Con el agua a cuestas
Escrito por Fernando RomeroLunes, 23 marzo 2009 00:00
En La Cumbre, un caserío del municipio ahuachapaneco de Tacuba, los grifos se conocen solo por su nombre. Cerca de 150 familias que habitan en esa comunidad, sobre la cima del cerro El Tambor, a más de 1,200 metros de altura sobre el nivel del mar, han estado condenadas por generaciones a cargar en sus hombros cántaros con el agua que emana de dos vertientes naturales situadas decenas de metros abajo del asentamiento.
A La Cumbre no se ha acercado en años la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA) con su suministro de agua. Y los cumbreños, luego de décadas acostumbrados a acarrear en depósitos y llevar cuesta arriba el líquido para subsistir, tampoco se han quedado sentados a esperar que les coloquen una red de tuberías.
La Cumbre no está dentro del 40% de la población salvadoreña que tiene cobertura de servicio por ANDA en 149 municipios. Ni tampoco está dentro del 30% que cubren las Asociaciones de Desarrollo Comunal (Adescos), ni en el 2% de los sistemas descentralizados de ANDA, ni en el 1% de la cobertura de las propias municipalidades.
Los habitantes de este caserío se suman dentro del 25% de salvadoreños que no tiene acceso a una fuente mejorada de agua, porcentaje que continúa tachando al país de tener una deuda social mayúscula con el suministro del vital líquido.
Por alto no llega
Osiris Jiménez tiene 24 años y toda su vida la ha hecho a más de 1,200 metros de altura en La Cumbre. Y lo que sabe él, como lo sabe toda su comunidad, es que para su desgracia no corre un afluente cercano al cerro que tenga la fuerza suficiente para impulsar el agua por medio de tuberías hasta la cima: “No hay ríos por aquí que puedan hacer subir el agua. Siempre tenemos que bajar a traerla, por lo menos una cantarada por día, para tomar y hacer los alimentos. En caseríos de más abajo, como El Jícaro, algunas Adescos ya han ayudado y ya pusieron tuberías y les llega el agua por gravedad. Pero aquí por lo alto en que estamos, estamos, como dicen, en el olvido”.
Las aguas de las dos vertientes naturales que alimentan a los cumbreños son retenidas en unas piletas de concreto construidas por los pobladores del caserío. De allí recogen el agua para beber. Luego, el líquido que rebalsa es el que utilizan para bañarse. La mayoría de los habitantes tiene que ir a las vertientes a tomar su baño, menos los muy pequeños o los muy ancianos. Y por último, un poco más abajo, utilizan el residuo para lavar sus ropas. Y eso sucede todos los días.
Tacuba es uno de los municipios dentro del Mapa de Pobreza de El Salvador, uno de los encasillados por el Gobierno dentro del rango de pobreza extrema alta. Y aunque la mayor parte de cantones y caseríos tacubeños ya cuenta en la actualidad con servicios de electricidad y agua, la gente que vive en La Cumbre depende todavía de lo que le pueda brindar la naturaleza.
Este caserío ahuachapaneco es solo una muestra de otros que, con distintas particularidades, sufren la ausencia de un servicio de agua potable, y que además tienen como similitud, entre otras cosas, la participación de niños y niñas en el acarreo del líquido.
Al menos carga pequeña
Álida Gladis Martínez de López es la directora del Centro Escolar Caserío El Naranjito, que comparte sus aulas con los estudiantes de La Cumbre. Ella, en febrero pasado, organizó una escuela de padres para hablar de la situación de los 93 alumnos que atiende el centro de estudios. Uno de los llamados más incisivos que hizo la directora a los padres de familia fue acerca del acarreo del agua, aunque no para recomendar que se evite que sus hijos lo hagan, sino que al menos les asignen cargas que no sean muy pesadas.
“La realidad de La Cumbre es distinta a la de otros caseríos. No se puede hacer nada con que las familias recurran a los niños para cargar con cántaros. Si no lo hacen, eso significa un trago menos de agua para cualquiera de la familia. Los padres trabajan y se levantan temprano para acarrear, y van con sus esposas y sus hijos, pero solo les alcanza el tiempo para un viaje”, dice la directora.
