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La guillotina
de papá
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Escucho, una música vaga, de rueda de pino, de almuerzo
de azúcar del nicho de los muertos.
Soñé perder fiebre a las dos de la mañana
mientras caminaba dormido leyendo con los ojos cerrados el
libro de las palabras que alcanzaba a escuchar.
Vi el lejos de la Tierra en un espacio finito en las niñas
de colores en las ratas que me asustan los momentos del cielo
perdidos en las horas de la clase.
Sé que ahora estoy ciego en penumbras pero sólo
veo negro y negro veo rojo y rojo voz, voz de piel caminos
de cuatro y paisajes de los puentes que me llevan aquí
en subida campo cuesta del dolor de cabeza que hace explotar
y poder tras vivir pasar la Tierra de la masa de sombras que
en un punto finito se juntan y un tornado y una imagen me
darán la guillotina de papá que en mil setecientos
cincuenta sonará, mientras el viento le afina puntería
y nos dice que hoy es el día en que moriste.
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Febrero 12.
A veces, los protagonistas de una novela o un cuento encuentran sus
referentes reales en un nombre, un apellido o un domicilio cualquiera.
“Pig”, el personaje principal de la novela
“Diablo guardián” (de Xavier Velasco, Premio Alfaguara de Novela
2003), fue de niño un escritor introvertido. Alejado de los
juegos infantiles y del bullicio de la televisión, “Pig” se
encerraba en su habitación a escribir pequeños relatos,
que escondía en el fondo de su mochila. El talento literario,
que era casi un vicio, corroía su alma.
Resulta que “Pig” es el mismo Velasco, quien
comenzó a escribir a los nueve años, pero mantuvo sus
letras en un entorno privado por inseguridad.
“Pig”, o el “Diablo guardián” salvadoreño,
bien podría existir en un chico de 15 años —a quien
llamaremos Hugo—, estudiante de una escuela privada de San Salvador
que desde hace tres meses se reúne los fines de semana con
un grupo de amigos, a los que califica de “especiales”. Ellos son
los únicos que entienden y comparten su afición por
las letras.
Otros amigos, los del colegio, están
fuera de este círculo. Con ellos, ni una sola palabra de literatura.
En su familia también debe enfrentarse a los que no creen en
él (como poeta). Este “Diablo guardián” es feliz cuando
está con sus amigos “especiales”, los poetas.
“Comencé a escribir de pura casualidad,
pues en mi colegio, desde el principio (de pequeño), nos habían
incentivado a participar en concursos de poesía”, dice Hugo
muy seguro al recordar que casi siempre ganaba.
Un poeta reconocido se fijo en la gran capacidad
literaria de Hugo el año pasado, cuando el chico descubrió
que el escritor es su vecino. El joven decidió acercarse a
él y mostrarle todos los trabajos que había guardado.
Este poeta lo llevó hasta el círculo
de amigos “especiales”, para que junto a ellos el joven descubriera
nuevas técnicas y encontrara una orientación en la poesía.
Ahora, con tres meses entre los poetas, Hugo
es capaz de decir que ha mejorado su estilo, que le gusta escribir
“la pura verdad” en sus poesías, sin llegar a estancarse en
una temática en particular: “Cada poema que tengo es como una
historia de algo que me pasó, de algo que yo he visto. Yo trato
de hablar de una poesía de un bicho de 15 años, de lo
que está viviendo, de lo que le sucede a jóvenes de
mi edad, de mis estudios, de mis compañeros”. Para muestra,
el poema “La guillotina de papá”:
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