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Caída y altura

Cristian Villalta
deporte@laprensa.com.sv

 
    A principios de 1981, el Valladolid realizó una gira por América. En Tegucigalpa, un intermediario le mostró a don Gonzalo Alonso, presidente del equipo español, un filme con algunas jugadas y goles de un salvadoreño de 22 años a quien llamaban ‘el Mago’. “Me quedé asustado”, relataría después al diario “Marca” el federativo hispano, “desde los tiempos de Pelé no había visto nada semejante, una maravilla”.

Su emoción fue mayor cuando supo que aquel fenómeno del fútbol estaba en venta por sólo 12 millones de pesetas en efectivo. Era como ofrecer espejitos por oro, una vieja historia comenzada casi cinco siglos atrás por sus abuelos y los nuestros. Más rápido que ligero, don Gonzalo inició los trámites para cerrar el trato. Y ya con el cheque y los pasajes aéreos en la mano, alguien le habló largamente “de la muy mala fama de indisciplinado y problemático del jugador cuscatleco”. Y el negocio se vino a pique.

Cuatro años después, en 1985, el destino vino a ponerle a don Alonso la misma oportunidad en las manos. Para entonces ya “el Mágico” era el ídolo indiscutido de la afición gaditana, y algunos especialistas europeos comenzaban a decir que el salvadoreño no tenía absolutamente nada que envidiarle a Pelé, Cruyff y Maradona.

Pero el Cádiz estaba en segunda división y, a pesar del fervor que la afición demostraba por “el Mágico”, él era el quebradero de cabeza de los directivos y del técnico merced a la indisciplina y la bohemia: “Pese a todos los votos de confianza y a tantas oportunidades, "el Mágico" apenas ha cambiado”, apuntaba el “Diario de Cádiz”, “es excepcional, pero de disciplina sigue perdido”.

El problema era que la afición se lo perdonaba todo y hasta le celebraba los desplantes de rebeldía ante la disciplina profesional: “Que se acuesten temprano y entrenen de sol a sol los mediocres”, decían, “si ‘el Mágico’ no corre en el campo porque está desvelado, ya hará un poema de gol a balón parado”, decían.

El problema es que era cierto: en esos partidos, Jorge andaba abúlico y a paso más tardo que lento, hasta el entrenador corría más que él y se quejaba de que alinearlo en esas condiciones era jugar 10 contra 11. Quince, 40, 50 minutos y “el Mágico” dormido en media cancha. Y de pronto un balón, un pique, un requiebro, una culebrita macheteada y pum... golazo.

El problema era que “el Mágico” iba por libre y no entraba en carril por más que tuviera que pagar en multas disciplinarias casi el equivalente de su salario. Y así, declaraba al “Diario de Cádiz”: “Reconozco que no soy un santo, que me gusta la noche y que las ganas de juerga no me las quita ni mi madre. Sé que soy un irresponsable y un mal profesional, y puede que esté desaprovechando la oportunidad de mi vida. Lo sé, pero tengo una tontería en el coco: no me gusta tomarme el fútbol como un trabajo. Si lo hiciera no sería yo. Sólo juego por divertirme”.

El Cádiz se cansó de aquello, y lo ofertó al mejor postor. Gonzalo Alonso decidió arriesgarse. Sólo que ahora “el Mágico” valía casi el triple. Lo pidió en préstamo para la mitad de la temporada 1985-86, le puso un departamento de superlujo, un psicólogo y un acupunturista para que intentaran controlarlo por la noche.

Pero un par de jugadas geniales, otro par de goles bellísimos y pocos meses después, “el Mágico” volvía a hundirse en la noche. Ante la evidencia de que ni el psicólogo ni el acupunturista chino pudieron hacer mucho, don Gonzalo Alonso reconoció: “Quizá ya sea muy tarde para recuperarle para el futbol. Ojalá me equivoque, pero tengo razones para pensar lo contrario... Si en 15 días no actúa como esperamos, se va”. Y se fue “el Mágico” de Valladolid, y de España, y luego de una muy oscura pausa entre Tijuana, Los Ángeles y San Salvador regresó el 86 al Cádiz de sus amores, y entró en hombros y en olor de multitud al estadio Carranza.

Y de nuevo la misma historia: las noches de rumba, la desesperación de los técnicos y de la directiva, las multas escandalosamente altas, goles y jugadas de ensueño a pesar de todo, y el amor incondicional de la afición.

En 1987, el Atalanta de Italia ofreció una millonada por “el Mágico” con todo y los riesgos. Por esas fechas él no ganaba lo suficiente para pagar las multas disciplinarias (en realidad, el Cádiz no pagó nunca ni la 10ª parte de lo que el astro salvadoreño devengó). Ahí estaba por fin el gran dinero y la gloria definitiva, pero “el Mágico” vino a demostrar esa vez, como tantas otras, que gloria y dinero le importaban un comino, y sencillamente dijo “no”.

El episodio, de colosal dignidad, lo hizo resplandecer como el sol, pero la luna también se puso para Jorge en julio de 1989, cuando una belleza gaditana de 22 años, llamada María del Carmen Coca, denunció en la comisaría policial que “el Mágico” había intentado violarla una madrugada, después de una rumba de órdago en una discoteca.

Apenas se defendió: “Sí, claro, hubo besos y caricias, pero ella al final se puso muy nerviosa y salió corriendo. Eso fue todo”. Aunque bien librado judicialmente del tema, deprimido, “el Mágico” desapareció de los entrenos y ni siquiera llegó a los partidos, y ya en 1990-91 apenas pisó el césped.

“El problema básico de este muchacho es su gran soledad” , dijo su entrenador, David Vidal. Y así, solitario, se fue, sin testigos presenciales, en junio de 1991.

¿Un final triste? La historia tiene mucho más, mucho más fútbol, mucha más noche, mucho más genio. LA PRENSA GRÁFICA tiene el registro detallado de su aventura, la increíble novela de su vida. Los archivos de “Marca”, “El País” y “Diario de Cádiz” y las investigaciones realizadas en España y El Salvador por Cristian Villalta, Mario Paz y por quien esto escribe fundamentan esta historia.

 

   
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