No es necesario escribir 20 novelas para ser novelista. Con una basta. Eso me lo enseñó hace años Miguel Ángel Espino con “Hombres contra la muerte”.
Mañana la DPI lanza una edición de este libro y me alegra demasiado saber que la gran novela salvadoreña vuelve a estar en los estantes. Mi edición de “Hombres contra la muerte” es de 1986, las páginas están amarillas y huele a libro viejo. Pero me huele también a madera. A esa madera de Belice donde los hombres mueren, enferman o se vuelven locos.
Cuando Espino escribió “Hombres contra la muerte”, el mundo estaba sumido en el inicio de una segunda guerra mundial, seguían los ecos del romanticismo de América inmortal, la gran América de Martí, y este eco del cubano se me vino mientras la leía. Entonces, leyendo, se me vino a la cabeza otra cosa: esta era la mejor novela escrita por un salvadoreño. Y esa idea se me sigue vieniendo. Y quiero confirmarla.
“Hombres contra la muerte” es la mejor novela salvadoreña que he leído, y no lo es por la tesis americanista que dosifica a medida vamos leyendo ni por el contexto por demás colapsado. “Hombres contra la muerte” es la gran novela salvadoreña, la de un país donde casi no se escribe o casi no se publica este género —tengo mis dudas sobre estas tesis—, por su manera de narrar y crear personajes, esa manera tan prosopoética de parir una novela que se inventó Espino. Esa manera tan viva. Que vive la novela misma.
Entiendo que la novela salvadoreña tomó mayor forma y peso como género entre los sesenta, setenta y ochenta. Eso se le debemos a dos boom: el latinoamericano y el de las bombas, nuestra guerra civil. Aquí, entiendo, la novela tiene a Manlio Argueta como patriarca, y luego han venido Horacio Castellanos Moya, Rafael Menjívar Ochoa y Jacinta Escudos.
Pero entiendo también otra cosa: que Miguel Ángel Espino le abrió la puerta al género para que toda esta gente pasara. Miguel Ángel Espino tomó ese largo aliento que se necesita para escribir una novela —como dice Manlio Argueta— y caminó hasta Belice, se enfermó de paludismo, se volvió loco y se hizo árbol con y como los hombres que hizo nacer contra la muerte.
Y a veces eso se nos olvida. Se nos olvida que el género no es muy escrito o no es muy leído —sigo con esa duda— en este país. Y se nos olvida que vivimos pidiendo a nuestros escritores la gran novela salvadoreña, que esperamos algún cataclismo para que nuestros novelistas vivos y los que nacerán la escriban, cuando, en realidad, ya está escrita.