Opinión

Escribiviendo

Manlio Argueta

Una de los escritores actuales más leídos en el mundo occidental es el sueco Stieg Larson: trilogía “Millenium”, cuyo primer volumen fue llevado al cine (en EUA, Rusia y Suecia). Nosotros conocimos la película como “La chica del dragón tatuado”. La obra tiene como personaje principal a una mujer, la joven llamada Lisbeth Salander que logra defenderse gracias a su inteligencia y conocimientos tecnológicos. Millenium tiene unas 2,400 páginas difíciles de soltar una vez que nos adentramos a una trama con lenguaje directo y que nos ofrece a una trama del crimen global ligado a la política. Salander ha traspasado todas las fronteras, incluso los Rolling Stones se inspiraron en ella para su último concierto.

Otro escritor de similar éxito es el británico Kem Follet, también se decide por escribir también una trilogía, cada una con más de 1,000 páginas. La obra de este y de Larsson no son los best sellers livianos y corrientes. La trilogía de Follet se titula “El siglo”, cuya primera novela es “La caída de los gigantes”, basada en la historia de la Segunda Guerra Mundial y el poder del nazismo en Alemania; el segundo libro se titula “El invierno del mundo”. Nos debe el tercer volumen. En fin, ambos autores ofrecen una literatura acorde con nuestro tiempo de la información y el conocimiento, producto de una investigación eminentemente profesional. Las miles de páginas no deben asustarnos, atraen desde un principio, invitan a pasar la noche en vela leyendo.

La trilogía de Larsson, muerto a temprana edad, nos muestra una Suecia actual no exenta de los problemas mundiales del crimen organizado. La de Follet describe un hecho anterior: el nazismo queriendo dominar el mundo por lo menos por 1,000 años: “La caída de los gigantes”; y en su segunda novela se refiere al surgimiento y ascenso de la pesadilla imperial hitleriana queriendo imponer por 1,000 años una superioridad racial que termina en derrota y destrucción.

Mi propósito en describir estas obras, por lo demás interesantes y monumentales, es para relatar que una persona residente en Costa Rica, un gran lector, ofreció obsequiarme para mi cumpleaños “El invierno del mundo”. Y me explica el retraso del envío, “casi siempre que voy a comprarlo hay mucha gente haciendo fila para adquirirlo, debo esperar que aminore la demanda”. Lo comprobé con otra persona.

¿Fila para comprar un libro? ¡Qué alegría para los promotores de cultura! Porque es el sueño para quienes trabajamos en fomento de la lectura y para hacer del libro el mejor amigo. Es hermoso vislumbrar las colas para comprar libros. Más de alguno va a decir: “con lo poco que ganamos no podemos adquirirlos”. Esta es verdad a medias, trabajo en el Centro Histórico y camino por sus alrededores en horas diurnas, y paso por muchos bares siempre llenos del bullicio producido por la cantidad de parroquianos tratando de olvidar sus penas, y no son personas de clase media, sino más abajo, trabajadores o receptores de remesas. El pretexto del costo del libro es justificación para no adquirirlos. Este argumento no es válido. Lo real es que tenemos poca amistad con la lectura. Por décadas se cultivó cierta animadversión con el libro o no fuimos formados para leer, por temor o por lo que fuese.

La literatura es medio recreativo y de conocimiento, despierta la imaginación, cultiva conductas reflexivas, pensar antes de agredir, es libertad y despierta torbellinos de ideas. Con elementos ficticios es cierto. Vargas Llosa califica la narrativa como “mentiras verdaderas”. Para mí, es otro medio de escribir historia desde la ficción, una forma lúdica de conocer verdades diferentes y valores universales, es una especie de crónica en Cinemascope tridimensional que refleja realidad geográfica y humana. Pensemos en “Crimen y castigo” y en “Los hermanos Karamazov”, de Dostoieski, para comprender la cultura intimista del pueblo ruso en el siglo XIX; o en Víctor Hugo que en “Los miserables” describe la gestación de una Francia republicana, con un París inmortal en el tiempo. Ambos escritores profundizan en signos perdurables que identifican la Nación.

Por eso el comunicador y el educador deben hacer del libro el mejor amigo, amistad que se gesta en el sistema educativo y cultural. Desde lo estatal y lo civil.

En la Biblioteca Nacional he recibido delegaciones de niñas y niños de cuarto y sexto grado que ya han leído novelas, llegan a platearme dudas, reflexionan y piden mi opinión sobre el ejercicio del proceso creativo. También he recibido delegaciones de educación media desde Santa Rosa de Lima con excelente capacidad para analizar la literatura nacional. En su visita presentaron una parte de “Luz negra”, de Álvaro Menén Desleal, con un libreto presentado con mística que solo puede ser transmitido por un facilitador comprometido con el libro y la lectura, en este caso era un docente.

El problema no es hacer obligatoria la lectura. La solución es superar cierta indiferencia hacia el libro, tal como lo señala el maestro Alberto Masferrer en un ensayo escrito en 1928. El gusto o hábito de leer comienza en la familia; pero debe fortalecerse en las instituciones comunitarias, culturales y educativas. Es la clave para superar el retraso. Por experiencia sé que se ha comenzado a promover la lectura, solo falta convertirlo en políticas públicas.

No debe preocuparnos que la lectura parezca obligatoria, también se nos obliga a memorizar las tablas de multiplicar, las fórmulas química y hasta el abecedario. Con la lectura debe procederse como se lo merece una fuente de emociones y de inspiración. Leer no hace daño a nadie, aunque parezca una perogrullada decirlo. Fortalece a una niñez que pronto será la ciudadanía activa para el desarrollo nacional.

Leer aviva sentimientos espirituales y sensibilidad, previene la violencia, nos vuelve tolerantes. Unida a la tecnología nos prepara en la búsqueda de respuestas políticas y económicas para encontrar mejores respuestas a los problemas sociales. Es aprendizaje de imaginación y creatividad, base fundamental de conductas que aseguran un proceso económico y democrático irreversibles.