Alta, seca. Sus uñas largas y sus dientes salidos. Su piel terrosa y arrugada le da un aspecto espantoso. Sus ojos rojos y saltados se mueven en la sombra, mientras masca bejucos con sus dientes horribles.
De noche, en los ríos, en las selvas espesas, en los caminos perdidos, vaga la mujer. Engaña a los hombres; cubierta la cara, se presenta como una muchacha extraviada.
Esa mujer da miedo. Esa es la Siguanaba de Miguel Ángel Espino, descrita en su libro “Mitología de Cuscatlán”.
Al igual que la Siguanaba, otros personajes forman parte de las leyendas que rondan por cada rincón del país. En cada familia, en cada infancia.
Todos han escuchado sobre el Cipitío, aquel niño travieso, chiquito y barrigón, con enorme sombrero en la cabeza y con los pies volteados. Que le gustaba comer y bañarse en ceniza, tal y como lo describe Efraín Melara Méndez en su libro “Mitología cuzcatleca”.
La Carreta Chillona, el Cadejo, el Justo Juez de la Noche y otros más son los personajes que llenaron de miedo los relatos de abuelos. Aquellos temores infundados con auténtica tradición oral salvadoreña. Pero que ahora se esfuman en la niñez ante la presencia de personajes macabros en el cine y la televisión.
“A mí se me apareció la Siguanaba, yo iba por la noche manejando, venía de una fiesta, allá en mi pueblo (Zacatecoluca, La Paz), cuando una mujer vestida de blanco se atravesó la calle y sentí un frío en los huesos y caí al suelo, no pude seguir caminando hasta que mi compadre llegó a levantarme”, relata aún con miedo don Justino Alfaro, de 74 años de edad, quien además asegura que desde que vio a la Siguanaba (a los 18 años de edad) le da miedo andar solo por la noche.
Nadie sabe cómo surgieron esas leyendas, lo que se sabe es que cada generación se ha encargado de difundirlas y en cada una de ellas se han disfrutado de esos cuentos de miedo.
Según el antropólogo Ramón Rivas, “la leyenda no es más que una relación de sucesos, una relación de sucesos más maravillosos (tenebrosos) que verdaderos”.
Las leyendas y los cuentos existen en todas las culturas y desde la perspectiva antropológica tienen una función social, en muchos casos sirven como control de la conducta humana.
Rivas explicó que son utilizadas cuando se quiere decir una cosa indirectamente. “Por ejemplo, la Siguanaba, que se le aparece solo a los hombres a medianoche. Es algo así como que te quieren dar un mensaje como hombre que debes dejar de ser como sos, informal, no serio y hay que cuidarse con las mujeres pues te pueden dar un susto.”
Las leyendas surgen siempre de algo concreto y es el ser humano, con su inventiva, quien hace que tomen una dimensión según lo que se quiere alcanzar.
Para el antropólogo, los pueblos y sus culturas necesitan siempre referentes para creer y para anhelar y estos hay que crearlos.
“Es una necesidad innata del ser humano en crear personajes ‘sobrenaturales’ y naturales (históricos) para reconfortarse consigo mismo y con la sociedad que lo rodea”, aseveró.
Sentimiento propio
El libro “Tradición oral de El Salvador”, escrito por la sección de etnografía del departamento de investigaciones de la Dirección de Patrimonio Cultural de CONCULTURA, explica: “La leyenda es una narración irreal, pero con huellas de verdad, ligada a un área o una sociedad, sobre temas de héroes de la historia patria, de seres mitológicos, de almas en pena, de seres sobrenaturales o sobre los orígenes de hechos varios”.
La finalidad de las leyendas es tratar de explicar los hechos extraordinarios o sorprendentes, pero referidos como verídicos, se señala en el libro.
Tienen una gran trascendencia dentro de una comunidad porque representan concepciones ideológicas, sobre todo en el campo anímico y mítico religioso, a los cuales están estrechamente vinculados.
Dentro de la narrativa popular los géneros más difundidos son las leyendas y los casos. Además de los ya mencionados, existen personajes como el Duende, las Ánimas Benditas, el Caballero Negro, los Arbolarios o Managuas, la Cuyancúa.
Esos relatos de miedo que ponen el temor a flor de piel, sobre todo a los pequeños, son clara herencia prehispánica salvadoreña.
La investigación etnográfica establece que la Serpiente, el antiguo dios, todavía aparece en las peñas de la orilla de pozas y ríos. El Cadejo toma la personalidad del bien y el mal. El Cipitío nos recuerda a los espíritus traviesos que deambulaban de antaño por las milpas. La Siguanaba, que acechaba a los hombres trasnochadores, recuerda a la antigua creencia maya de las Ixatabi, quienes durante el día eran las ceibas de los campos y durante la noche se convertían en mujeres bellas y tentadoras que seducían a los hombres.
Los vestigios de las leyendas de hoy en día, dentro de la cultura indígena, también son evidentes en la tradición recogida por el padre Fray Bernardino de Sahagún, cronista en la época de la conquista, quien aseguraba que las mujeres “muertas de parto” deambulaban por los aires y producían enfermedades a los niños.
“Estas diosas, llamadas Cihuapipiltin, eran todas las mujeres que morían del primer parto. Decían que esas diosas andaban juntas por el aire y aparecen cuando quieren a los que viven sobre la tierra y a los niños y niñas les empiezan enfermedades”, escribió Sahagún en “Historia general de las cosas de Nueva España”.
Doña Clemencia Gómez, por su parte, jura que escuchó la Carreta Chillona en su infancia. Pero Rodrigo Esquivel, de 15 años, sostiene que no le da miedo ni el Cipitío, ni la Carreta Chillona, más bien tiembla ante la presencia de personajes diabólicos o con Freddy Krueger (villano de la serie de películas “Pesadilla en la calle Elm”).
Verdaderas o falsas, las leyendas provocan miedos. El Cipitío, la Siguanaba y los otros personajes aún rondan aunque sea en las mentes de algunos salvadoreños.