David no quiere viajar en microbús
Escrito por por Loida Martínez AvelarMiércoles, 23 junio 2010 00:00
Ardor en la piel y dolor es lo que siente en su cuerpo David (nombre ficticio) desde el domingo por la noche. Ayer, un mosquitero celeste y unas gasas mojadas por su inflamación lo cuidaban de contraer una infección.
Las llamas intensas, vivas y enojadas –como las describe en su relato fluido–, que se arrojaron sobre él en un parpadear lo marcaron físicamente, pero sobre todo la huella le quedó en el alma. De sus pensamientos no se escapan las escenas de lo ocurrido en el microbús de la ruta 47, que abordó a un costado de la iglesia Don Rúa.
La situación llevó a reflexionar a David sobre el rumbo de su vida y sobre todo acerca de sus hábitos después de que salga del Hospital Zacamil, donde está ingresado. Un bus o microbús ya no será la opción para movilizarse. El treintañero piensa comprarse una bicicleta, y no por cuidar el medio ambiente. Invadido por la incomodidad de las ampollas que le impiden sostener un vaso en la mano justifica su decisión: “No me quiero volver a subir a un microbús en lo que me queda de esta segunda oportunidad de vida”.
La noche de la tragedia, el microbús llevaba música a todo volumen. En esa ocasión, un “tuve que matar a un ser que quise amar” de la canción “La Cárcel de Sing Sing” de Alci Acosta acompañó a los pasajeros durante el viaje. Por ser domingo, la unidad iba vacía, dice.
La pasajera que más recuerda es Roxana Ruano, de 23 años. Era atractiva, y la bebé de un año que llevaba en sus brazos la hace inolvidable, asegura.
“Ojalá se hayan salvado”, dice, y un gesto de no del interlocutor lo hacen conmoverse. “No puede ser esa barbaridad”, dice y frunce el ceño.
También recuerda a tres jóvenes que iban borrachas y estaban sentadas en la parte de atrás. “Se deben haber muerto”, indica y detiene el relato.
David debía bajarse en la parada de un supermercado de Mejicanos, pero las ganas de compartir cervezas con un amigo lo llevaron a prolongar su viaje.
El repartidor de telas describe cada cuadro de lo ocurrido, en orden cronológico. En la escena uno pinta un microbús de pasajeros haciendo parada en los multifamiliares de la colonia Jardín, de Mejicanos. Un sujeto subió y con pistola en mano ordenó al motorista que se desviara a la calle Roma.
David pensó que era un asalto. Cuando vio a tres sujetos salir del lugar y disparar a la unidad con énfasis de agredir al motorista la perspectiva le cambió: “Solo pensé en sobrevivir”.
Se tiró al suelo y escuchó los gritos. Las personas se juntaron al centro y se enredaron buscando la puerta.
Con el fuego en su cuerpo, el instinto de saltar dos asientos y tirarse por la ventana le salvaron la vida. Los atacantes no le dispararon.
Tras levantarse del suelo, el joven solo pudo sacar a un señor. A los 10 minutos lo trasladaron en una patrulla al hospital, lugar que le ha servido para considerar sobre su vida. “Es una segunda oportunidad y los que estamos vivos tenemos que cambiar las cosas que no sirven en la vida.”
–¿Qué cosas?
–Si antes decía 50 malas palabras, ahora solo voy a decir 20. Si era mujeriego, me tengo que calmar porque hay un propósito.
Inmediatamente se frota los ojos humedecidos. David dice que no puede dormir, porque las caras de las personas se le vienen a la memoria. “Ojalá que cambien las cosas”, concluye con tono de niño pidiendo un deseo.
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