Alberto es salvadoreño, pide no usar su nombre verdadero, y llegó a Suecia en noviembre de 2001, como parte de los 600 engañados que viajaron a ese país siguiendo una supuesta residencia automática. Arribó con la esperanza de estudiar y tener un buen futuro.
Con 22 años en aquel entonces, emprendió solo su aventura. En el campamento de Garpenberg (Hedemora) encontró a “Roberto”, otro salvadoreño, se hicieron amigos y juntos recibieron la expulsión casi de inmediato, pero lograron escaparse.
Se establecieron en Estocolmo, donde dicen que la vida del indocumentado vale poco, allí los esperan las mafias o las redes del trabajo ilegal para aprovecharse de ellos. Ambos cayeron en esas redes.
Sin embargo, hace unos años “Roberto” logró su residencia al casarse con una sueca, y tiene trabajo legal en el sector de limpieza; mientras que “Alberto” aún sigue indocumentado.
“Es terrible vivir escondido, tenemos que ir al baño con nuestra mochila, un cartón es nuestra cama, vivimos apiñados con otros latinos que también están ilegales en Suecia”, narra al contar una experiencia nada grata.
“Alberto” ha vivido en apartamentos arrendados por las mafias, pagan 2,000 coronas ($335) por persona, por el derecho a una esquina de la sala, porque residen hasta 14 personas en un solo apartamento. La noticia de la nueva ley de Directiva de Retorno no la conoce a fondo, pero le da miedo al saber que podría ir a la cárcel y luego ser expulsado.
“Yo mantengo a mi familia desde acá con el poco dinero que gano”, expresa el compatriota.