“Lo que yo les pedí –continúa– es que al menos no los carguen con cántaros grandes; que vean cómo hacen para que lleven recipientes no tan pesados.”
Y como la niñez, el tiempo es también sacrificado. La Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES) determina que las personas que no cuentan con acceso al agua en el área rural dedican, en promedio, 8.5% de su tiempo productivo en la carga de cántaros con agua.
Ese tiempo invertido de los cumbreños en bajar a traer agua lo pierden los padres para su trabajo, así como los niños para sus estudios. “Algunos vienen tarde o no vienen, porque andan con los papás subiendo agua”, comenta la directora del centro escolar.
Martínez de López y dos maestras, que son todo el equipo docente, durante los días de clase duermen en los salones, y les toca también bajar a bañarse y acarrear agua para beber.
La directora, que vive en Chalchuapa y baja de la cumbre los fines de semana para regresar a su casa, reconoce que otro problema con la limitación del agua son los malos hábitos higiénicos en algunos niños. “Pero sabemos que no les podemos exigir un aseo que sea muy estricto. Aunque los queremos educar de que aunque sea una guacaladita diaria usen para asearse el cuerpo”, dice.
La ayuda
Iniciativas como la del Fondo Ambiental de El Salvador (FONAES), que han sido acompañadas por la Cooperación Suiza —que hace unos pocos meses se retiró de El Salvador porque el país ahora se califica como de renta media— y la Cooperación Francesa, en el programa Techo y Agua, han sido atenuantes de la crisis perenne del vital líquido en La Cumbre.
Techo y Agua, diseñado para la captación acuífera durante las estaciones lluviosas y para el abastecimiento en la época seca, es la instalación de un tanque cisterna que recoge las aguas lluvias de un techo de lámina con una inclinación dirigida al recipiente. El sistema cuenta con un filtro purificador, y el agua entonces ya puede ser bebida.
FONAES considera que estas facilidades elevan la factibilidad de que los menores de edad de las comunidades beneficiadas dejen de acarrear cántaros y se dediquen por completo al estudio.
“Si con Techo y Agua logramos que uno de estos niños de las familias beneficiadas estudie, hablamos del despegue del verdadero desarrollo nacional”, augura Antonio Villacorta, presidente del fondo ambiental.
FONAES instaló hasta el año pasado 28 sistemas en La Cumbre, 27 en hogares y uno en el centro escolar. Sin embargo, la demanda de más 150 familias continúa.
Y según avanza en el mundo el llamado “desarrollo” de las industrias y las empresas, se abren más las posibilidades para un escenario trágico, en el que La Cumbre incluso ya no podría contar ni siquiera con sus dos vertientes naturales de agua.
Cambio climático amenaza
El Quinto Foro Mundial del Agua, que se ha llevado a cabo del 16 al 22 de marzo en Turquía, tiene como uno de sus objetivos profundizar la discusión acerca de las consecuencias del cambio climático sobre las aguas de la Tierra.
Una de ellas son las prolongadas sequías, que podrían afectar a las fuentes, ya que se reducirían los caudales de ríos y lagos, junto con su consecuente sedimentación y salinización. Y al no haber lluvias, el Techo y Agua de FONAES se volvería obsoleto.
Con ello, la cifra amarga de 1.1 billones a escala mundial de personas que en la actualidad viven sin agua potable se incrementaría sobremanera, y el apenas 2.5% de agua dulce en todo el mundo se convertiría en el nuevo oro.
Los pobladores de La Cumbre no saben con certeza lo que ocurre más de 1,000 metros abajo. Ellos solo esperan que sus dos fuentes vitales para subsistir no vayan a terminarse un día.
Mientras, la deuda social que tiene el Estado continúa en números rojos. Y aún falta una ley del agua.
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Fotos de LA PRENSA/Óscar Leiva
El alto de Tacuba
En el pico más alto del cerro El Tambor descansa La Cumbre, a 1,264 metros sobre el nivel del mar. Allí vive una comunidad agrícola de pacaya, frijol, naranjo y café.















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