Cuando el cardenal Ratzinger fue elegido como sucesor de Juan Pablo II, se comentó que los electores habían optado por un Papa de transición. No habría sido fácil el intento de llenar el enorme vacío que dejaba un Papa tan carismático, el único al que había podido conocer toda una generación de adultos jóvenes.

En menos de 24 horas –el Cónclave más corto en los últimos cien años– los cardenales cerraron filas y eligieron al nuevo Papa, un hombre de perfil muy diferente al de su antecesor, con lo cual se desalentaba cualquier comparación que hubiese podido ser desfavorable para el nuevo pontífice.

Mientras que Juan Pablo II había sido electo como uno de los papas más jóvenes en los últimos siglos de historia del papado, Benedicto XVI asumía el pontificado bordeando la edad de retiro que la Iglesia Católica impone a sus obispos. Juan Pablo II había sido un Papa muy cercano a la gente, con una enorme capacidad de empatía que lo hacía sentirse muy a gusto entre las multitudes de feligreses y frente a las cámaras de televisión. Benedicto XVI, en cambio, era un hombre tímido y reservado, un intelectual que prefería la soledad reflexiva que la interacción con las personas; un guía espiritual más inclinado a las ideas que movido por las emociones.

Al elegir a un hombre ya mayor y sin pretensión alguna de suplantar a su antecesor, se esperaba un papado relativamente corto pero suficientemente duradero como para que el legado de Juan Pablo II no pesara demasiado sobre quien, pocos años después, tuviera que asumir la misión de conducir a la Iglesia Católica en una nueva dirección, más abierta y más entonada con las complejas realidades y los nuevos desafíos de la humanidad en los albores del nuevo milenio.

La mentalidad conservadora de Joseph Ratzinger, quien por más de un cuarto de siglo había dirigido la Congregación para la Doctrina de la Fe, garantizaba además una transición en la que no habría margen para la irrupción oportunista o precipitada de ideas que pudieran socavar las tradiciones más arraigadas del pensamiento católico.

Era necesario un Papa de transición también por otras razones. El sucesor inmediato de Juan Pablo II tendría que manejar con tacto pero con absoluta honestidad y firmeza la grave crisis que ya se anunciaba tras la divulgación de abundantes incidentes de abuso sexual de menores, los cuales por décadas se habían mantenido como un oscuro y lacerante secreto, pero ya empezaban a causar indignación y a poner en entredicho de manera indiscriminada la legitimidad de sacerdotes y obispos.

Se volvía impostergable enfrentar el escándalo, reconocer culpas, pedir perdón, llevar un poco de paz a los corazones de tantas víctimas, restaurar en lo posible la confianza de los feligreses y asegurar que no se repetirían semejantes atrocidades. El papa Ratzinger tuvo que asumir ese tremendo desgaste para dejarle la mesa un poco más limpia a su sucesor, de forma que este pueda concentrar sus energías en la urgente tarea de renovación eclesial.

Benedicto XVI desempeñó por casi ocho años, al máximo de sus fuerzas físicas y espirituales, el histórico rol de transición que le fue encomendado. Hace unos días sorprendió al mundo con una declaración trascendental. Con mucha paz interior y con la sencillez que lo caracteriza anunció su renuncia, efectiva el próximo 28 de febrero. En unas pocas semanas, el cónclave de cardenales deberá instalarse para elegir a su sucesor.

La decisión del Papa es una lección de humildad y responsabilidad, aplicable dentro y fuera de la Iglesia. Humildad para aceptar que él no es imprescindible. Responsabilidad para reconocer que la misión supera sus fuerzas y debe ser asumida prontamente por alguien que pueda poner mucha más energía en el empeño.

Tremendo contraste con la actitud de dictadores aferrados viciosamente al poder y convencidos de que el mundo se desploma sin ellos. Elocuente mensaje a líderes que frenan el desarrollo de sus pueblos al no apartarse cuando ha llegado su hora. Oportuno cuestionamiento a los parásitos del poder en Venezuela, quienes por ambición personal le niegan a su líder el derecho a morir en paz y a su país el derecho a vivir con esperanza.