Un peruano llamado Julio Villanueva Chang vino al periódico a finales del año pasado para impartir una capacitación. Ese peruano era, y lo sigue siendo, uno de los editores más respetados de América Latina, asiduo ponente en las mesas más selectas en las que se discute hacia dónde va esa droga llamada periodismo. Pues bien, me atrevo a interpretar que Villanueva Chang se sorprendió muy gratamente al conocer Enfoques, al conocer que en un país que pinta nada en el mapa periodístico mundial se hace algo como la revista que hoy expira. La interpretación tiene su sustento. Semanas después de marcharse, el peruano contactó al que entonces era el editor de la revista, Saúl Vaquerano, y le ofreció participar en un proyecto conjunto en México.
A veces cuesta verlo cuando se está dentro, pero Enfoques se despide habiendo alcanzado un siempre debatible pero interesante grado de madurez. Son 10 años en los que el suplemento, con sus lógicos altibajos, logró labrarse un nombre, logró labrarse un respeto. En sus páginas ha cabido el periodismo investigativo, el periodismo de profundidad y el periodismo narrativo, y sus artículos consiguieron destacarse entre el resto de las páginas del diario por la simple lógica de que el tuerto es rey en país de ciegos. Con sus defectos y sus virtudes, desaparece uno de los logos más respetados de la prensa nacional.
Y muere Enfoques en un momento delicado, un momento idóneo para los porqués, para las suspicacias. Hay, de hecho, un feo antecedente. Vértice, el hermano gemelo de Enfoques en El Diario de Hoy, fue finiquitado hace más de dos años, y su sustituto fue un producto que renunció a la esencia del periodismo.
Eso no ocurrirá esta vez. Habrá cambios, pero el equipo humano que integra la revista que se despide es el mismo que estará detrás del proyecto que verá la luz el próximo domingo. Siempre habrá quien lo objete, pero si el espíritu de Enfoques era la apuesta inequívoca por el buen periodismo, esa seña de identidad no desaparece hoy.