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Juego 1: cuatro años. Flores en el cabello. Melissa viene
de la mano del padre, que está molesto: la he hecho levantarse
del jardín, donde ella lo había estado esperando seriecita,
acostada sobre la grama, cubierta de flores, con los brazos cruzados
sobre el pecho, simulando estar muerta, como la abuela hace unos
días, pero sin ataúd: no encontró una caja
de su tamaño.
No le gustó el juego al padre. Dijo que no era gracioso.
La madre se ha echado a llorar: aún es muy reciente la muerte
de su madre.
Juego 2: En el suelo del pasillo. Sin ropa. Boca abajo. Con la
lengua entre los dientes y un cinturón del padre saliéndole
desde la parte alta de las piernas, donde lo tiene sujeto. Es un
gato. Arrollado. A su alrededor, hojas moradas deshechas y revueltas
con hojas verdes hechas bolitas. Pide que piensen que son las vísceras.
Si quieren pasar, tienen que saltar sobre el cadáver del
gato, que es ella. O caminar sobre su cuerpo, patearla... De todas
maneras, no siente: está muerto el gato, que es ella.
También pueden levantarla con ayuda de una pala y de una
escoba, guardarla en una bolsa para basura y arrojarla en el contenedor
más próximo. Así hizo el vecino con el gato
que arrollaron frente a su casa...
La mamá le ordena levantarse inmediatamente. Y limpiar.
Y vestirse.
Juego 3: terraza. Hora del almuerzo. Cae de improviso a los pies
del papá. Los ojos: abiertos, clavados en el padre, que está
vivo y contempla su descenso sin entender. Tiene que explicarle:
es una paloma, pero no de las que vuelan y cantan asustadas, sino
de las que caen con el cuello doblado. La piedra de un niño
se lo ha quebrado.
Al papá no le gusta el juego. No le gusta verla tirada y
con el cuello flexionado como si no tuviera huesos adentro. Le dice
que se siente a comer. Ella no le hace caso.
El papá le dice que, por lo menos, cierre los ojos. Para
que parezca menos muerta. Pero ella sigue sin obedecer: las palomas
muertas no cierran los párpados.
El padre se levanta. Se va. No se conduele.
Juego 4: con las muñecas, las treinta. Todas sin ropa. Todas
con el rostro y el cuerpo cubierto por una capa del talco que su
madre le aplica en la barriga y en los pies a ella. Es una morgue.
En su habitación.
Diez las más pequeñas están en
las gavetas de su cómoda. Siete están sobre la mesa
del tocador, sobre una sábana, en espera de ser atendidas.
Las tres más nuevas están en bolsas: son las recién
llegadas, aún no sabe de qué dirá que han muerto.
Las cuatro acostadas sobre la cama son las que están listas
para que se las lleven los parientes. Las seis bajo la cama son
las que ya fueron enterradas.
La mamá entra. Mira. Le da un abrazo. No debió haberla
llevado a recoger el cadáver de la abuela.
Juego 5: plastilina. Figuras de animales y de comida.
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