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Una reinserción social “a puro huevo”

Pronto cumplirá 13 años de estar fuera de la cárcel. Para él son 13 años de cargar sobre los hombros otra condena, otra cruz. No tiene familiares y las pocas personas a las que llama amigos siguen en algún penal. Está envejecido y solo. Enfrenta todos los días un mundo hostil mientras se esfuerza por encajar en él. Su vida estaba en la prisión. Nadie le advirtió cómo serían las cosas tres décadas después de estar encerrado en una celda. Nadie le dijo lo que tenía que hacer fuera, cuando recobrara su libertad. Se reinsertó en la sociedad sin asistir a programas de reinserción. No los había. Esta es la historia de Mario Argüello, el Dragón. Un ex condenado a la pena de muerte, un salvadoreño que pagó con 30 años de su vida un crimen. Un hombre de 68 años que no termina todavía de ubicarse.

Fernando Romero Fotos de LA PRENSA/Rony González
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 2/17/2008

Preso estaba cuando se desató la guerra contra Honduras, cuando Armstrong posó el pie izquierdo sobre la Luna, cuando la televisión a colores era una novedad, cuando Estados Unidos se retiró de Vietnam, cuando volaron en pedazos el puente de Oro, cuando la palabra “sida” era todavía una sigla, cuando el Rubén Darío se desplomó en 1986, cuando Berlín se quedó sin su muro, cuando Iraq invadió Kuwait, cuando se firmaron los Acuerdos de Paz. Preso estuvo durante ocho —ocho— mundiales de fútbol. Preso estuvo desde 1965 hasta 1995, 30 años de cárcel que fueron como pagar con una vida; 10,950 días encerrado, sabiendo poco o nada de lo que sucedía fuera. Esa fue la condena que purgó Mario Antonio Argüello Flores, esa fue la condena que purgó el Dragón.

Así lo apodaron, dice, por las artes marciales que aprendió en la prisión. Ya entonces se solían proyectar películas para el entretenimiento de los reos en una sala especial, y las quejas abundaban porque la mayoría de las cintas eran románticas. “No, hombre, esas películas aguadas para hembras... Que besitos aquí, que besitos allá. ¿Y a quién iba a andar besando uno allí adentro? Uno en ese entonces quería ver explosiones, golpes, acción pues, ¿me entiende?”

Y tanto fue el clamor de los presos que al fin les llevaron la acción. Películas de Bruce Lee. Se convirtió en fanático asiduo del actor chino, y en especial de uno de sus filmes: “Enter the Dragon”. Así, con un profesor de película, empezó a practicar, a dar golpes de karate y a tirar patadas. Pegaba a los barrotes, a las paredes, a los otros reclusos. Y desde entonces surgió, por aclamación de sus compañeros de internamiento, el Dragón.

Le faltaban solo seis meses para salir, pero preso estaba también cuando murió su padre. Lo visitó solo cuatro veces en la cárcel. El Dragón no recuerda bien la fecha de la última visita, pero sabe que fue antes de 1975. Aunque reconoce que le pesó muy poco su muerte, era la única persona que le había quedado entre familiares y conocidos del pasado, el único lazo.

Le cuesta separar la vida en la prisión de la actual vida en libertad. Siempre ha tenido un único referente para todo: la cárcel. Sus días presentes los pone en constante comparación con su pasado tras las rejas. Es inevitable para él. Hay un antes y un después que se anudan en todas sus anécdotas.

Ahora lleva bastante tiempo fuera, en lo libre, como él lo llama. En agosto cumplirá 13 años de haber dejado de compartir celda y de buscar un lugar propio para retirarse de lo que lo ocupó más de la mitad de su vida: ser un reo, condenado en un principio a la pena de muerte, pero luego eximido y sentenciado a 30 años de cárcel.

Recuerda el día de su reencuentro con la libertad. Con dos mochilas al hombro, una bolsa de plástico con pertenencias y una Biblia, se despidió y se lanzó a enfrentarse con su viejo mundo conocido, el de su juventud. Tenía 55 años. Ese día empezó otro tipo de condena.

