Cuando LA PRENSA GRÁFICA denunció la forma en que algunos mafiosos tuvieron la osadía de llevar a dos selecciones a jugar a un pueblo de Costa Rica, nadie respondió nada.
Cuando examino ese asunto de los amaños en el fútbol, hay hechos para los que no encuentro respuestas, o por lo menos me cuesta creer que solo 22 jugadores puedan ser los responsables de lo que sucedió. En el tren de esa locura de mafiosos hay vagones en los que falta gente. ¿Cómo es posible que si dos exentrenadores de la selección nacional de fútbol, el mexicano Juan de Dios Castillo y el uruguayo Ruben Israel, confiesan que a ellos se les dijo que no convocaran a tales y tales jugadores por sospechas de amaños, la delincuencia en el fútbol nacional continuara?

Si la mafia siguió interviniendo en el fútbol de la selección nacional después de lo que sucedió con esos dos entrenadores, es que alguien no quiso jamás cerrarles el camino a los mafiosos.

Y los únicos que podían colocar trancas en ese asunto eran los dirigentes del fútbol nacional. Entonces, no hay puntos intermedios: o los dirigentes fueron cómplices o fueron tan omisos que tienen que largarse para sus casas.

Si no lo hicieron, entonces no se puede más que pensar que tenemos los peores y más incapaces dirigentes del fútbol en el mundo o los más sinvergüenzas o rateros. ¿Qué otra cosa se puede pensar? Suena duro, pero no puedo escribir otra cosa.

A mí me cuesta creer, por ejemplo, que en un viaje de la selección nacional un entrenador o un dirigente de fútbol no sepan con quiénes se reúnen los jugadores antes de un partido. Sobre todo en un país extraño. Todos sabemos que en esas concentraciones humanas la disciplina es casi militar. Y si no lo es así, el entrenador o los dirigentes son demasiado débiles o complacientes.

Pero hay algo más que me cuesta creer: que los mafiosos pacten un partido de fútbol en un poblado del norte de Costa Rica (ni siquiera fue en San José) y que ahora nadie sabe o quiere poner la cara por el contrato que se firmó. Es clarísimo que algún dirigente del fútbol salvadoreño (y también de Costa Rica) pactó con mafiosos para que se produjera un partido de fútbol en un día que no fue fin de semana y en condiciones que nadie termina de comprender, entre otras cosas, porque los árbitros casi fueron hijos de vecinos que ni siquiera de fútbol entendían.

Cuando LA PRENSA GRÁFICA –y en este tema hay que darle todo el crédito a este diario– denunció la forma en que algunos mafiosos tuvieron la osadía de llevar a dos selecciones a jugar a un pueblo de Costa Rica, nadie respondió nada. Tampoco nadie hizo nada. Quizá nos vieron cara de imbéciles a todos. Algunos creyeron que no sabíamos distinguir entre ilusión o realidad.

Estoy seguro de que si eso pasó, los mafiosos, los propios dirigentes y hasta los jugadores creyeron que venderse en un partido de fútbol es capullo fácil en El Salvador. A mí nadie me puede sacar de este juicio: quienes vendieron el partido en Costa Rica fueron los dirigentes, no los jugadores. No fueron Cheyo Quintanilla ni Fito Zelaya quienes firmaron ese contrato. Entonces, de allí en adelante los jugadores tuvieron licencia para matar.

Los mafiosos obtuvieron allí (quizá mucho antes) pasaporte para ofrecerles cualquier cosa a los jugadores. La farsa se volvió feroz y comunitaria. Todos tuvieron, desde entonces, techo de vidrio. Entonces, no solo los jugadores debieron ser suspendidos, los dirigentes también. Los diablos no pueden repartir escapularios.