La situación política en Venezuela viene mostrando signos anómalos desde que Hugo Chávez, un militar golpista de pensamiento radical, llegó a la Presidencia allá a finales de la última década del pasado siglo. El sistema de partidos políticos, que durante algunos decenios funcionó con bastante normalidad democrática, había entrado en crisis, y no por confrontación sino complicidad entre fuerzas, y eso posibilitó la llegada al poder de un francotirador ideológico, que emprendió de inmediato un proceso que, bajo la cobertura de “revolucionario”, fue invadiendo la parte medular del esquema institucional establecido. Si bien se mantuvieron algunas formas democráticas básicas, como el ejercicio de elecciones, la práctica del poder fue erosionando persistentemente las bases institucionales.

El régimen cerradamente personalista alrededor de la figura del “líder” lo fue dominando todo, teniendo a su disposición, con amplias libertades para hacer uso de ella, de la extraordinaria riqueza petrolera del país. Riqueza que ha venido funcionando como palanca del personalismo mesiánico en doble vía: internamente con una desbordada política de dádivas populistas y externamente con el financiamiento de los “aliados” y de la imaginería del bloque regional ad hoc. Todo esto bajo una capa fantasmal que comenzó llamándose Socialismo del Siglo XXI.

Pero las cosas entraron en crisis para el régimen cuando se le detectó cáncer a Chávez allá en junio de 2011. Desde entonces, todo ha sido ocultamiento y ficción, sobre todo de cara a las elecciones presidenciales del pasado 7 de octubre, que el gobernante volvió a ganar, no con el margen que esperaba y con signos de evidente deterioro. Ahora, a pocos días para la toma de posesión, Chávez vuelve al quirófano, sin que se tenga noticia cierta sobre su estado real. Y esta vez se agrega un elemento nuevo: la designación precisa por parte del gobernante enfermo de un sucesor con nombre y apellido: su mano derecha, Nicolás Maduro.

Pero los regímenes personalistas, y más cuando lo son al extremo como en este caso, no resultan sostenibles al ausentarse el que los comanda. Eso desata grandes inseguridades y angustias, tanto en las estructuras internas, que a la sombra del poder han ido posicionando intereses, como en los “socios” externos, que empiezan a sufrir la amenaza de perder los beneficios de su afiliación. Si Chávez sale de escena, todo eso va a empezar a disgregarse rápidamente, cualesquiera fueren los resultados de las eventuales elecciones por venir.

En América Latina, la revolución marxista, que por tanto tiempo pareció opción de futuro, está ya cancelada por el mismo proceso histórico; y la revolución petrolera no tiene ningún viso de supervivencia, porque además nunca pasó de ser un simulacro montado sobre la base del narcisismo político. Lo que queda es lo de siempre: trabajar en serio por la sólida construcción de democracias funcionales, que a la vez atiendan debidamente las necesidades y aspiraciones de la población y sean capaces de propiciar y potenciar el desarrollo en sus diversos órdenes.

La experiencia venezolana debe ser cuidadosamente analizada por todos nuestros países. En algún momento, de seguro cercano, tendrá que empezarse ahí la reconstrucción de la normalidad institucional; y eso siempre es muchísimo más dificultoso que el deterioro progresivo que ha estado vigente. Crear y asegurar institucionalidades fuertes y funcionales es lo que en verdad conviene siempre.