Era 1995 y el país aún no contaba con programas de reinserción para ex condenados. Los reos como el Dragón salían de las cárceles a probar suerte. Algunos regresaban, reincidentes. “Apenas unos días pasaban y ya estaban de regreso”, detalla. Tampoco había atención psicológica para los que, como él, llevaban mucho tiempo en prisión.

Cuando salió, todavía no se había aprobado el artículo 113 de la Ley Penitenciaria. Ni siquiera existía la Ley Penitenciaria —entró en vigor tres años después—. Este artículo 113 fue el que le dio vida al Centro de Coordinación Post Penitenciario, que se inauguró en 2002. La bandera de este instituto, desde ese entonces, ha sido la reintegración social y laboral de los ex condenados. Si realmente ha cambiado algo desde que se creó esta institución es una incógnita.

Sea como fuere, el Dragón no tuvo siquiera la oportunidad de inscribirse. No participó en programas que facilitaran oportunidades laborales, ni tampoco asistió a clínicas para atender el trauma. Le tocó reinsertarse solo. Un proceso personal. Un proceso que con el tiempo ha hecho que le repugne la caridad y la compasión hacia él.

Dice que no es un ladrón para andar robando, y que mejor se tragaría el fuego del infierno antes que pedir una cora en las esquinas. “Yo solo quiero trabajar. ¿Quiere ayudarme? No me traiga unas tortillas, no me dé unos centavos. Ayúdeme a encontrar un buen trabajo”, es de lo único de lo que habla. Se considera un reinsertado a puro huevo, en sus propias palabras.

El parque. Ha pedido a la Alcaldía de San Salvador y a la Presidencia la concesión de un espacio para hacer su casa en este parque. Los dos le han respondido con silencio.

Tuvo su primer trabajo cuando recién había recobrado la libertad. Lo contrataron en la Fundación de Estudios para la Aplicación del Derecho (FESPAD) para que se encargara de los oficios generales. Los primeros jefes que tuvo comprendían que era una persona que había pasado más de la mitad de su vida en la cárcel y que no lo habían sometido a ningún tipo de tratamiento psicológico. Por ello, lo trataban con delicadeza.

Desde el principio, su caso le pareció interesante a la junta directiva de FESPAD, que incluso contrató al escritor Jaime Barba para que escribiera un libro sobre las historias del Dragón. La obra se tituló “Las historias del Dragón”. Redactado en primera persona, en el libro pudo desatar en relatos todas sus vivencias y los pensamientos de sus años dentro de la prisión.

Algo que lo particulariza es su buen humor al hablar.

—¿Qué fue lo primero que hizo al salir de la cárcel?

—¿Qué cree que fue lo primerito que busqué al salir? Es que ni hambre tenía. Lo primero fue un buen cigarro, de marca. Una cerveza bien helada, y después a donde las muchachas... ¡Y a dónde creía usted!

El Dragón fue un líder en el presidio. Cuenta que la gente que llegaba a visitar a otros reos le llevaba comida, dinero y hasta algunas joyas. Era el único que podía andar allí dentro con su anillo, su cadena y su esclava sin ningún temor. Por ser de los más antiguos, se ganó su derecho de piso. Fue un reo histórico muy conocido y respetado, como asegura Jaime Martínez, quien era el coordinador del Centro de Estudios Penales de FESPAD en aquel tiempo.

Martínez es de la idea que esa forma de vida carcelaria no se pudo conjugar con la rutina laboral que le exigía el nuevo mundo. Por eso, cuando lo cambiaron de jefe, tardaron poco en aparecer las escenas de desobediencia y los insultos: “Va a creer que solo me iban a estar ordenando y sin decirme ‘por favor’. Discúlpeme, yo no soy chucho. Tengo necesidad, pero sigo siendo persona. Así es que los mandé a donde su mamá”.

Martínez lo vislumbraba desde mucho antes: “Dos de mis colegas abogados ya lo decían. No es sencillo. La gente sale con unos grandes líos de carácter, de personalidad, de necesidades”. El Dragón no estaba acostumbrado a recibir órdenes.

