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El son del “Mágico”

Cristian Villalta
deporte@laprensa.com.sv

 
   

"Jorge nació con el pie bendito, pero su corazón es infinitamente superior”, me dijo Antonio Amilibia, el jefe de máquinas de la marina mercante de Cádiz. Era una tarde de octubre de 2001. Yo había llegado a esa ciudad española para indagar la historia a un tiempo fabulosa y desconcertante de Jorge Alberto González Barillas, quizá el salvadoreño más universal, seguramente el más célebre, humilde e incomprendido.

Porque ¿quién puede entender a un hombre que, habiéndolo tenido todo dispuesto para alzarse hasta la gloria, contra toda lógica renuncia a las seducciones de la fama, el dinero y aún el poder? Porque no es cierto que “el Mágico” sea sólo el mejor futbolista que haya nacido en nuestro país; no son pocos los especialistas europeos que afirman que, técnicamente, pudo ser el mejor en toda la historia del fútbol mundial, o al menos miembro destacado del exclusivísimo club conformado por Pelé, Cruyff y Maradona. Esa secta a la que incluso a Ronaldo y a Zidane se les niega la entrada.

Pero no estamos hablando únicamente de una proeza deportiva que nada más alude a habilidades físicas y mentales. Hablamos de una aventura plenamente humana con todo lo que implica en términos afectivos y espirituales.

Y es que Jorge González no sólo fue “el Mágico” del balón. Lo es todavía, y sobre todo, de su propia y singularísima personalidad y del ardiente corazón colectivo que, incluso más allá de las graderías del estadio, lo exalta en olor de multitud con un fervor que ya quisieran para sí los héroes militares, los paladines del intelecto y los santos padres de la Iglesia.

Cómo no va a ser así, si casi cinco siglos después de que los primeros españoles pusieran pie en nuestras tierras en son de violenta conquista, “el Mágico”, sin arcabuces ni espadas, conquistó, no el oro, sino el corazón de la misma ciudad de la que salieron las carabelas.

Aquellos remotos españoles arrasaron a sangre y fuego una cultura para imponernos otra. ¿Somos ahora más felices que entonces? Pero eso, precisamente felicidad, fue lo que “el Mágico” dio a raudales a los gaditanos.

¿Cómo le explicaría a un niño qué es la felicidad?, le preguntaron a la teóloga alemana Dorothee Soelle. “No se lo explicaría, sólo le tiraría una pelota para que jugara.” Ahí está la mayor de las magias, y de las proezas de Jorge González: convertir a todo un pueblo en un niño feliz con una pelota. Por eso fue nombrado ídolo, rey, dios, sí, pero con pantalones cortos.

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