Tradicionalmente, el café ha sido una de las fuentes de riqueza nacional más sólidas. Durante muchísimo tiempo, El Salvador tuvo en el café el sostén económico principal. Se hablaba de monocultivo, para destacar la preeminencia indiscutible de dicho producto agrícola. Hubo épocas de gran bonanza y otras de significativa dificultad, sobre todo porque los niveles de precio están sujetos a vaivenes internacionales que escapan a nuestro control. En algún momento, llegamos a ser el tercer productor mundial. Nuestro país no estaba ni siquiera mínimamente industrializado, y había que entrar en una nueva época. Eso se dio ya en la segunda mitad del pasado siglo.

La tristemente célebre Reforma Agraria de 1980 vino a desarticular muy importantes empresas agrícolas, con el consecuente colapso que eso trajo consigo. Fue una medida dizque política para frenar al movimiento revolucionario. El resultado fue doblemente perverso: no se detuvo la guerra ni se renovó la agricultura. Y vendrían después dos elementos que se sumaron a la crisis del agro: la guerra en el terreno y los enfoques estratégicos equivocados ya en el ámbito de la posguerra.

En el caso del café, se ha venido perdiendo competitividad y oportunidades expansivas. Otros países tienen ubicado su producto en el mercado global, y nosotros, que producimos uno de los mejores cafés del mundo, apenas nos hacemos visibles. Y ahora, en cuanto al cultivo en sí, hay otros factores de crisis, como el que impera en estos días a causa del impacto de la roya, que se ha vuelto de pronto una agresión descontrolada, y no sólo en El Salvador. Además, los precios internacionales del grano están a la baja, complicando más la problemática. Ya la Organización Internacional del Café redujo su previsión de cosecha 2012-2013 para Centroamérica y México.

La emergencia provocada por el ataque masivo de la roya viene a desnudar con despiadado dramatismo la problemática del café en nuestro ambiente. Estamos rezagados en muchos sentidos, y lo que se requiere en este momento no sólo es una respuesta suficiente e inmediata a la crisis presente sino la construcción, también inmediata, de un proyecto de replanteamiento y reposicionamiento del café en todos los órdenes, desde el agrícola hasta el empresarial. Amenazas derivadas, como serían los efectos de la tala del bosque cafetero, son nubarrones en el horizonte, no sólo económico sino social y ambiental. En el ámbito gubernamental, hasta la fecha los enfoques y las acciones respectivas han sido intrascendentes. Y la conflictividad tan común en estos días ha llegado al sector, con el caso de Procafé. La situación, pues, es calamitosa.

Hay que hacer algo de fondo, y aunque la primera respuesta efectiva tiene que ser en función de contrarrestar los impactos de la roya, que pueden ser destructivos al máximo, lo que en verdad necesitamos es una nueva política que potencie y modernice un cultivo al que le debemos tanto y del que podemos obtener tanto. Tanto en lo económico como en lo social, el café es un factor vital para la estabilidad del país. El que se le haya estado dejando languidecer progresivamente indica hasta qué punto la ceguera institucional ha ido avanzando entre nosotros. Ejemplos como el de Honduras deberían servirnos para la renovación de visiones y de tratamientos en este tema.

Lo primero, en este momento, es, por supuesto, atender la emergencia. Y a la par de lo primero, urgen las tareas de reconversión agrícola, industrial y comercial, para dejar de perder oportunidades en un mundo cada vez más abierto y a la vez más exigente.