Luego de haber participado en la creación de un libro con sus anécdotas, de haber estado como invitado especial en foros sobre el tema de la reinserción, de haber sido miembro directivo del proyecto Fundación por los Derechos de las Personas Liberadas del Sistema Penitenciario (PREDELIBER) y de trabajar en ocupaciones generales, luego de cuatro años, se divorció de FESPAD. Era 1999.

La búsqueda de un nuevo empleo le ha costado. Ya ha tocado muchas puertas, pero se le vuelve complicado. Primero, porque es un ex presidiario; y segundo, porque ahora tiene 68 años. En suma, una persona de la tercera edad manchada con las marcas de una reclusión. Fuera del perfil que demanda el mercado laboral.

El tiempo le ha sumado sosiego a su carácter. Está consciente de que cuando tenga otra oportunidad para trabajar no la echará a perder con su actitud. “Ahora ya sé —dice— cómo es la jugada. Uno solo hace las cosas y no tiene que decir nada.”

Le molesta que lo vean de mala manera porque estuvo en la cárcel. Piensa que si ya cumplió su condena, nadie tiene por qué verlo así: “A la gente le falta educación para entender que yo ya pagué. Y, le digo, me salió caro. Pero es difícil. Me siguen diciendo ladrón, asesino”.

De ladrón y asesino lo acusaron en el pasado. Estuvo en la cárcel porque el desaparecido Juzgado Segundo de lo Penal de San Salvador lo halló culpable de la muerte de Luis Pastor Renderos, en 1965, en Antiguo Cuscatlán. Fue un robo que luego se convirtió en homicidio, un asesinato a puñaladas. Ese delito se llamaba latrocinio en la ley de antaño. Por el mismo caso, con él se fueron a prisión José Luis Cárcamo Velásquez, a quien el juzgado terminó absolviendo, y José Pérez Chávez, hijo de uno de sus mejores amigos, y que acabó suicidándose en el penal de Ahuachapán años después.

Por ese delito, el Dragón se convirtió en uno de los últimos condenados a la pena de muerte en El Salvador, y vive para contarlo. A él le conmutaron la sentencia debido a que el Gobierno firmó en 1969 el Pacto de San José, como se conoce a la Convención Americana de Derechos Humanos. Fue por eso que se le perdonó la vida a cambio de la condena máxima de cárcel en aquel tiempo. “Un caso ejemplar, único”, matiza Martínez.

La otra condena. Entre las rejas de la libertad. El parque de la colonia Centroamérica es su nueva prisión al aire libre. Vivir en soledad se ha convertido en su pena.

El Dragón, hoy

No tiene casa. Desde hace más de siete años vive —malvive— en los graderíos del parque de la colonia Centroamérica, de San Salvador. Pasa muchas de sus tardes sentado a espaldas de la cancha polvosa, contemplando el ajetreo del tráfico. Dice que el tiempo también pasa lento allí, como en la prisión. Esas gradas de cemento son su mesa, su silla, su cama.

Desde allí mira el perfil del volcán, que se levanta frente a él. Si se da la vuelta, la calle y los carros. En una de las vigas de hierro del techo guarda todo lo que tiene: dos bolsas con ropa y un colchón almidonado, curtido, amarillo y con los bordes chancomidos. Para el frío, se cobija con unos cartones, los mismos que le sirven de asiento durante el día. Cerca hay un grifo que le regala agua todas las mañanas muy temprano para bañarse y comenzar el día.

Se ha convertido con los años en una especie de cuidador de ese parque. Siempre mantiene barrido el estacionamiento que está a la entrada y cuida de que las paredes no las manchen. Solo él se ha permitido pintar en el parqueo: “Por favor, no manchen, no queremos problemas con nadie”. Y sobre uno de los barrotes que tensan la malla ciclón que rodea las gradas ha escrito, con plumón: “El Dragón, el alfa y la omega, 1939”.

