OPINIÓN (Desde acá)

Me gusta cuando callas

*Periodista salvadoreño

Poco después de la aprobación de la Ley de Acceso a la Información Pública, la LAIP, el jueves 2 de diciembre de 2010, Norma Guevara, diputada del FMLN, dijo que el apoyo de su partido a la ley era un ejemplo de compromiso con el pueblo para impulsar un “modo democrático de gobernar”. Lo dijo sin reírse y no nos consta, hasta la fecha, si sus dedos estaban entrelazados.

La LAIP entró en vigor en mayo de 2011 y significó una esperanza para los ciudadanos acostumbrados a convivir con las cataratas informativas. Y lo fue no solo para los periodistas, que vieron en ese momento otro camino ante las negativas oficiales de información (gastos en viajes, presupuestos ocultos, salarios extras de los funcionarios), sino para cualquier ciudadano que, con razón, quisiera saber cómo funciona el Estado del que forma parte.

Mientras duró, la LAIP (y lo escribo casi con nostalgia) significó mucho. Casi cada semana llevamos peticiones ante las unidades de acceso a la información para obtener datos que necesitábamos para nuestras notas, reportajes y entrevistas. Esperábamos 10 días y si había algún problema con la redacción de la petición, la volvíamos a escribir hasta obtener la información. Así llegamos a dejar peticiones a la Corte Suprema de Justicia, a la Policía Nacional Civil, a la Fiscalía General.

Pensarán que soy exagerado, pero si ustedes conocieran a nuestras fuentes, se percatarían de que algunos son renuentes a ser abiertamente transparentes. Les pongo tres ejemplos. Desde que asumió como presidente de la Corte Suprema, en agosto de 2012, a Salomón Padilla lo hemos bombardeado con una decena de solicitudes de entrevistas. ¿Las ha dado? No. La única entrevista que ha concedido ha sido a la televisión, donde le preguntaron que por qué era tan guapo y le comentaron que qué bonita le quedaba la corbata roja. Y nada más. Su unidad de comunicaciones nos vive diciendo que el hombre “se está empapando”. Dos meses más de conocimiento que acumule Padilla y cuidado y revienta.

Los otros dos son el director de la PNC y el ya no tan nuevo fiscal general. A la sombra del general Munguía Payés, el general Francisco Salinas es una tumba. Ni una entrevista y la información oficial, no la que conseguimos en la calle con las fuentes que trabajamos, nos llega a cuentagotas. El fiscal Martínez es diferente: ha decidido que su política de comunicaciones la lleve su cuenta de Twitter. A Martínez aún le damos el beneficio de la duda porque todavía está fresco en el cargo; sin embargo, y por si acaso, seguimos averiguando cómo Twitter nos avisa de sus actividades antes de que el fiscal general decida tuitearlas.

Un Instituto de Acceso a la Información Pública es indispensable, pero en la Asamblea, a petición del partido del cambio, la LAIP fue reformada para quitar atribuciones al instituto, para que únicamente pueda RECOMENDAR dar la información en lugar de ORDENAR que esta se dé. Norma Guevara, en la plenaria del pasado jueves, en otra madrugada furtiva, soltó una frase para explicar el sentido de la reforma: “Creen tener el derecho a pedir todo lo que se les ocurra”. Sigfrido Reyes y su majestad, con la declaratoria de reserva sobre la información de los regalos navideños y la caravana presidencial, nos dieron la pista; sin embargo, nunca pensé que llegaran tan lejos. Consejo: los neocínicos son más pro.

Termino de escribir esta columna afianzado a mi ejemplar de bolsillo de la LAIP. Todavía huele a nuevo. Cierro la pequeña edición y la guardo en la maleta de mi computadora. La llevaré a mi casa para guardarla junto con un trompo y mis monedas de dos colones.

PD. El maestro Yoda tenía razón. “El miedo a la pérdida un camino hacia el lado oscuro es”.