Tanto las buenas actitudes como las buenas palabras necesitan entrenamiento de la voluntad, porque la tentación espontánea casi nunca va por ese rumbo. Y más en un ambiente como el nuestro, donde se han venido extraviando las nociones de tolerancia, de respeto, de urbanidad y de buenas costumbres en general. Como siempre ocurre, en esto también la mejor escuela es la del ejemplo, y el primer nivel de la enseñanza al respecto le corresponde a la familia. Es en los años iniciales de la vida cuando se forman y se establecen los hábitos básicos de la persona, quienquiera que sea e independientemente de niveles socioeconómicos. Yo he conocido, para el caso, campesinos iletrados que son modelos de buena salud anímica y de ejemplar desempeño personal en todos los órdenes; y también individuos encumbrados en la escala social que dan pena por su destemplanza de criterio y su rispidez de conducta.

Sabemos que hay gran variedad de temperamentos y de caracteres, pero no está ahí el núcleo principal del desarrollo de las conductas: todo depende de la forma en que cada quien logre procesar sus propios impulsos y tendencias. Hay quienes tienen una especie de instrumental anímico natural, que les sustenta la capacidad de proceder en forma serena y sensata, y hay quienes necesitan adquirir dicho instrumental en un proceso de educación y autoeducación.

Sobre todo esta última es vital en cualquier circunstancia, porque la disciplina de la conducta se aprende practicando. Y lo vemos y lo comprobamos en todas las expresiones de la vida.

Las buenas actitudes nunca florecen y fructifican sin el adecuado cultivo y la debida fertilización. El cultivo implica un conjunto de acciones ordenadoras y facilitadoras; la fertilización requiere insumos racionales y espirituales dosificados en forma de programa. En el ambiente –y más cuando se trata de un ambiente tan deformado y contaminado como el nuestro— prácticamente todo parece dispuesto para conspirar contra el sistema de buenas actitudes y rectos procederes. Esto hay que tenerlo presente en forma constante, para poder armar en los diversos compartimentos de la psique la estrategia que permita resultados habilitantes.

El machismo tan profundamente arraigado en los diferentes estratos nacionales, el apetito de satisfactores materiales tan extendido en los distintos niveles de la sociedad, la porosidad creciente de los valores que son fundamentales para asegurar la sanidad de la convivencia, la irresponsabilidad imperante como norma de vida personal y colectiva son algunos de los factores que atentan contra la fructificación de las buenas actitudes. En nuestro ambiente, ha llegado a considerarse que las costumbres respetuosas y educadas son sinónimo de debilidad de carácter y que moderar las reacciones es equivalente a ánimo apocado. Y esas son distorsiones perversas.

En cuanto a las buenas palabras, éstas permiten allanar el camino de los sanos entendimientos, en cualquier área del normal vivir. Recordemos siempre que hay una verdad práctica que se hace sentir a cada instante: no es posible recoger la palabra dicha. Aunque vengan después las explicaciones y aun las disculpas, una palabra ofensiva deja cicatriz permanente. Por ello, cuidar cada palabra es indispensable, y mucho más cuando hay ira, frustración o resentimiento de por medio. Los políticos, que se hallan a cada instante en el ojo y en el oído públicos, están más expuestos que nadie a caer en las trampas de la palabra. Lo vemos a diario, y más ahora en el calor de la campaña presidencial. Es perfectamente entendible el consejo de la sabiduría popular, que nunca se equivoca: la mejor palabra es la que no se dice. Lo que quiere decir que antes de decir cualquier cosa hay que pensarlo y sopesarlo con gran cuidado.

En nuestra cotidiana realidad se propagan como hierbas silvestres las calificaciones y las descalificaciones. Eso es parte de un mecanismo autodefensivo que hace uso del llamado “argumento ad hominem”, falacia que consiste en responder una argumentación no con otro argumento, sino atacando a la persona. Descalificar en vez de argumentar. Es decir, poner lo emotivo por encima de lo racional. Y de ahí al despliegue de las palabras zahirientes y atropelladoras no hay ni un paso.

Nuestra sociedad requiere tratamientos reparadores de diverso tipo, y muchos de ellos no se refieren a los contenidos sino a las formas. Es cierto que hay grandes problemas estructurales por enfrentar y por resolver; pero si no se hace limpieza de ánimos y de métodos de interrelación, las malas formas estarán ahí, interfiriendo a cada momento.