Tiene la piel rojiza y el pelo cano, se le ausentan de su boca muchos de los dientes y tiene firmeza al hablar. Apariencia amable. Tiene en el brazo izquierdo dos tatuajes hechos con tinta china negra, símbolos inequívocos de la vida que llevó dentro de la cárcel.

En el antebrazo, lo rodea la figura de una serpiente que está enrollada en un bastón: “Este me lo hice cuando estuve condenado a muerte; cuando el diablo jugaba conmigo”. En la parte de arriba del brazo, cinco años después de la serpiente, le dibujaron un Cristo crucificado, con una palomita que mira fijamente a la cruz y arriba una estrella que hace que su piel parezca el cielo: “Este fue de cuando me dijeron que ya no me iban a matar. Me lo hice como para dar las gracias a Dios”.

Al Dragón le falla de a poco la memoria. Tiene, eso sí, instantes imborrables de sus días en el claustro, de cuando estuvo en constante migración, de celda en celda, de penal en penal. Así pudo ver algo del país durante su condena, viajando preso. Dice que lo trasladaban a cada rato porque se portaba mal, como cuando se ponía a insultar sin cesar a los custodios. Estos le pegaban, cuenta. Pero casi nunca conseguían callarlo.

Al principio, cuando terminaba de cansar por completo a los guardias, estos recurrían a la única forma de silenciarlo: “No te callés, pues, de todos modos a vos ya te va a llegar la hora”. Luego de esas palabras, dice, un nudo grueso se le hacía en la garganta y en el instante lo enmudecía. El aviso de que se le sustituiría la ejecución por los 30 años de prisión lo tuvo a tan solo cuatro días de que le llegara su hora, como le decían los guardias.

Vivió cuatro años, desde el sábado 14 de agosto de 1965 cuando lo arrestaron, con la muerte a sus espaldas. “Pasé muerto cuatro años, porque nada valía la pena, porque ya me iba a morir. Fue cuando aprendí lo malo, las drogas, no quería trabajar en los talleres de la cárcel, me valía todo”, cuenta sobre esos días de incertidumbre.

Desde un principio defendió su inocencia, y 43 años después sigue jurando que él no fue quien mató a Luis Pastor. Incluso se molesta cuando se le vuelve a preguntar si en realidad está seguro de ello: “Son 30 años, mire, 30 años por pagar las cuentas de otro. Fue el Siete Baldes, Juan Cañas Sura, el verdadero hechor. Me di cuenta de que lo mató un escuadrón de la muerte entre 1977 y 1978, pero él fue el asesino”.

Dice que la documentación de su caso se extravió. Eso le dijeron en el Juzgado Segundo de lo Penal, que ahora es el Juzgado Segundo de Instrucción de San Salvador. Pero recuerda claramente un dato: “Es el caso número 230 del año de 1965. ¿Por qué no lo quieren sacar a la luz? Porque todo el mundo se daría cuenta de la injusticia que hicieron conmigo. Me arruinaron la vida”.

Siempre reclamó que se esclareciera el caso. En la cárcel, memorizó la antigua Constitución. Y aprendió otras cosas. Estudió hasta el segundo año de bachillerato, y se metió de lleno al oficio de tallar madera. En San Vicente, en 1995, antes de salir libre, ya percibía ingresos de su oficio. Elaboraba escudos nacionales que se los compraban los visitantes, y tejía atarrayas, “pero esas obras ya no son bien pagadas. Y llevan tiempo. Hacer una atarraya requiere de tiempo, mucho tiempo. Y los escudos... ya no quieren pagar buen pisto por ellos; $10 ya no son nada por el trabajo que se hace”.

El Dragón se amoldó a una forma de vida. “La cárcel tiene un método para vivir”, explica hoy. Se levanta a la misma hora todos los días, no duerme ni más ni menos, y procura su aseo personal hasta donde se lo permite su condición de vivir sin un techo. La misma limitante se le atraviesa con su alimentación: “Allá adentro, aunque solo frijoles, pero se respetaban los tres tiempos. Aquí afuera me tengo que rebuscar para comer una vez al día”.

