A simple vista, este es como otros tantos pueblos fantasmas de la frontera de 3,100 kilómetros que separa a México de Estados Unidos. Un pueblito con menos de 10,000 habitantes, con una plaza central a la que las viejecitas salen a la misma hora que los borrachos dejan la cantina: las 6 de la tarde. Un pueblo de calles de tierra, caballos y hombres con sombrero, botas vaqueras y cinturones con notables hebillas plateadas.
En la plaza, con la misma naturalidad con la que una viejita pasa y alguien dice: “Ahí va doña María”, pasa un carro 4 X 4, y otro oriundo dice en voz baja: “Ahí van los del narco”. Entonces se quiebra la normalidad. Todos saben quiénes son los narcotraficantes de la zona, porque la mitad del pueblo trabaja o ha trabajado para ellos.
En México, los grandes diarios suelen informar de decapitaciones de jefes policiales realizadas por una de las tres grandes organizaciones de tráfico en las capitales de algunos estados, pero rara vez publican lo que ocurre en estos pueblos. En solo una semana, como ya ocurrió este año, los narcos de estos pequeños municipios fronterizos pueden secuestrar a 300 emigrantes que pasan por sus rancherías para atravesar la línea fronteriza, decapitar a cinco hombres y matar a tres policías.
El flujo de la droga se tropieza con el de los indocumentados que van tras los dólares a Estados Unidos. Ambas corrientes tienen como objetivo último atravesar la frontera, esa línea divisoria que para los narcotraficantes significa entrar al mayor mercado de consumo de drogas en el mundo.
Según estudios de entidades oficiales estadounidenses, el 6.7% de su población consume drogas todos los meses (14.8 millones). En primer lugar marihuana, seguida por la cocaína y la heroína. Solo en Estados Unidos se consume el doble de cocaína que en toda Latinoamérica, 300 toneladas métricas. Según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), el 2.4% de los estadounidenses de más de 12 años consumía cocaína en 2004. “México es el principal país intermedio objetivo de las remesas de cocaína procedentes de Colombia”, consigna el Informe Mundial sobre las Drogas correspondiente a 2006.
Los grandes productores de cocaína son Colombia, Bolivia y Perú, y el número uno en la siembra de marihuana es México. Debido a la vigilancia marítima y aérea de Estados Unidos, el paso por excelencia de la droga sigue siendo el terrestre. El mismo que prefieren los traficantes de indocumentados. Se estima que en “temporada alta”, por algunos de los pueblos fronterizos del norte de México pasan hasta 3,000 indocumentados al día.
Los patrones
Como Enfoques pudo comprobar con un recorrido por algunos de estos pueblos, la frontera del lado mexicano tiene sembradíos de marihuana en cientos de hectáreas, esos sitios a los que en estos municipios llaman “las rancherías de los señores”. Si en Colombia tuvieron a su Pablo Escobar, en esta franja fronteriza muchos pueblos tienen a su benefactor de botas y sombrero. La dependencia del comercio ilegal es clave. “Si no fuera por la droga, aquí nos moriríamos de hambre”, aseguró un habitante de uno de estos municipios.
Todos los días, pobladores de estos sitios cruzan la frontera con al menos 20 kilogramos de marihuana o cocaína en la espalda para cargar los camiones que en cierto punto de las áreas deshabitadas del lado estadounidense recogen el envío para introducirlo al país.
“Ellos tienen controlada la frontera. Si usted mismo puede ver que el Ejército pasa a la par de ellos, conviven en el mismo terreno, y las altas autoridades vienen y se pasan por ahí, y se hacen las que no saben cuál es el rancho de este o aquel narco. Si ellos no hacen nada, ¿cómo uno como autoridad municipal de un pequeño pueblo va a decir algo o poner una queja grande?”, se pregunta el alcalde de uno de estos pueblos, que aceptó dar una entrevista a Enfoques con la condición de que no se revelara su nombre ni ninguna pista que lleve a dar con el municipio que gobierna.
La anormal cotidianidad de estos municipios es el reflejo de unas cifras que ahí se convierten en hechos del día a día. Según el informe 2006 que publicó este año la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), un organismo dependiente de Naciones Unidas, México ha superado a Colombia como principal proveedor de drogas a Estados Unidos. Según el JIFE, las organizaciones de tráfico mexicanas son indispensables para el funcionamiento de las colombianas. Se calcula que solo el año pasado, en México, se produjeron 10,000 toneladas de marihuana.
