Se fueron las luces, las alarmas sonaron y los instrumentos fallaron. Afuera, una tormenta eléctrica golpeaba. Las gotas de agua se cristalizaban y hacían nido en los motores del recién estrenado Boeing 737-300.
A 16,000 pies de altura (4.87 km, o imagine casi 66 veces la altura de la torre Citi, en San Salvador) lo único que sentían los pasajeros era pavor. Algunos rezaban, otros gritaban, mientras que en la cabina lo único que se hacía era pensar en cómo salir vivos de esa prueba. Cómo maniobrar el avión de 33.40 metros de largo y un peso de más de 72,000 libras.
El 24 de mayo de 1988 a las 9 de la mañana, el vuelo TACA 110 salió de El Salvador, con escala en Belice. Al mediodía, los 36 pasajeros tenían previsto aterrizar en Nueva Orleans (EUA), pero a 50 km de llegar al aeropuerto una tormenta les cambió los planes.
El agua y el hielo hicieron fallar las turbinas y todo el sistema eléctrico del avión falló. Silencio, no había ruido de los motores, sin luces y en medio de la tormenta, pensé que era mi último día, rememora la pasajera Lee Burmeister en un documental hecho por National Geographic.
Al frente del avión iban el capitán Carlos Dárdano y Dionisio López, con la cooperación del personal de vuelo Mirna Rosales, Ivette Lovo, Gloria Gutiérrez y Luis Castillo. Segundos después la electricidad se reestableció, y al intentar encender los motores (en este momento ya estaban a 1.5 km de tierra) estos se sobrecalentaron. Los pilotos decidieron apagarlos y enviaron dos mensajes de socorro a la torre de control.
El controlador aéreo les dio dos opciones: aterrizar en un aeropuerto cercano o aterrizar en una autopista. Ninguna de las opciones fue viable para Dárdano. No tenían potencia suficiente para llegar hasta el aeropuerto, que estaba a 22 km, ni aterrizaría en una autopista donde se podían perder más vidas de las que se salvarían. Haga lo que tenga que hacer, fue el mensaje de la torre de control y los pilotos se despidieron.
Le rogué a Dios y me entró una gran paz. Cuando salimos del mal tiempo comenzamos a ver tierra. Algo me decía que tenía que aterrizar al frente, cuenta Dárdano.
El avión comenzó a perder altura y a 900 metros de tocar tierra tenían que tomar una decisión. Pensaron en un acuatizaje, pero divisaron un terraplén angosto rodeado dos diques. Esa era su única opción.
Los pasajeros y los pilotos se prepararon para el aterrizaje forzoso y todo sucedió en segundos. El avión quedó en medio de la nada y el ruido cesó. Ningún pasajero resultó herido.
Así, el vuelo del 737-300 de TACA pasó a la historia de la aviación como uno de los aterrizajes más memorables. Un recuerdo que 24 años después le rememora a Dárdano y otros pasajeros que la vida les dio una segunda oportunidad.
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