Academia Salvadoreña de la Historia

Desde su descubrimiento en 1522, por Andrés Niño, el golfo no ha dejado de cautivar por su espectacular escenografía marítima; una gran bahía privilegiada, amplia y deslumbrante, de tanta historia y posibilidades de desarrollo. Ya Gil González Dávila, en carta a Carlos V, de 6 de marzo de 1524, desde Santo Domingo, aludía a él. Y Pedrarias Dávila, el extraordinario y violento gobernador de Panamá, y luego de Nicaragua, buscaría las oportunidades para incluirlo en su jurisdicción, la última vez con la guerra de Nequepio, con la invasión a San Salvador en diciembre de 1530. Además, desde Nicaragua habían partido las primeras incursiones hacia las islas del golfo, alrededor de 1526, al mando de Hernando de Soto, para someter a las poblaciones insulares que se encontraban en particular en las islas ya llamadas “de la Petronila”, que eran básicamente Conchagua (hoy Conchagüita) y Meanguera, la Petronila original de Andrés Niño.

El Fonseca parecía ir en camino de depender de León de Nicaragua, cuando en 1533 Pedro de Alvarado lo escogió para reconcentrar su armada para la expedición al Perú. Alvarado juntó sus barcos frente a la ensenada del embarcadero de Amapala, hoy Pueblo Viejo, en La Unión (donde se le hundieron dos), lo que le dio el espaldarazo de la historia a este enclave que sirvió de puerto hasta el siglo XVIII, cuando se extinguió y el nombre Amapala le fue impuesto al nuevo puerto franco que Honduras construyó en la isla del Tigre, a mediados del siglo XIX. Pero ese nombre Amapala era el de varios accidentes geográficos del golfo, además del pequeño puerto, y así el volcán de Conchagua era el volcán de Amapala, la punta Chiquirín era la punta Amapala, y la misma isla Conchagua era la original isla Amapala. El golfo se convirtió en la ruta más expedita y fácil para navegar desde la jurisdicción guatemalteca de la Alcaldía Mayor de San Salvador y San Miguel, hacia Nicaragua, por pequeñas embarcaciones que salían de Amapala hacia el Estero Real nicaragüense. Con el viaje por el golfo, en junio de 1586, del cronista Antonio de Ciudad Real, acompañado del provincial franciscano de Nueva España, fray Francisco Ponce de León, las islas vieron sus nombres nahuas alterados al náhuatl mexicano. (“Relación breve y verdadera”, Ciudad Real).

Desde muy pronto, surgió el interés de trazar una comunicación entre los océanos por el golfo de Fonseca, con una ruta que lo comunicara con Puerto Caballos, en la costa norte hondureña. La propuesta vino insistente de los gobernadores de Honduras y siguió con la Real Audiencia. La relativa corta distancia entre el golfo y la gran ensenada de Puerto Caballos era un atractivo para esos días, con mejor clima y facilidades en comparación con las selvas y pantanos del estrecho de Panamá, mucho más corto, pero peligroso. Al haberse instituido el comercio atlántico a través de flotas protegidas por barcos artillados, con terminales definidas en el nuevo mundo, la Corona decidió estudiar in situ la petición del Reino, y así, a principios de 1590, fue recibido por el cabildo de San Miguel en el puerto de Amapala —Pueblo Viejo– el más célebre de los ingenieros militares españoles de esos años, Juan Bautista Antonelli; quien, procedente de La Habana, Veracruz y la Ciudad de México, llegó juntamente con Pedro Ochoa de Leguizamo, Diego López de Quintanilla y Francisco Valverde de Mercado.

Durante los próximos meses, se dedicaron a reconocer el golfo, medir sus profundidades y recorrer el trayecto terrestre por Comayagua y San Pedro Sula hasta puerto Caballos. Se definió como el único sitio adecuado para entrar los barcos de mayor calado al Fonseca, el llamado canal profundo que pasa entre las islas Conchagua (Conchagüita) y Meanguera, y luego entre la isla de Venados (Mazatépetl hoy Zacatillo) y la punta Amapala (hoy punta Chiquirín), para pasar frente a Amapala (Pueblo Viejo) y el embarcadero de La Concepción, hoy aproximadamente el sitio del moderno San Carlos de La Unión. El canal profundo llegaba hasta la entrada del estero La Manzanilla, en la actual bahía de La Unión. Antonelli planificó dos baluartes, o fuertes, uno en la isla Zacatillo y el otro en Chiquirín, para defender Amapala y el nuevo puerto que se recomendaba construir arriba de La Manzanilla, con el nombre de puerto de Fonseca, así como que el golfo fuera cuidado permanentemente por dos galeras armadas.

El camino entre este nuevo puerto de Fonseca hasta puerto Caballos fue motivo de inspección y evaluación, por los ríos, quebradas y alturas del camino, al cual le calculó Antonelli unas 60 leguas. Asimismo, se estudió el poblamiento del trayecto, el asentar negros africanos y familias españolas. Pero todo resultó demasiado costoso para la Corona, con gastos excesivos que detuvieron el proyecto Fonseca-puerto Caballos. El objetivo principal era convertir a Caballos en la terminal de la flota de verano, la de Tierra Firme, con destino principal en Cartagena de Indias y luego en Nombre de Dios, en Panamá. Y que el golfo de Fonseca, a su vez, fuera la terminal de los barcos peruanos que transportaban los cargamentos de plata desde El Callao, los cuales se trasladarían a lomo de mula hacia el Atlántico. Esto le habría dado al golfo una importancia inusitada, pero no se pudo por lo caro de adecuar la ruta, de organizarla y cuidarla, incluso instalar grandes criaderos de mulas.

El valioso informe de Antonelli sobre el golfo de Fonseca fue fechado en La Habana, el 7 de octubre de 1590. Es el más completo de los que remitieron los demás miembros de la comisión (Archivo General de Indias, Sevilla). La Corona, ante las dificultades que expusieron los expertos, decidió confirmar la ruta del istmo panameño como la permanente por conocida y más corta y trasladó la terminal de Nombre de Dios a Portobelo, cuyas defensas diseñó también Antonelli, para protegerlo de asaltos a los embarques argentíferos.

Texto y fotos cortesía de la Academia Salvadoreña de la Historia.