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A principios de 1981, el Valladolid realizó
una gira por América. En Tegucigalpa, un intermediario
le mostró a don Gonzalo Alonso, presidente del equipo
español, un filme con algunas jugadas y goles de un salvadoreño
de 22 años a quien llamaban ‘el Mago’. “Me
quedé asustado”, relataría después
al diario “Marca” el federativo hispano, “desde
los tiempos de Pelé no había visto nada semejante,
una maravilla”.
Su emoción fue mayor cuando supo que aquel fenómeno
del fútbol estaba en venta por sólo 12 millones
de pesetas en efectivo. Era como ofrecer espejitos por oro,
una vieja historia comenzada casi cinco siglos atrás
por sus abuelos y los nuestros. Más rápido que
ligero, don Gonzalo inició los trámites para
cerrar el trato. Y ya con el cheque y los pasajes aéreos
en la mano, alguien le habló largamente “de la
muy mala fama de indisciplinado y problemático del
jugador cuscatleco”. Y el negocio se vino a pique.
Cuatro años después, en 1985, el destino vino
a ponerle a don Alonso la misma oportunidad en las manos.
Para entonces ya “el Mágico” era el ídolo
indiscutido de la afición gaditana, y algunos especialistas
europeos comenzaban a decir que el salvadoreño no tenía
absolutamente nada que envidiarle a Pelé, Cruyff y
Maradona.
Pero el Cádiz estaba en segunda división y,
a pesar del fervor que la afición demostraba por “el
Mágico”, él era el quebradero de cabeza
de los directivos y del técnico merced a la indisciplina
y la bohemia: “Pese a todos los votos de confianza y
a tantas oportunidades, "el Mágico" apenas
ha cambiado”, apuntaba el “Diario de Cádiz”,
“es excepcional, pero de disciplina sigue perdido”.
El problema era que la afición se lo perdonaba todo
y hasta le celebraba los desplantes de rebeldía ante
la disciplina profesional: “Que se acuesten temprano
y entrenen de sol a sol los mediocres”, decían,
“si ‘el Mágico’ no corre en el campo
porque está desvelado, ya hará un poema de gol
a balón parado”, decían.
El problema es que era cierto: en esos partidos, Jorge andaba
abúlico y a paso más tardo que lento, hasta
el entrenador corría más que él y se
quejaba de que alinearlo en esas condiciones era jugar 10
contra 11. Quince, 40, 50 minutos y “el Mágico”
dormido en media cancha. Y de pronto un balón, un pique,
un requiebro, una culebrita macheteada y pum... golazo.
El problema era que “el Mágico” iba por
libre y no entraba en carril por más que tuviera que
pagar en multas disciplinarias casi el equivalente de su salario.
Y así, declaraba al “Diario de Cádiz”:
“Reconozco que no soy un santo, que me gusta la noche
y que las ganas de juerga no me las quita ni mi madre. Sé
que soy un irresponsable y un mal profesional, y puede que
esté desaprovechando la oportunidad de mi vida. Lo
sé, pero tengo una tontería en el coco: no me
gusta tomarme el fútbol como un trabajo. Si lo hiciera
no sería yo. Sólo juego por divertirme”.
El Cádiz se cansó de aquello, y lo ofertó
al mejor postor. Gonzalo Alonso decidió arriesgarse.
Sólo que ahora “el Mágico” valía
casi el triple. Lo pidió en préstamo para la
mitad de la temporada 1985-86, le puso un departamento de
superlujo, un psicólogo y un acupunturista para que
intentaran controlarlo por la noche.
Pero un par de jugadas geniales, otro par de goles bellísimos
y pocos meses después, “el Mágico”
volvía a hundirse en la noche. Ante la evidencia de
que ni el psicólogo ni el acupunturista chino pudieron
hacer mucho, don Gonzalo Alonso reconoció: “Quizá
ya sea muy tarde para recuperarle para el futbol. Ojalá
me equivoque, pero tengo razones para pensar lo contrario...
Si en 15 días no actúa como esperamos, se va”.
Y se fue “el Mágico” de Valladolid, y de
España, y luego de una muy oscura pausa entre Tijuana,
Los Ángeles y San Salvador regresó el 86 al
Cádiz de sus amores, y entró en hombros y en
olor de multitud al estadio Carranza.
Y de nuevo la misma historia: las noches de rumba, la desesperación
de los técnicos y de la directiva, las multas escandalosamente
altas, goles y jugadas de ensueño a pesar de todo,
y el amor incondicional de la afición.
En 1987, el Atalanta de Italia ofreció una millonada
por “el Mágico” con todo y los riesgos.
Por esas fechas él no ganaba lo suficiente para pagar
las multas disciplinarias (en realidad, el Cádiz no
pagó nunca ni la 10ª parte de lo que el astro
salvadoreño devengó). Ahí estaba por
fin el gran dinero y la gloria definitiva, pero “el
Mágico” vino a demostrar esa vez, como tantas
otras, que gloria y dinero le importaban un comino, y sencillamente
dijo “no”.
El episodio, de colosal dignidad, lo hizo resplandecer como
el sol, pero la luna también se puso para Jorge en
julio de 1989, cuando una belleza gaditana de 22 años,
llamada María del Carmen Coca, denunció en la
comisaría policial que “el Mágico”
había intentado violarla una madrugada, después
de una rumba de órdago en una discoteca.
Apenas se defendió: “Sí, claro, hubo
besos y caricias, pero ella al final se puso muy nerviosa
y salió corriendo. Eso fue todo”. Aunque bien
librado judicialmente del tema, deprimido, “el Mágico”
desapareció de los entrenos y ni siquiera llegó
a los partidos, y ya en 1990-91 apenas pisó el césped.
“El problema básico de este muchacho es su gran
soledad” , dijo su entrenador, David Vidal. Y así,
solitario, se fue, sin testigos presenciales, en junio de
1991.
¿Un final triste? La historia tiene mucho más,
mucho más fútbol, mucha más noche, mucho
más genio. LA PRENSA GRÁFICA tiene el registro
detallado de su aventura, la increíble novela de su
vida. Los archivos de “Marca”, “El País”
y “Diario de Cádiz” y las investigaciones
realizadas en España y El Salvador por Cristian Villalta,
Mario Paz y por quien esto escribe fundamentan esta historia.
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