Su amor por el arte le ha llevado a exponer en diferentes lugares. Sus obras se traducen en imágenes abstractas y coloridas que invitan al espectador a sumergirse en un mundo de imaginación.
El chileno salvadoreño Ignacio Basauri es un destacado artista plástico que ha conquistado diversas galerías.
El legado de su sangre salvadoreña se ve reflejado en sus obras, ya que, como él explica, los colores que utiliza “son el producto de la luz y la tierra salvadoreña que irrumpen vibrantes y explosivos con la fuerza de un volcán”.
En sus cuadros, incorpora personajes míticos y lenguaje visual codificado, y confiesa que igual que cuando comenzó a pintar desde los cinco años todavía acostumbra mantener un diálogo abierto y en voz alta con cada uno sus personajes mientras los va plasmando en sus lienzos.
El artista ubica en dos grupos distintos a las criaturas de sus obras: los cazadores y los gongos. Este último es el nombre con el que ha bautizado unas figuras de formas extrañas que están presentes en la mayoría de sus cuadros. “Los gongos son una máquinas que representan aves, que cobran vida y que vuelan tratando de escapar de los otros personajes de mi obra”, señala Basauri.
Para él, cada cuadro tiene un mensaje de reflexión al cual el observador, como participante invitado, debe ponerle su propia conclusión. “Prefiero no explicar las historias porque eso quiere decir que no hice bien mi trabajo”, dice.
El llamado de la sangre
En una visita que Basauri realizó a El Salvador, conoció a la mujer que se convertiría en su esposa: Iris Machón, quien es para el artista una de sus musas favoritas.
“La conocí en una exposición artesanal y me enamoré a primera vista. Ella me inspira y me critica, es mi cable a tierra. Me ayuda a mi criterio con sus críticas y observaciones, dice el salvadoreño que pinta unos 60 cuadros anuales.