fiesta, pero intelectual, también de la vida, del amor, de todo. Creo que muchos de mi época descubrimos América en París. Yo sabía lo que era Chile, Francia, Inglaterra, a través de la lectura. En París uno se encontraba con peruanos, argentinos, mexicanos... Yo que trataba de ser escritor me encontré allí con el joven (Mario) Vargas Llosa, (Julio) Cortázar, (Carlos) Fuentes, y un largo etcétera. También los viejos escritores pasaban por allí: he visto a (Alejo) Carpentier, a Miguel Ángel Asturias, a Juan Rulfo. París era eso, un descubrimiento, y se descubría la unidad del mundo latinoamericano allá más que acá.
¿Dónde encuentra usted la falta de unidad latinoamericana?
No es fácil encontrarla. Lo que hay ahora no es tanto desunión como falta de conocimiento muy grande. Yo observo a América Latina desde esos años y tengo una mirada. No soy diplomático desde hace mucho tiempo, pero algo conservo de eso. Trabajé en ese mundo. La unidad (latinoamericana) falta. No es una cosa real, es algo teórico y retórico. Los políticos no estoy seguro de que unan. A veces creo que dividen, piensan en lo suyo. La unidad latinoamericana es algo que se declara en los discursos, pero que ocurra en la realidad, que interese en realidad, no es tan claro
La desigualdad sigue siendo el caballo de batalla de muchos países latinoamericanos, incluyendo México, Brasil...
Incluyendo también Chile. Allí hay una fuerte desigualdad y toda la agitación estudiantil de estos días va encaminada a que la educación, en la práctica, está favoreciendo a la gente que tiene dinero para pagarla, o sea, no produce igualdad.
Estos días se conmemora el centenario del nacimiento de Salvador Allende (1908-1973). ¿Qué tiene el Chile de hoy que sea legado de Allende?
Creo que la aspiración, más que la realidad, a condiciones mejores. Fue un gran caudillo del pasado que aspiró a obtener una sociedad más justa y que murió en el empeño. Yo creo que manejó las cosas de la economía con bastante ingenuidad y poco conocimiento del verdadero tema, pero intentó hacer algo en un país que era muy conservador y muy reaccionario.
A Jorge Edwards ¿le entusiasma el Chile de hoy o lo tiene como un país más?
En primer lugar quiero decir que no soy un nacionalista. He vivido en muchos países del mundo y podría vivir fuera de Chile. Tendría cierta añoranza y lo iría a visitar, pero no me siento un fanático de la “chilenidad” ni nada de eso. Hace poco me llamaron para ser miembro de un jurado que da un premio “a la chilenidad”. No fui y les dije que no sabía lo que era eso. Tampoco me convenció el tema. Ahora, soy muy chileno y me gustaría que Chile fuera mejor en la cultura, en la lectura, en muchas cosas. Y mis novelas, mis libros en general, se dirigen a un lector universal, espero que me pueda leer alguien en cualquier parte, pero se dirigen en forma algo especial al lector chileno. Algo le dicen a los chilenos. Por ejemplo, cuando escribí “ Persona non grata” (1973), mi libro sobre Cuba, ¿por qué lo escribí? Si yo hubiera ido de turista no lo habría hecho. Pero al ir desde un Chile que acababa de iniciar una experiencia de izquierda pensé “a mí no me gustaría que el desarrollo de la experiencia de izquierda de Chile sea como el de Cuba”. Yo, en una situación así, sería un exiliado. Así que ese fue un motivo fuerte para escribir y publicarlo. Mi relación con Chile es con un paisaje, con gente, personas, mi familia, amigos, con una memoria, pero eso no me lleva a ser un nacionalista chileno.