La reciente visita al país del Presidente chileno Sebastián Piñera pone de nuevo ante nuestros ojos una experiencia de desarrollo sostenido que nos deja importantes lecciones por asimilar. El caso chileno viene siendo emblemático desde hace ya bastante tiempo, y la primera enseñanza aleccionadora que podemos sacar de él es justamente la continuidad. Desde que Chile volvió a la democracia, su desempeño nacional ha sido básicamente estable, sin altibajos que alteren la línea de los criterios generales para crecer y para prosperar. Esto requiere que haya en el terreno de los hechos visiones y acciones de largo alcance, que como tales no estén a merced de los vaivenes políticos que son naturales en la democracia. Estabilidad en la diversidad.

La experiencia chilena tendría que ser no sólo tema de análisis sino, sobre todo, inspiración para el tratamiento de la realidad. Chile es un ejemplo de atracción sustancial de inversión extranjera, y el principal factor inductor de la misma es su estabilidad en el enfoque y en el tratamiento de las opciones de desarrollo. Eso le ha permitido crecimiento sólido, sanidad fiscal y progreso social. Todo ello sobre la base de consensos sobre lo fundamental. Eso que tanto y tan urgentemente estamos necesitando en nuestro país.

Ninguna realidad nacional es equiparable exactamente a otras, pero sí hay conceptos que deben ser aplicados en cualquier parte si se busca lograr resultados semejantes. El desarrollo tiene su lógica, y ella exige que se conjuguen en la práctica y de manera consistente principios esenciales como la disciplina, el respeto mutuo, la visión integrada de país y el realismo activo. Esto nunca se da de manera espontánea, y menos cuando, como es nuestro caso, venimos de una larga vivencia de divisiones y quebrantos políticos y sociales: se requiere que los distintos actores nacionales tomen conciencia de su responsabilidad como gestores de evolución y que pongan dicha conciencia al servicio del bien común, sin fantasías ideologizadas ni egoísmos esterilizadores.

Estamos en plena campaña presidencial, y lo que se ve a cada paso es una tendencia a la profundización premeditada de las diferencias de enfoque, cuando lo razonable –dadas las circunstancias de nuestra realidad nacional y de la realidad internacional en que estamos inmersos– sería ir abriendo márgenes para la dinamización de las coincidencias. Se entiende que sea muy difícil encajar esto en una campaña tan reñida como la presente, pero al menos debería haber algún tipo de señales de cara a los desafíos que le esperan a la próxima Administración, el principal de los cuales será –quiérase o no– actuar en común para ir saliendo de los atascamientos que impiden que el país progrese y prospere.

Hay que tener, al respecto, un mapa de situación y una hoja de ruta. Cada aspirante a conducir el proceso nacional desde la máxima posición ejecutiva debería tener el respectivo mapa y la correspondiente ruta. Y, al hacerlo, sería de seguro muy visible que va quedando cada vez menos espacio para las diferencias gruesas. Quizás por eso les da temor el ejercicio.

No nos cabe duda de que el Gobierno que viene se enfrentará con una tarea más complicada que la presente, y por eso mismo más fructífera, si las cosas se enfocan y se hacen como debe ser. Por ahora, todos siguen en el menudeo político. Eso es entendible, pero totalmente insuficiente. Hay que pasar lo más pronto posible a la explicitación de las proyecciones integrales sobre el país y su problemática.