Se ha comenzado a destapar el caso de los “amaños” en el fútbol nacional, que implica a jugadores seleccionados del país en la “venta” de partidos internacionales. Este destape genera, como es natural, una gran cantidad de reacciones de rechazo y de cólera en la ciudadanía, pues no sólo está comprometido el proceder de los jugadores sino el desempeño del país en un área tan sensible como es la competencia futbolística. Los salvadoreños en general nos sentimos identificados con nuestra selección, que se va renovando en el curso del tiempo; y comprobar que ha habido un manejo inmoral dentro de la misma para dejar al país mal parado a cambio de dinero sucio es algo que frustra y que indigna.

Esta situación pone, desde luego, una sombra maloliente sobre la actividad deportiva más emblemática del país, aunque tampoco se debe generalizar al respecto. Como siempre, los correctos son más que los sinvergüenzas, aunque éstos acaparen en momentos determinados toda la atención. Por otra parte, el hecho de que estas realidades tan oscuras y reprensibles salgan a la luz es una señal muy significativa de que, pese a todas las imperfecciones de nuestro proceso, los antiguos fueros de la impunidad están cada vez más debilitados. No se sabe desde cuándo se vienen dando maniobras perversas como las que hoy se ventilan, pero el que se pongan a la vista no sólo hace posible el debido castigo de los culpables, sean quienes fueren, sino que sin duda funcionará como disuasivo para el presente y para el futuro.

Aparte de los hechos en concreto que ahora mismo se están ventilando, y ojalá que esto permita llegar a los fondos y a los trasfondos, hay una realidad que no hay que dejar de lado: casos como éste indican que hay un fenómeno de descomposición moral muy extendido en el ambiente. Se habla con frecuencia de crisis de valores, y aquí hay una muestra patente y lacerante de ello. Los valores fundamentales para garantizar una vida sana en todos los órdenes están en crisis, y lo han venido estando en forma progresiva. El apetito insaciable de bienes materiales, que encuentra en el consumismo galopante su expresión más gráfica, va ganando terreno en el ambiente. Y no es en los sectores más desposeídos donde esto se manifiesta con mayor intensidad, sino en los niveles sociales donde el afán de tener cada día más se ha vuelto ansiedad imperiosa y con frecuencia inescrupulosa. Esta es una realidad que no debe ocultarse sino encararse en forma adecuada.

Cuando una sociedad sufre este tipo de quebrantos, vinculados directamente con las conductas en auge, la tarea de entrada consiste en hacer un diagnóstico sincero sobre la forma en que están operando los valores y los antivalores. Y, a partir de ahí, impulsar programas de recomposición moral, en la familia, en la escuela y en el ámbito social. Esto, si se quiere que funcione de veras, debe expresarse en una especie de cruzada reconstructiva del espíritu nacional y del alma nacional. Hacia esas profundidades hay que apuntar los esfuerzos pertinentes.

Por el momento, nada claro se ve al respecto. El tejido familiar continúa debilitándose. La función escolar no ha pasado de ser, en esencia, lo que era en el pasado. Y el ambiente social está cada vez más contaminado de virus disolventes. Todo ello hace imperativo que se configure cuanto antes un proyecto de recomposición nacional del más amplio espectro. ¿Aparecerá por fin este punto vital en las ofertas de campaña que saturan la atmósfera política?