El Dragón y Dios

Lee la Biblia. Dice que le ayudó mucho dentro de la cárcel. Recibía las lecciones del libro. Incluso ahora cita de memoria varios pasajes. La lectura de la Biblia le ha ayudado a sobrellevar su situación, a quitarse sus demonios, como él dice. Pero procura distanciarse de las iglesias. Ha visitado varios templos católicos: “Son cosa seria los curitas, y es que tienen muchos volados, como eso de la confesión. Solo Dios tiene que saber lo de uno”. Y también ha pasado por la Iglesia evangélica: “Hay un pastor que es un payaso. Va a creer que yo llego a recibir a Dios y él empieza a condenar a los que somos tatuados, que nos vamos a ir al infierno. Que no joda. Yo creo que a Dios no le han de gustar las payasadas”.

Aun con el sustento espiritual que le ha dado la Biblia, nunca ha dejado de extrañar el calor humano. La última visita que recibió en la prisión fue en 1975. Fue de uno de sus amigos que hizo en la penitenciaría de Ahuachapán. Los pocos amigos que tiene son reos que todavía permanecen encarcelados. Los de la juventud murieron, o ya no los volvió a ver.

Su familia, desde que estaba pequeño, fue muy reducida. Su madre murió atropellada por un vehículo cuando él era un bebé. Solo quedó con su padre, un mujeriego y alcohólico empedernido, según su hijo, que poco tardó en dejarlo libre, en total descuido, por andar en sus vicios. Por eso no habla con resentimiento de las únicas cuatro veces que lo visitó, por eso asegura que no le dolió el día que murió. Lo único que sintió ese día fue una completa soledad. No conocía a nadie más afuera de las rejas que siguiera vivo.

Y por eso lo cubrió una extraña tristeza el día de su libertad. Atrás dejaba a las únicas personas que conocía, con las que había convivido por años. Pero también se cruzaba, inevitable, la alegría por salir de la cárcel. Fue una emoción que caía sobre otra. Incluso ahora, casi 13 años después, le es difícil describir ese preciso momento.

El Dragón consumó su condena de 30 años de prisión el domingo 13 de agosto de 1995. Cuatro días antes, el miércoles por la noche, un avión de la aerolínea Aviateca se estrelló contra el volcán Chichontepec, de San Vicente. Nadie sobrevivió. Salió a las 11 de la mañana de la penitenciaría que está a unos kilómetros del volcán, entre aplausos y despedidas de sus compañeros.

Fuera de la “Peni”, como se conocía al penal de San Vicente, estaban Rina Aldana y Jaime Martínez. Habían llegado encomendados por el director de FESPAD, Francisco Díaz, para atender al Dragón, al menos durante los primeros días de su ambientación.

“Mario Argüello me dio una impresión agradable. Un hombre limpio, bien vestido, en comparación con el resto de la población, porque cuidaba su presentación. No era el preso aquel temible. Se veía una persona seria. Por su edad ya inspiraba cierta confianza. Se podía esperar de él un trato maduro”, detalla Martínez, que hoy en día es el coordinador de la Sección de Justicia Juvenil de la Corte Suprema de Justicia. Asegura que cuando fue a recibirlo a San Vicente, él ya estaba consciente de que detrás de la apariencia de ese hombre tranquilo había una historia de deterioro sociocultural y psicológico.

Por eso para Martínez nunca fue sorpresa que el Dragón tuviera problemas de actitud en su trabajo y en las exiguas relaciones con la gente: “No era que Mario no estuviera preparado para vivir en libertad. Independientemente de si fue culpable o no, quienes no estaban preparados para recibirlo éramos la sociedad”.

Rina Aldana cuenta que luego de recibirlo fuera del penal se fueron a San Salvador. Lo llevaron a un restaurante de Pollos Real. El Dragón no comió nada, no tenía hambre. Aldana describe hoy la expresión de su rostro, que era como de asombro, de impacto. “Imagínese —dice Aldana—, 30 años preso y venir a ver todo esto cómo había cambiado. Conocía San Salvador, pero el de 1965. Estaba como perdido.”

