Miguel de Cervantes Saavedra, el escritor español más universal, autor de las aventuras del caballero de la triste figura, conocido mundialmente desde hace 400 años como el ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, nació en Alcalá de Henares, el 29 de septiembre de 1547, día de San Miguel Arcángel, bajo el esplendor del poderío imperial español con el descubrimiento y la conquista de las Américas y en pleno desarrollo del renacimiento, cuyas corrientes humanísticas contribuyeron de manera sustancial a revolucionar el pensamiento y la sociedad europeas, entonces todavía anestesiadas por el letargo de la edad media.
Fue el cuarto de los siete hijos del matrimonio formado por Rodrigo de Cervantes, un hidalgo pobre que ejercía sin éxito como cirujano, y Leonor de Cortinas. Pero aunque nació bajo un imperio donde no se ponía el sol, su infancia y adolescencia, por no decir su vida, estuvieron muy marcadas por la pobreza, la cárcel, el destierro, pero también por la acción, la aventura, los viajes y las grandes batallas de su tiempo.
A los cinco años vio cómo su padre era llevado prisionero por deudas en Valladolid, en uno de los tantos episodios tristes de su progenitor, lo cual originó que Cervantes y su familia cambiaran constantemente de residencia, trasladándose a Córdoba y Sevilla, donde vivió hasta 1566, cuando se estableció en Madrid.
Pese a los constantes cambios de domicilio fue educado en una de las escuelas jesuitas de Madrid, donde tuvo el privilegio de tener como profesor al eminente erasmista Juan López de Hoyos, quien había sido discípulo del filósofo holandés Desiderio Erasmo de Rotterdam (1469-1536), autor de “El elogio de la locura” (1509), título que es un perfecto epíteto para la obra maestra de Cervantes.
Y es que a fin de cuentas, Don Quijote es el elogio de las pericias de un loco que se tiene por caballero andante, alguien que a través de la lectura llega a la locura más lúcida.
Su profesor De Hoyos lo llama “mi caro y amado discípulo”, al publicar en 1569 una elegía de Cervantes a la reina Isabel de Valois.
El surgimiento del genio de Cervantes no se da por generación espontánea. Su formación humanista está marcada por las grandes obras del pensamiento y el arte de su época: “El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio (escrito entre 1348 y 1353 y publicado en 1470); “El príncipe”, de Nicolás de Maquiavelo, escrito en 1513 y publicado póstumamente en 1532; “Orlando el Furioso” (1516), de Ludovico Ariosto (1474-1533); “Utopía” (1517), de Tomás Moro (1478-1535) o el ya citado “El elogio de la locura” (“Moriae encomium”).
Estas obras reflejan el esplendor del renacimiento, la vuelta a la razón después de la superchería religiosa medioeval, el triunfo de la ciencia sobre las ciencias ocultas, el fin del mito de la piedra filosofal capaz de producir oro y el afianzamiento del empirismo como búsqueda de la verdad espiritual y científica.
El renacimiento desmitifica las patrañas medievales religiosas por medio, entre otros, de la reforma, dejando una sima espiritual que es llenada posteriormente por el barroco, que sintetiza ese horror al vacío, horror vacui.
Pues el renacimiento rompe la tradición de los escritos místicos predominantes, mostrando al ser humano como lo que es, una persona con virtudes y defectos, con penas y glorias, en la que también se inscribe Don Quijote.
La influencia de Erasmo en España es palpable en Don Quijote y Sancho Panza, figuras que representan la ambigüedad del erasmismo: el encomio de la duda (no hay que creer ni dejar de creer), la universalidad y la particularidad de las cosas (aldea global y aldea local), la importancia de las apariencias, la dualidad de toda verdad y el elogio de la lectura.
Aunque Cervantes no dejó testimonio de su influencia erasmista, esta es evidente.
“El elogio de la locura”, escrita como un juego divertido de palabras, se vale de la moria (locura) para ahondar en un trasfondo serio en plan bufón. Y ello porque solo a los bufones les estaba permitido airear con franqueza las grandes verdades y desenmascarar con la risa los peores defectos.
Es una atinada sátira de ingeniosa crítica de la sociedad de la época, en la que todas las clases sociales son despiadadamente analizadas por la locura, que es la narradora del relato. Su burla mordaz no deja títere con cabeza, ni reyes ni papas, ni campesinos ni nobles, ni mujeres ni monjes se sustraen al dominio de la locura.
Algo de todo este trasfondo erasmista está presente en la gran sátira social que también es Don Quijote.