Antes de que el reloj marque las 12 de la tarde, un tropel de niños irrumpe las instalaciones de la iglesia Maranatha “Una cita con Dios”, ubicada en la comunidad Las Pampas, del cantón Papalón, en San Miguel.
Tras la euforia inicial, los pequeños comienzan a acomodarse alrededor de unas 10 mesas ubicadas en el corredor del templo. Ya en sus asientos, los menores esperan con impaciencia a que les sirvan un humeante plato de sopa de fideos con vegetales y huevo, el cual es acompañado por un par de tortillas recién cocinadas.
En la cocina, Daysi Castillo, corrige la sazón de la sopa y con premura comienza a servir los primeros platos de comida. “Casi siempre servimos de 100 a 150 porciones a la hora del almuerzo”, dice la mujer, quien también preparó más de 100 raciones de atol de avena para el desayuno.
Castillo admite que en ocasiones este será el único plato de comida caliente que estos pequeños podrán obtener en todo el día, ya que todos provienen de familias pobres, desplazadas luego del huracán Mitch.
Cuando la mujer indica que todo está listo, los chicos forman una fila y comienzan a retirar la comida colocada sobre una mesa.
Antes de comenzar a comer, uno de los integrantes de la iglesia dirige una oración para bendecir los alimentos y a las personas que los prepararon. Luego entonan un himno y agradecen a Dios.
Carlos Montoya, de siete años, sonríe complacido y a la vez comenta con sus amigos la comida de ese día: “La sopa de fideos está buena, pero me gusta más el pollo guisado con papas”.
El pequeño se sabe el menú de memoria: una vez a la semana se les sirve sopa de frijoles con arroz negrito, pastas con salsa de tomate y queso fresco, chao mein con vegetales, carne molida con papas, tortitas de carne o pollo guisado con papas, acompañados con arroz y tortillas.
La obra
Henry Obispo, pastor de la iglesia y uno de los precursores del comedor, comenta que además de alimentar a los menores en el templo se trata de inculcar valores espirituales y morales a los casi 200 niños que desayunan y almuerzan en la institución.
El religioso agrega que el proyecto benéfico comenzó hace nueve años, cuando José Luis Soto, pastor cubano-americano, visitaba la zona y observó que algunos niños de la comunidad hurgaban la basura del botadero de Uluazapa en busca de comida.
“Nuestro reverendo, Luis Soto, sintió en su corazón que debía abrir un comedor para alimentar a los niños de esta comunidad. Anteriormente había hecho lo mismo en Nicaragua y en Distrito Federal y el estado de Chiapas en México”, agregó Obispo.