OPINIÓN (Desde acá)

SEXTADÉCIMA

*Periodista salvadoreño

En una semana, El Salvador conoció dos declaraciones que pudieran resultar una ligereza de plebeyos, si no fuese porque estas nacieron y se expresaron de parte de dos de los tres máximos representantes de los órganos del Estado del país.

La primera declaración la expresó el mismo presidente de la República, Mauricio Funes, por tanto del poder Ejecutivo, cuando en un arranque de menosprecio a una consulta ciudadana decidió, de forma unilateral, cambiar el nombre del bulevar Diego de Holguín.

En un solo acto el mandatario reiteró su naturaleza. Se llevó de encuentro a uno de sus ministros más eficiente y también acabó con la esperanza de quienes creyeron que su voto contaría para algo quizá irrelevante como nombrar a un vía, pero que al fin de cuentas era para incluir, sí, el mismo lema de gobierno, “Unir, crecer, incluir”, que Funes aplica a la inversa.

Para el ministro, la decisión fue un gesto que debió digerirlo con vergüenza ante el equipo de respetables que integró para diseñar la consulta y de manera particular con los ciudadanos que se expresaron con su voto por las opciones y que en las redes sociales mostraban su entusiasmo por participar.

“Les guste o no les guste”, dijo el mandatario para justificar que el nombre de la calle sería en adelante Bulevar Monseñor Romero, a quien posiblemente le habría resultado blasfemo o talvez mundano aparecer en una obra que indica progreso y que no precisamente coincide con la “opción preferencial por los pobres” y menos que su nombre apareciera en medio de un gesto de sobrada prepotencia o arrogancia.

Pero esa es solo una inferencia, el caso es que el presidente se encargó de advertirnos que otra consulta en este país solo servirá para hacer show mediático y sorprender a los incautos.

Tres días después, otra declaración demostró que la amnesia puede ser una amenaza y aún más si es acompañada, otra vez, de soberbia. Y que conste, la referencia ya no es sobre quien preside del Órgano Ejecutivo, sino a quien dirige el poder legislativo.

En la última semana de noviembre, Gabriela Knaul, relatora especial de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en materia judicial, señaló en nuestro país que las sentencias de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia son de estricto cumplimiento e inapelables y exhortó a “no atentar” contra la independencia judicial.

Sigfrido Reyes, presidente de la Asamblea Legislativa, reaccionó de inmediato y calificó los cuestionamientos de “desafortunados” luego de considerar que Knaul “no es Naciones Unidas” y es una relatora enviada sobre un tema particular y “así como hay varias decenas de relatoras”.

Reyes reaccionó a los cuestionamientos, porque posiblemente se sintió atacado ya que lideró el requerimiento presentado por el bloque de partidos FMLN, GANA, CN y PES ante la CCJ y levantó el puño de Ovidio Bonilla cuando intentaban colocar a este de facto.

Para Reyes, debe ser difícil admitir los regaños internacionales sobre todo cuando hay antecedentes. Recordemos que en plena crisis de institucionalidad, en julio pasado, Navanethem Pillay, alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, le envió una carta advirtiéndole que estaba amenazada la independencia judicial y que debía poner fin a la crisis.

Hace 20 años, durante la guerra, la ONU nunca fue despreciada por la izquierda, lejos de eso su papel fue potenciado ante los intentos por deslegitimarla. Hace 20 años, el FMLN no estaba en el poder, Funes tampoco, el cambio era una esperanza y la arrogancia era exclusiva de la derecha.

P.D.: Presidente, nadie cuestiona el nombre del bulevar solo su desprecio a la consulta.