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“Carlos, no te salgas del coche”

Este es el relato de las últimas horas de Carlos Alonso Palate antes del atentado de ETA en la T-4. Su amigo Wilson, sin saber del peligro, le pidió que le esperase en el auto. Ha pasado un año desde entonces.

ERNESTO EKAIZEREl País
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 1/6/2008

Desde el barrio San Luis a la escuela primaria de la parroquia de Picaihua solían ir, por supuesto, en pantalones cortos pero, sobre todo, lo recuerda bien, descalzos. La travesía por el sendero de tierra les llevaba unos 20 minutos. Picaihua, donde abunda el agua, es uno de los pueblos de la provincia de Tungurahua, cuya capital es Ambato, a 138 kilómetros al sur de Quito (Ecuador). A Ambato, tampoco lo olvida, solían ir cada día él, Wilson Hernán Moyolema, y su amigo, Carlos Alonso Palate, un tramo a pie y otro a bordo de una camioneta. Allí se proletarizaron.

Trabajaban juntos en maquilas por salarios de subsistencia. “El problema no era encontrar trabajo. El problema es que no ganabas más que para comer. Y estaban tus padres, tus hermanos, la familia”, evoca Wilson Hernán el pasado miércoles 26, en su casa de La Aljorra (Murcia), “aprendimos juntos a coser calzado. Y nos metimos en una maquila. Estuvimos cuatro años, hasta 1998. Allí se corrió la voz: en España se gana bien, es posible ahorrar”.

Fue así que Carlos Alonso Palate, animado por su tío Luis, que llevaba en España desde 1996 y le prestó dinero para el viaje, se adelantó y abandonó Picaihua con 31 años, en 2002, para viajar a Valencia. De las maquilas de Ambato a la fabrica de plásticos Torrent... y envió 300 euros cada mes a su madre, María Basilia. Wilson Hernán, con 27 años, le siguió los pasos algo más tarde. Lo mismo que no tardará en hacer Irma Chango, prima de Palate, que va cumplir en Madrid 28 años. “Yo estaba distanciado de mi mujer, Silvia, que había regresado a Ecuador. Tenemos dos niños. Carlos me alentó a reconciliarme y me sugirió que me instalara en Valencia. El hecho es que Silvia vendría sola a pasar las Navidades a La Aljorra. Yo estaba en Valencia y Carlos, que conocía a algunos amigos, dijo que quería venir a pasar el Año Nuevo con nosotros. Pero se marchó a Alicante y pensé que ya no vendría”, apunta Wilson Hernán. Pero, no.

La sorpresa fue que, el 29 de diciembre de 2006, Wilson Hernán recibió un mensaje procedente de un teléfono móvil: el 685356426. Era de Carlos. Recógeme en mi casa, decía, a las 2 de la tarde, que me voy contigo a Madrid para recoger a tu mujer. Wilson Hernán se quedó sorprendido. ¿Cómo es que vienes?, le preguntó al devolverle la llamada. “Mira, quiero conducir en la autovía, así termino de aprender”, explicó Carlos, que estaba dando lecciones en una autoescuela. Su amigo accedió. A las 2 de la tarde del 29 de diciembre de 2006, Wilson Hernán recogió con su Renault Clio a Carlos.

Mientras el coche se desplazaba en carretera, en Madrid terminaba el último Consejo de Ministros del año. A su término, comparecía en rueda de prensa el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. El presidente no se dispone a improvisar. Ha preparado lo que va a transmitir a los españoles. La noche anterior, jueves 28, el presidente había convocado a una cena en La Moncloa a su círculo de ministros y colaboradores más próximos. El proceso de diálogo con la banda terrorista ETA pasaba por un momento difícil, pero no fue objeto de debate. Pero ni el presidente ni sus máximos colaboradores, entre los que se cuenta el ministro del Interior, estimaban que la sangre llegará al río. Por eso, cuando el presidente de Gobierno sondeó a sus colaboradores sobre lo que pensaba decir al día siguiente, viernes 29, en relación con el llamado proceso de paz, ninguno se opuso. ¿Qué les dijo el presidente? “En relación con el terrorismo, voy a dar el mensaje de que el año que viene estaremos mejor que hoy”, dijo Zapatero.

Según había quedado Carlos con Irma Chango, los dos amigos pasarían por el domicilio de la prima, una habitación que alquila en el madrileño barrio del Puente de Vallecas. Allí cenarían y tratarían de pasar la noche. El vuelo que traía a Silvia, la esposa de Wilson Hernán, de Ecuador, llegaba a las 7:30 del día 30 de diciembre a la T-4 de Barajas. Cuando el Renault Clio iban aproximándose a la entrada de Madrid, ya estaban pasando cosas en la T-4. Según las imágenes captadas en el control de los aparcamientos, conocidas después, una furgoneta robada en Francia por la banda terrorista ETA hizo su entrada cargada de explosivos a las 18:51 del viernes 29 en la segunda planta del módulo D de la terminal 4. Sería sobre las 8 de esa noche que los dos amigos llegaron al domicilio de Irma, quien les estaba esperando en compañía de una amiga. Había preparado platos de cocina ecuatoriana tradicional. Una sopa y, de segundo, arroz. Sobre las 12 de la noche, calcula Irma Chango, los dos amigos anunciaron que se marchan a dormir al aeropuerto. ¿Qué pasa? “Dice Carlos que como hay una sola habitación y es pequeña no quieren molestar. Yo le digo a mi primo, pues quédate tú conmigo y que mañana Wilson Hernán venga con su mujer a desayunar y se van los tres a Murcia. No, dice Carlos, me voy con mi amigo; hemos traído una manta y podemos dormir en el aparcamiento. Luego venimos para aquí, antes de ir a Murcia”, recuerda.

