Un gato en el pabellón donde reposa un paciente que espera trasplante de riñón podría tener varias explicaciones: una, que el minino es parte de un programa de terapia con animales recientemente estrenado por el Hospital Nacional Rosales. Otra, que es la estrella de la unidad de control de vectores (el nombre pomposo para referirse a animales que propagan enfermedades, como los roedores). Una más, que solo es una obstinada mascota que burló la vigilancia para ver a su amo.
El Hospital Rosales, el que se supone ocupa la cima del sistema público de salud de El Salvador, también se acerca a la sima en calidad de servicio. Enfermos tirados en el suelo, aguas negras (negras, no lluvias) estancadas, un cadáver amortajado en exhibición, o un gato intruso en el pabellón del paciente que espera el nuevo riñón.
Con un presupuesto de $26.48 millones, el Rosales muestra similares síntomas a los que evidencian los otros hospitales públicos del Área Metropolitana de San Salvador. Aunque uno de los objetivos del Ministerio de Salud en el año 2006 es “mejorar la satisfacción del usuario”, el Rosales y sus vecinos tienen arsenal suficiente como para frustrar las intenciones escritas en el papel.