El “callejón de las viudas”

Los hombres de una calle de un pueblo chileno desaparecieron durante el régimen de Pinochet. Sus esposas recuerdan lo ocurrido.

J. Marirrodriga y M. Délano/El País
Foto de LA PRENSA/Archivo
En su cuartel. Augusto Pinochet, reunido con su equipo de militares, el 20 de septiembre de 1973, 25 días antes de la desaparición de los hombres de la calle del Veinticuatro de Abril.
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 12/17/2006

Paine. Pensó que venían a robarle las gallinas. Lucrecia Céspedes escuchó ruidos fuera y así se lo dijo a su marido, Silvestro Muñoz, de 33 años, que dormía a su lado en su vivienda de Paine, un pueblecito en la región metropolitana de Chile. Era la madrugada del 16 de octubre de 1973. “Pero no venían por las gallinas”, explica Lucrecia, retorciéndose las manos en el sofá de su casita levantada en la calle del Veinticuatro de Abril.

Los hombres con las caras pintadas que preguntaban por Silvestro ordenaron a la mujer que se acostara de nuevo. “Entonces escuché un ruido como de un tropel que avanzaba por la calle”. Venciendo el miedo, y con las luces apagadas, se asomó para entrever cómo por la calle avanzaban, en medio de la oscuridad, con las manos en la cabeza y apuntados por las armas de los soldados, todos los hombres que vivían en la misma calle. No volvió ninguno. Hoy la calle del Veinticuatro de Abril es conocida como el callejón de las viudas.

Paine es una localidad dedicada a la producción de frutas, con su banco, una fila de jubilados esperando a cobrar la pensión, su supermercado, su trajín de camiones y la vía del tren. Un aspecto de normalidad parecido al que tenía el 11 de septiembre de 1973, cuando el entonces jefe del Ejército perpetró un golpe de Estado.

En Paine la vida cotidiana no cambió mucho hasta que, pasadas unas semanas, comenzaron a llevarse, “para unas diligencias”, a personas que figuraban en listas manejadas por el Ejército, elaboradas con la colaboración indispensable de vecinos del pueblo; los mismos con los que todavía se cruzan casi a diario las mujeres que se quedaron sin maridos y padres. Muchos hombres incluso se presentaban voluntarios en comisaría al saber que estaban en las listas, al considerar que no tenían nada que temer.

A los lados del callejón se levantaban entonces una docena de casas de un asentamiento de campesinos y en ellas vivían 15 hombres adultos. El Ejército se llevó de madrugada a 14 de ellos —el otro era un anciano— con la promesa de devolverlos a las 6 de la mañana.

“A la hora en que se levantaba el toque de queda fuimos al cuartel de los carabineros, y el capitán, que hasta entonces era amigo de la familia, me dijo: ‘A usted no la conozco’”, recuerda Rebeca Escobedo Carreño, cuya casa fue la primera en ser asaltada. Rebeca estaba embarazada de ocho meses. Durante años estuvo apartando comida a la hora de la cena por si volvía su marido, Patricio Duque. Ya dejó de hacerlo.

“En Chile no hay justicia”, se lamenta Silvia Muñoz Peñaloza, quien esa noche de 1973 perdió a su marido, Basilio Valenzuela, a cuatro hermanos y a un cuñado.

Bajo la apariencia bucólica, el pueblo vivía una pesadilla. “Los militares buscaban a personas relacionadas con la reforma agraria que había iniciado el gobierno de la democracia cristiana y que había impulsado más el presidente Salvador Allende, pero además había envidias y venganzas personales”, cuenta Juan Maureira, presidente de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos de Paine, cuyo padre fue denunciado por unos amigos. En comisaría le raparon el pelo y lo torturaron, y luego lo enviaron al estadio Nacional de Santiago, convertido en una gigantesca cárcel. Juan supo años más tarde que el cuerpo de su padre, enterrado ilegalmente, fue exhumado por los militares, quienes lo arrojaron al mar en una operación denominada Retiro de Televisores, ordenada por Pinochet para evitar que se encontraran los restos de los detenidos desaparecidos. “Ya pocos creen en los montajes de Pinochet”, asegura.

Lucrecia Céspedes vive hoy frente al lugar donde le robaron a su marido. Ya no tiene gallinas; ahora cultiva gladiolos, que vende a quienes pasan por ahí. “Que Dios me perdone, pero quiero que Pinochet se muera y que no se le rinda ningún honor, por asesino”, reconoció a escasos días del deceso. “Lo peor es verlo riéndose de todos; aquí ya nadie va a hacer justicia”, añadió.

Al principio estas mujeres reaccionaban con rabia cuando se las llamaba viudas, porque estaban convencidas de que sus maridos iban a volver. Ahora todas sufren alguna enfermedad crónica y abundan los casos de depresión. “Se han burlado de nosotros. ¿Por qué no nos dicen de una vez por todas: ‘Aquí mataron a sus maridos y aquí están’?”, pregunta Rosa Becerra. Sobre la muerte de Pinochet, sentenció: “A mí ya nada me va a apagar el dolor que llevo dentro”.