Es una tarde de noviembre, con todos los celajes a flor de cielo. La cita es a las 4, y la puntualidad se impone. El visitado es ese señor austero y caballeroso, cuya obra literaria es tan notable como notoria es la severidad natural de su autor. Quien lo lee apenas podría identificarlo en persona: la espinuda reserva se le vuelve donosura fluyente cuando se queda solo con las palabras escritas. Entretanto, hay que ver qué y cómo responde. Va a entrevistarlo una señora de seguro garbo intelectual, italiana aclimatada en el trópico, acuciosa y exigente. Hay, pues, puntos de afinidad. La entrevista es para publicarse en el nuevo suplemento que se llamará Revista Dominical, y que aparecerá por primera vez el domingo 12 de noviembre de este año, 1958. El entrevistado es el reconocido doctor Alberto Rivas Bonilla y la entrevistadora es doña Leda Falconio, que firma Aldef, mantenedora quincenal de la sección Arte y Letras de La Prensa Gráfica.
Vamos, pues. ¿Pero como es eso de “vamos”? ¿Quién soy yo? Un adolescente apasionado por la ilusión poética, que, en días pasados, en el comienzo de sus vacaciones después de aprobar el Tercer Curso del Plan Básico, ha leído bajo los pinos australianos y entre las entusiastas nubes de polvo fino ese libro inevitable que es “Andanzas y Malandanzas”, la historia de un pobre chucho, como lo llama su creador, que es ese mismo que esta tarde va a encontrarse con Aldef.
Pero, en serio, ¿por qué me atrevo a decir que “vamos” a hacer esa entrevista? Aldef no me conoce y el doctor Rivas Bonilla tampoco. Voy a decirlo de una vez: es un juego del tiempo. Muchos años después, se lo pregunté a Aldef, allá en su casona rústica de San Antonio Abad: –¿Me permite acompañarla a ver esta tarde al doctor Rivas Bonilla? Y ella me respondió: –Por mí estaría muy bien, y creo que a él no le disgustaría, sobre todo después de aquel poema en tercetos dantescos que usted le dedicó en 1975, cuando la Academia Salvadoreña le rindió homenaje…
Estamos ya en el estudio del doctor Rivas Bonilla, y lo que de entrada llama la atención son las esculturas de mujeres desnudas en poses contemplativas, obra del literato que también es médico. Anatomía y fantasía en ejercicio ritual. Sin acordarlo, es natural que yo no me haga sentir de ninguna manera. Estoy ahí y no estoy al mismo tiempo. La imaginación literaria, que tanto para Aldef como para Rivas Bonilla es función espontánea de la conciencia, permite estas licencias, pero impone también algunos límites. Surgen las preguntas. El doctor habla con parsimonia. Aldef anota.
–Desde el punto de vista artístico y humano en general, ¿encuentra usted mucha diferencia entre las generaciones anteriores y las actuales?
–Una gran diferencia. Sin entrar en detalles inconvenientes, aquéllas fueron más ecuánimes, más respetuosas, más ponderadas. Éstas, revolucionarias, engreídas, iconoclastas. Consecuencias de la civilización y del progreso.
El sarcasmo de la última línea hace que Aldef lo mire a los ojos. Y entonces me animo a preguntarle por mi cuenta, mientras Aldef deja su bolígrafo en suspenso:
–¿Quiere decir, doctor, que la civilización y el progreso le dan pábulo a la ley de la selva?
–No lo sé, joven, no lo sé. Si lo supiera, escribiría un tratado sobre los animales salvajes que están en boga. Recuerde que yo sólo me he atrevido a poner en el papel la historia del más amigable de nuestros compañeros del reino animal.
Y la referencia induce a Aldef a hacer otra pregunta, que parece ajena al interrogatorio original:
–¿Cree usted que haya relación entre la apariencia física y la realidad psicológica del ser humano?
–Sin duda ninguna. En su desarrollo y manifestaciones, dentro o fuera de lo normal, lo síquico y lo físico siguen líneas paralelas… El hombre de talento lleva impresa su condición en los rasgos fisonómicos. Igualmente el zote no puede ocultar la suya, y la va pregonando por todas partes con su presencia física…
Me animo de nuevo:
–Si es así, el alma se nos sale por los ojos.
–Y sobre todo por el aire respirado —precisa el doctor, sin vacilar, a su estilo—. Compartimos el alma universal, y por eso de alguna manera también somos dioses.
Aldef, enfundada en su traje señorial, parece sorprendida por lo que acaba de oír. Va a decir algo, pero me le adelanto, pidiéndole venia con un gesto:
–Si somos dioses por eso, la divinidad está en todo y en todos, ¿verdad?