Le alquilaron un apartamento en el cantón San Ramón, de Mejicanos, mientras le buscaban un trabajo. El primer día se encuevó, un reflejo del hábito que desarrolló por tanto tiempo. Al siguiente día, cuenta el Dragón, se le ocurrió ir a una tienda para ver qué le podía gustar. “El volado estaba en la otra acera. Mejor me regresé al cuarto. No me podía pasar la calle. Estaba espantado por tanto carro que pasaba”, ríe ahora.

Le da gracia y rabia al mismo tiempo contar que lo asaltaron por primera vez cuando estuvo en libertad. Gracia, por la ironía de que en la cárcel jamás le robaron. Rabia, porque se fracturó el pie derecho mientras huía de los pandilleros. “Por eso es que no quiero ser un impío más, como ellos”, dice ahora con el pie deforme. Nunca volvió a caminar igual.

En esos días del asalto, el Dragón era directivo de PREDELIBER. También, otro de los directivos era Carlos Rivas Zamora, cuando aún le faltaban unos años para ser alcalde de San Salvador. Pero dejó el proyecto cuando asumió el cargo de síndico de la municipalidad capitalina a finales de los años noventa.

Con Rivas Zamora como síndico, el Dragón —que para ese entonces ya vivía en los graderíos del parque de la colonia Centroamérica— acudió a él por la relación amistosa que iniciaron en PREDELIBER. Él quería que la comuna le otorgara un espacio dentro del parque para construir su casa.

Rivas Zamora le envió la solicitud a Patricia Soriano, entonces directora del distrito 2, para que se encargara de los trámites. A los días, un informe sobre el escritorio del síndico le informaba que la petición había sido rechazada, porque el área solicitada para la construcción era un espacio público y porque, además, en palabras de Rivas Zamora, la zona no era habitacional. Sin embargo, hoy en día una familia ocupa una casa de lámina en una de las esquinas del parque.

“No sé por qué todavía no le han podido ayudar a don Mario. Él es una buena persona, y además él hace una labor muy interesante en ese parque. Es prácticamente el que cuida ahí, y no le pagan. Y deberían por lo menos reconocer eso, ya que esos bienes son de la misma alcaldía. Él cuida bienes de la alcaldía”, lamenta Rivas Zamora. El Dragón ahora resiente que cuando su viejo amigo fue alcalde nunca lo ayudó.

Concepción Quintanilla, del distrito 2, aclara que la alcaldía capitalina no tiene ninguna relación con el Dragón y que en la actual gestión no saben nada de su problema. Él solo ríe, y con lentitud saca de su billetera una tarjeta de presentación con el nombre de Eunyce Oliva, la nueva directora del distrito, y enseguida asegura que fue ella quien le dio esa tarjeta y que le dijo que la llamara para cualquier cosa que él necesitara.

Ya solicitó remuneración a la comuna por cuidar el parque y el estacionamiento. En la pared frontal del parqueo se lee en letras rojas grandes, sobre un fondo blanco: “Parqueo exclusivo para personal del Distrito 2, Alcaldía Municipal de San Salvador”. No hay ningún agente de seguridad municipal que custodie el parque.

El Dragón también ha buscado ayuda del presidente Antonio Saca. Tiene una tarjeta con el sello de la Presidencia de la República que indica el día que hizo su visita y el número telefónico al cual puede comunicarse. Cuenta que explicó su caso a los encargados y que también solicitó el espacio en el parque para construir, y un trabajo. Le prometieron que lo atenderían en unos días. Eso fue en septiembre del año pasado. Nada aún.

Detesta tener que pedir. Pero cuando el hambre es más fuerte, no le queda otra que ir a donde su mamá. Así llama a María Silvia Guillén, actual directora de FESPAD. Ella siempre lo ayuda. “Nunca pude conocer a mi mamá... Y cómo ella se ha portado conmigo, así creo que ha de ser una mamá con sus hijos”, dice con la voz cortada.