Luis Astorga, especialista mexicano en el tema de tráfico de drogas, explicó a esta revista hace dos meses: “Los grupos colombianos tuvieron que aliarse a los mexicanos para poder seguir funcionando. Ahora todo el que quiera pasar droga a Estados Unidos tiene que pasar una cuota a los grupos mexicanos”.
Balacera con narcos
El tema, por estos días, está en boga en los medios mexicanos. La razón es clara: el mes pasado ocurrió en los pueblos fronterizos del estado de Sonora el combate más sangriento entre sicarios del narco y autoridades.
El miércoles 16 de mayo, un grupo de entre 40 y 50 hombres armados del narco convirtieron en campo de guerra cuatro pueblos de Sonora: Arizpe, Altar, Caborca y Cananea. Sin razón alguna, y tras cruzarse en el camino, se agarraron a tiros con policías. El gobierno central tuvo que desplegar a más de 200 agentes federales para controlar la situación tras siete horas de persecuciones por la sierra sonorense, pero ya había 22 cadáveres en aquellos pueblos fronterizos con Arizona, Estados Unidos: 15 sicarios y siete policías.
Esa región, una de las tantas de paso de droga, sigue caliente. El Gobierno mexicano tiene una gran presencia de policías y militares en unos pueblos donde el narco está acostumbrado a mandar a la luz del día. Algunos números hablan de cómo aquello no es un tráfico de hormigas, sino más bien un envío de toneladas.
Según informó Mario Martínez, vocero de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos, ellos decomisaron 622.55 toneladas de marihuana, 5.8 de cocaína y 78.35 kilogramos de heroína en la frontera con México durante el pasado año fiscal (del 1.º de octubre de 2005 al 30 de septiembre de 2006). En solo cinco meses del nuevo año fiscal han decomisado 374.17 toneladas de marihuana, 2.87 de cocaína y 41.28 kilogramos de heroína.
“Este año, comparado con el año pasado, la cantidad de drogas decomisadas ha aumentado más del 100%”, concluye Martínez. No obstante, ya se sabe que el volumen decomisado, como admite la Patrulla Fronteriza, es mucho menor que el que pasa.
Si con un breve recorrido un periodista puede darse cuenta de esto, ¿cómo es que las autoridades no actúan? “Uno ya no sabe qué autoridades están metidas (en el narcotráfico), cuáles son buenas y cuáles no”, justifica el alcalde de este Macondo de la droga el hecho de que no denuncie esto al gobierno federal mexicano. Y aunque fuera denunciado, las más recientes cifras rojas demuestran que esto rebasa incluso a las autoridades federales. Desde que asumió la presidencia, el mandatario mexicano Felipe Calderón apadrinó como emblema de su gobierno el combate al narcotráfico. Envió militares, miembros de la Marina y policías federales a 10 de los 31 estados mexicanos.
Lo que para el ex presidente salvadoreño Francisco Flores fue el combate contra las maras, para Calderón lo es el combate al narcotráfico. Y los resultados en ambos casos se parecen cada vez más. En el primer trimestre de 2006 hubo 677 asesinatos relacionados con el narcotráfico en México, según el gobierno federal, 197 más que los homicidios ocurridos en el primer trimestre de 2006. Entre los muertos, 70 eran policías.
“Donde hay dinero hay corrupción”, continúa el alcalde. Y en esta región desértica hay mucho dinero. Siendo más gráficos: el 13 de marzo de este año la Patrulla Fronteriza decomisó 1.08 toneladas de marihuana, que fueron valoradas en casi $2 millones en el mercado estadounidense. Vale recordar: México produce 10,000 toneladas de marihuana al año. “Los narcos compran el pueblo entero”, zanja el alcalde, que tiene a su disposición a ocho policías municipales armados con una pistola cada uno.
Todas estas cifras se cocinan en estos pueblitos de la frontera, alejados casi siempre de la protección del gobierno central y de las grandes corporaciones policíacas. “Aquí el único gobierno es el del narco, y ese va a seguir siendo”, es la sentencia lapidaria del funcionario.