–Tendría que ser así. Y sobre todo en el arte, que es la habitación natural de lo bello.
–En todo y en todos —lo apremio—, hasta en Nerón, ese “pobre chucho”, que usted ha convertido en un ser inmortal, doctor. Nerón también es un dios.
Aldef se ríe. Todos nos reímos. Bueno, la risa del doctor es apenas un esbozo de tal. Y Aldef acota, escribiendo algo al margen de la libreta donde apunta:
–Esto último no saldrá en la entrevista publicada. Como siempre, la mejor palabra se queda en el aire.
Así fue. Si ustedes leen la entrevista que apareció en aquella primera edición de la Revista Dominical podrán constatarlo. Afortunadamente dejé registro anímico de ese encuentro, en el que se dijeron aquéllas y muchas otras cosas. Al fin de cuentas, la verdadera historia es una colección de palabras perdidas, algunas de las cuales, por alguna suerte de mecanismo imprevisto, lograr volver al punto de origen.
LA FOTO DEL RECUERDO
Si “20 años no es nada”, como dice el tango inmortal, 50 años tendría que ser menos. Esto se dice fácil, sobre todo con un fondo de bandoneón desvelado desde alguna taberna penumbrosa en los alrededores de Puerto Madero. Alrededores que, a la luz de los candiles nostálgicos, llegan hasta el espacio de la Redacción donde se ha improvisado la tarima para que se ubiquen los asistentes. Aquí hay fotógrafos muy experimentados, pero por alguna razón me han dado el encargo de que accione la máquina, que es una de esas antiguas de trípode. Habrá, pues, estallido de luz y, desde luego, hay telón de fondo. En el telón, una escena animada del San Salvador de los dichosos años 50, dichosos para los que los vivimos en la infancia y primera adolescencia, con sus camionetas verdes La Favorita, sus espumosos de El Buen Gusto y sus “tuzadas” de los sábados y los lunes (tres películas al hilo) en los dos cines populares, el Principal y el Popular. Pero bien, vamos al oficio. La famosa foto. Que pasen los que deben salir en ella. Así, en las sillas las damas; los caballeros detrás.
–Cinco sillas para las damas. A ver. Usted, Aldef, en el primer puesto a la derecha. En el segundo, doña Tita Salaverría de Murguía. En el primero a la izquierda… (Una vacilación , y la pregunta en susurro a alguien que está a mi lado: ¿Quién es? Y la respuesta sonriente: Ruth Reynolds, la que escribe la página de “Procesos célebres”. Reacción: ¿Pero está aquí? ¿Cómo ha llegado? Otra sonrisa). En el primero a la izquierda, doña Ruth Reynolds, por favor; y en el segundo doña Renée de Bustamante. Y en el centro, Haydée Jiménez, nuestra portada del primer número de la Revista Dominical, el 12 de noviembre de 1958. Haydée, miel y espiga, como la caracterizan en el recuadro alusivo. ¿Todas en su sitio? Bien.
–Ahora los caballeros. Ubíquense detrás, de pie, libremente. Rafael Mora Maza, León Méndez Plancarte, Waldo Chávez Velasco, Carlos Bustamante, don Alberto Rivas Bonilla y Mr. IKUKO… ¿Hay cuatro más? ¿Quiénes? ¡Ah, sí, perdón, los personajes de Detectivescas de Mr. IKUKO: el capitán Pucheros, el cabo Nicolasito Pulga, el inspector Tuga y el sargento Mate, ¡que están hasta en la sopa! ¿Listos?
El personaje que se halla a mi lado me dice algo al oído. Asiento con la cabeza.
–Perdón, tenemos que ubicar a los distinguidos monseñores. ¿Entre las damas? Bueno. Tres sillas más, por favor. Así. Monseñor Chávez y González, padre Jesús de Esnaola, padre Julio Suazu. Perfecto. ¿Listos? Sonrían como si el tiempo no hubiera pasado ni fuera a pasar… ¿Ya? ¡Ya!
Salta el fogonazo. Y en ese instante se oye, al otro lado de la puerta cerrada, un ruido confuso. Y de inmediato un ladrido inconfundible. Empujan la puerta y alguien la abre. ¡Hombre, cómo no! ¡Aquí está Nerón, el protagonista de “Andanzas y Malandanzas”, de Rivas Bonilla! Y sí el autor saldrá en la foto porque estuvo, como los otros fotografiados, en el primer número de la Revista Dominical, ¿cómo no va a salir Nerón? No se inquieten, señoras, señoritas y señores, que Nerón ya se sentó ahí, en primerísima línea, y sólo vamos a repetir la pose para efectos de posteridad, y si se puede, para propósitos de eternidad… Así sea. ¿Listos de nuevo?