Guillén resalta un punto para ella muy interesante acerca del caso del Dragón: “Es una persona que salió a una libertad en la que no tiene a nadie, donde generalmente está solo y sin recursos. Pero ha logrado mantener su integridad moral, ‘rebuscándose’ a diario”.

Martínez la secunda: “Es de admirarlo. Cada vez que paso y lo veo allá en la Centroamérica, me digo: Mario logró él solo lo que los demás no pudimos hacer por él. Porque se ha respetado a sí mismo”. Está convencido de que si el Dragón no hubiera tenido la voluntad de mantenerse firme, ya hubiera delinquido y estaría otra vez en la cárcel.

Alberto Uribe, de la Dirección General de Centros Penales, reconoce que incluso hoy en día la reincidencia es habitual. Para él, la reinserción depende de la voluntad de la persona por no volver a delinquir. Pero señala que también es una responsabilidad social de la empresa privada abrir plazas para los ex internos: “A todos nos conviene que no haya delincuentes en las calles”.

Martínez argumenta que de nada sirve que los capaciten psicológicamente y les den educación si después nadie les quiere dar trabajo. Ya sea por el perenne estigma de haber estado en la cárcel o por la acumulada edad.

“Después de haberle fregado la vida a uno, dándole verga por 30 años, por lo menos uno tiene derecho a un dulcito”, justifica el Dragón. Y lo mismo piensa José Domingo Méndez, ex presidente de la Corte Suprema de Justicia que estuvo a cargo del Órgano Judicial en 1995, el año en que salió libre. Méndez critica la larga ausencia de los programas de reinserción: “Esas leyes son básicas para la reeducación del delincuente. Habría que estudiar la ley secundaria para ver si esta persona tiene derecho a una indemnización, porque el Estado es el responsable en estos casos”.

Solitario, el Dragón sigue plantando cara al mundo. No se joroba, siempre mantiene en tenso ángulo recto su espalda. Y si se le quebranta la voz, prefiere callar. Pero eso sí, nunca pierde su sentido del humor: “Solo a tres cosas le temo yo: a la mujer, a la que hace la comida y al barbero. A esas cosas, ¡cuidadito con cuidadón!”

Acerca de las mujeres, es tajante. Todas lo engañaron. Por eso, dice, es mejor estar solo. Y a manera de broma recalca: “Pero no crea, tampoco es que yo vaya a jalar para el otro lado. No pierdo oportunidad, lo único es que a las hembras yo ya no las voy a tomar en serio”. Parece que todo lo que ha encontrado en la libertad le ha causado males.

Sobre sus amigos, ya ha ido a visitar a algunos que dejó en San Vicente. Se alegra al verlos. Siempre les lleva naranjas. “Si supieran lo que es estar encerrado. Yo por eso no soporto ni ver a los periquitos en las jaulas”, dice. Aunque esté sufriendo, para él la libertad es la libertad, y ya pagó por ella.

—¿Qué cambiaría de su vida si lo pudiera hacer?

—Nada.

—¿No cambiaría sus 30 años en la cárcel?

—No los cambio. Ni por las minas del rey Salomón. Mire, los años de la cárcel son carísimos. Los viví uno por uno. ¿Cómo puedo cambiarlos si son parte de mi vida, de lo que soy? La cárcel es parte de mí.

—¿Entonces le gustaría volver?

—Allá adentro me moría por salir. Hoy tampoco es que me muero por volver. Pero, sí, adentro los amigos son de verdad. Nadie lo mira por debajo del hombro. Tres tiempos de comida. No se sufre como aquí afuera.

—¿Pero le es mejor la libertad?

—Siempre. Lástima que por cómo son las cosas afuera, como nadie quiere ayudar, es como que lo empujen a uno a delinquir. El Gobierno casi a gritos le pide a la gente que delinca, que sea corrupta.

—¿Usted sigue siendo el Dragón?

—¡Es como mi segundo nombre, o mi apellido! Pero el Dragón creo que se quedó allá adentro. Por eso bastantes cosas eran mejores en la cárcel. Allá yo era el Dragón. Pero no crea, no quiero regresar. Es que volver... es delicado.