Los dos chicos ya están en su destino: la T-4. Antes de echarse a dormir decidieron ir a dar una vuelta por el colosal aeropuerto para cerciorarse, también, sobre la puerta a la que iba a llegar el avión de Ecuador para no perder tiempo a primera hora de la mañana. Después de tomar unos refrescos, Carlos dice: “Tengo frío, vámonos al coche a dormir. Tenemos un viaje largo para llegar a Murcia y hay que conducir”. Sobre las 5 de la mañana, Wilson Hernán saltó como un muelle. Estaba ansioso. La llegada de su mujer, las fotos de sus hijos, todo, incluso las cosas que traía su esposa de Ecuador, lo tenían inquieto. Wilson Hernán salió a esperar a su mujer y le pidió a Carlos que a las 7 saliera para ayudarle con las maletas. Carlos aceptó.

Wilson Hernán estaba esperando al pie del cañón. Fueron dos horas largas. El vuelo llegó anticipadamente. Los pasajeros empezaron a salir. Carlos se despertó al oír el despertador, pero dejó pasar un largo rato antes de coger su móvil y marcar el número de su prima Irma. Había decidido dejar que su amigo haga las paces a solas con su esposa. Quizás sean ya pasadas las 7:30 o las 7:45. “Estoy en el aparcamiento, Irma. Mi amigo se ha ido a buscar a su mujer. Aquí hace frío. Te llamo para conversar un rato. Mi amigo está enojado con su pareja y a mí no me gusta estar delante. Es un asunto privado de ellos”, le dijo Carlos a su prima. Mientras esta conversación seguía su curso, Wilson Hernán no encontraba aún a su esposa.

Eran ya las 8. A esa hora, la Fundación Detente y Ayuda (DYA) de Guipúzcoa acababa de recibir una llamada desde un móvil. Han colocado, dice la voz, una furgoneta Renault Trafic granate cargada de explosivos en el aparcamiento de la terminal 4. Hará explosión a las 9 de la mañana. Es ETA.

Wilson Hernán, por fin, vio salir a su mujer. Eran ya las 8:30 pasadas. Las maletas habían tardado en salir. En la planta tercera, la pareja se encaminó hacia las cajas para pagar el parking y bajar al aparcamiento, dos plantas más abajo, en la planta primera, junto al ascensor, donde estaba el coche. Wilson Hernán metió las monedas. La máquina le devolvió el tique. Acceso denegado. Se dirige a los guardias. “¿Qué pasa, no acepta las monedas?”, preguntó a los guardias. “Parece que hay algún problema, no sabemos, puede ser droga, están revisando y cuando terminen podrán hacer el pago”. Nadie les impidió bajar por el ascensor. “Vamos primero a ver al Puerco”, dijo Silvia, usando el apodo de Carlos.

Serían las nueve menos cuarto. Wilson Hernán prefirió hacer tiempo mientras se resolvía el problema en las máquinas. Le pidió a su esposa que sacase las fotos de sus hijos, Elvis y Alexander. Mientras veía las imágenes, llegaron algunos policías quienes les ordenaron desalojar: “Hay problemas, tienen que salir de aquí”. Ninguna razón. Irma Chango recuerda: “Hablamos una hora al teléfono. Como Wilson Hernán y Silvia tardaban mucho, me dijo: ‘No sé qué está pasando en la terminal, se está tardando mucho Wilson Hernán, qué puede ocurrir con el equipaje; bueno, Irma, cuando ya vengan nos vamos para tu casa’. Y entonces a mí se me acabó la batería del teléfono”.

Cuando Wilson Hernán y su esposa se iban, sonó el móvil. Era el número 685356426. ¡Carlos! Nada más perder la llamada de Irma, había marcado el teléfono de su amigo. “¿Qué fue? ¿Qué pasó? ¿Ya llegó Silvia?”, preguntó Carlos. “Sí, estamos aquí, parece que están revisando por droga. ¿Trajiste tus papeles? No vaya a ser que estén buscando personas ilegales.” “Sí, traje mis papeles. Los tengo aquí”, dijo Carlos. “Bueno, Carlos, pero no te salgas del coche. No te salgas del coche. Espérame que ya vamos.” “Bueno, bueno, ven rápido, te espero.” Unos minutos más tarde, a las 9:01, estalló el coche bomba. “Por eso me sentí culpable. Yo le ordené que se quedara en el coche. Pero la verdad es que no sabíamos nada de lo que ocurría. No tuvimos le menor idea de que podría tratarse de un atentado terrorista”, reflexiona a un año del atentado Wilson Hernán, “tras la explosión llame desesperadamente al móvil que yo le había dejado. Y nada. Supe entonces que había perdido a mi amigo”.

Fotos de LA PRENSA/Archivo
SORPRESA. El diálogo no marchaba bien con ETA, pero nunca el Gobierno español esperó un nuevo atentado. Se cumple un año del ataque terrorista de la T-4.