Todo el Mall de Washington, esa franja de zona verde y edificios históricos que identifican a la ciudad, está en obras de reconstrucción. Basta pararse en cualquier esquina para constatar que los principales protagonistas de las cuadrillas son los hispanos que ayer volvieron a sus trabajos tras la tibia jornada de protestas que vivió la capital el pasado 1.º de mayo, cuando los inmigrantes se unieron para realizar marchas y un boicot comercial.
En la Biblioteca del Congreso, desde cuya entrada se puede ver la fachada principal del Capitolio atestada de obreros que pican y escarban, representantes de 11 países latinoamericanos se disponen a hablar frente a las cámaras de la televisión pública estadounidense sobre sus visiones de la reforma migratoria.
El Salvador y México son los dos países que exponen con más claridad su punto de vista del fenómeno migratorio. Ambos parten de reconocer que la decisión última sobre el tema corresponde a EUA, pero también advierten que se trata de un fenómeno demasiado influenciado por las necesidades de la economía nacional como para pretender que la solución sea unilateral.
“Quiero dejar muy claro que ni México ni ninguno de los países presentes apoya que siga la migración de indocumentados, y apuesta muy fuerte por combatir el tráfico de personas y que la seguridad en las fronteras es una de nuestras prioridades”, dice el canciller mexicano, Ernesto Derbez.
Su homólogo salvadoreño, Francisco Laínez, especifica, además, que El Salvador busca que los programas de trabajadores huéspedes incluya a los beneficiarios del TPS y la ley NACARA. “Una reforma real debe abordar las necesidades económicas de los futuros trabajadores que vendrán a Estados Unidos y de los indocumentados que ya están aquí”.
En las calles de la capital estadounidense, todo parece haber vuelto a la normalidad. Los latinos regresaron a sus trabajos, mientras que los senadores barajan en sus despachos el tema migratorio.