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Venía de caminar una legua y no había vendido ni un solo trebejo. Encontró un pequeño charco en la grama recién regada y se entretuvo chapoteando mientras se le enfriaban las plantas de los pies. El hervor del asfalto le rajaba los talones y le agrietaba
la comisura de los dedos. Lo caliente del pavimento le cocía hasta el alma, le quemaba, sentía como que se achicharraba, pero no se hallaba en valor de pedir para comprar zapatos. Al fin y al cabo no era su papá, aunque lo hubiera criado desde que quedó huérfano.
Siempre se lo decía.
Tu papá fue el primer marido de tu mamá. Yo te recogí chiquito, pero no soy tu papá.
Ambos hombres venían llegando a la ciudad provenientes del monte. Venían huyendo de la matazón. Se fueron arrimando a la pura fuerteza en unos terrenos municipales. Levantaron su cabaña de latas y comenzaron a fabricar trastos, cocinas de carbón, regaderas
y canales para la lluvia. El hombre era medio hojalatero y quería que su hijastro aprendiera el oficio.
A Filemón lo fue atrapando la ciudad. Siempre había soñado con ser motorista de los grandes camiones de La Constancia, o si no de esos inmensos trailerones que hasta quiebran la cintura cuando dan la cruzada. Buscó talleres de torno y se ofreció como aprendiz,
pero le exigían sexto grado y una carta del Ministerio de Trabajo. Quiso ser albañil o carpintero, pero en las construcciones sólo le ofrecían de mozo. El foco del entendimiento se le iluminó cuando pensó que bien podía llegar a ser boxeador.
Tenía buen lomo a pesar de sus dieciséis años y con alguien que le enseñara a dar y recibir trompadas podría tomar aquello como oficio. Además ahí nadie andaba exigiendo sexto grado.
Dio varias vueltas a la manzana mientras se aprendía de memoria lo que iba a decir en el gimnasio para no equivocarse. Una vez con la letanía lista cogió fuerzas y tocó el timbre de la puerta. El propio entrenador salió a abrir y una vez adentro, se ofreció
como principiante.
Lástima que seás descalzo dijo el maestro porque buen lomo sí tenés, en poco tiempo te subiría al ring.
Mirá Ric dijo, dirigiéndose a un negro viejo y canoso, qué buen lomo tiene este chamaco, sólo está de pulirlo.
Sí dijo el hombre llamado Ric, sería buen peso gallo, pero no tiene zapatos.
Lo vio una vez más y se fue caminando para adentro. Llevaba en la mano un balde y de su cuello colgaba un par de guantes. Al momento regresó y mientras encendía un cigarrillo, dijo:
Oye, Babalú, podrías ocuparlo de sparring para el Junior, mientras se recuperan los otros. En dos semanas bien lo preparamos.
No se puede ripostó Babalú, es descalzo.
Filemón salió con un sabor amargo en la boca. Sabía que pasaría mucho tiempo antes de poder calzar zapatos. La venta de trebejes apenas dejaba para la comida y los más baratos para deporte, costaban más de 150 colones.
Semanas después, decepcionado, se presentó al circo de Firuliche a buscar trabajo. Se ofreció para hacer de payaso y el jefe lo recibió.
Hay que ser artista, maje dijo el bufón, vos creés que es fácil la babosada, tenés que aprenderte el libreto y vos quizá no podés ni leer, se echa de ver porque ni zapatos cargás. Si querés de mozo le hablo al hombre
dijo, mientras se sentaba en una banqueta que estaba por la escalera.
Qué viejo más cabrón dijo Filemón, yo creía que los payasos eran buena gente.
Salió molesto del circo y no encontró relación entre los zapatos y la lectura.
Volvió a darle vueltas al asunto del boxeo. Ahí no exigían mucho y además Babalú le había dicho: Tenés buen lomo, brazos largos y mano de tigre, piernas que se te miran recias y firmes. Cuando tengás zapatos, volvé, te
vamos a bautizar Mano de Tigre.
En sus noches tristes, surcadas de presagios rutinarios, mascullaba sobre el tema y cavilaba insistente sobre lo mismo. Tocaba todas las puertas vecinas al gimnasio para vender regaderas y otros utensilios y veía entrar y salir a los deportistas con su maletín Mike-Mike, que
algún día soñaba tener. Por esas calles conoció al Boxia, lo había visto en el barrio y pensó que él podría ser la ganzúa que le abriera la puerta del triunfo. Se hicieron amigos. Lo esperaba todas las tardes a la salida del
entrenamiento y le llevaba el maletín con la ropa mojada.
A medida que crecía la amistad, éste le conseguía permisos para que entrara a ver y comenzara a aprender el abecedario de las trompadas. Le gustaba la postura a la izquierda que adoptaba Pambelé y la practicaba. Comenzó a boxear con su sombra y estudió
los quites de nuca, los quiebres de cintura y hasta se animaba a hacer el bailadito a lo Muhammad Alí.
A Filemón le comenzó a gustar una cipota de los mismos asentamientos, pero cuando se miraba los pies descalzos se le bajaba el entusiasmo, porque las cipotas, aunque pobrecitas, andaban con sus zapatillas bien lustradas; en cambio él, con sus dedos al aire, como abanico
desechado y sus calcañares con grietas profundas como las que se encontraban como las que se encontraron en la Luna.
La Zoila le tiraba corriente y hasta le contó que los sábados bailaban en el traspatio de la parroquia.
Pero usted no puede ir dijo, porque no dejan entrar descalzos.
Parecía que todo su futuro giraba alrededor de los pies y cuando pasaba por los almacenes que venden zapatos Adoc hasta se animaba a romper la vitrina.
El Boxia comenzó a enseñarle a boxear en serio. Lo invitaba a su cuarto y allí practicaban. Le había indicado que corriera por las mañanas para ir macizando las piernas. Comenzó a hacerlo en el parque de béisbol cerca del Estado Mayor, hasta
que lo pararon los centinelas.
¿Por qué andás descalzo, cabrón? Todos los corredores no andan descalzos. Lo interrogaron, le pidieron papeles, lo dejaron ir, pero lo amenazaron de que no volviera.
Cierta vez el Boxia le consiguió un par de zapatos prestados y lo subió al ring para cambiar unos tiros. El Boxia era un gato. Saltaba, bailaba, finteaba, le ponía el guante en la cara las veces que quería. Filemón a cada trompada se iba hasta la cuerdas
y rebotaba para recibir otro puñetazo. Filemón sentía que las botas le estorbaban, le pesaban como plomo y no lo dejaban seguir el bailadito quele había enseñado el mismo Boxia. Se sentía como caballo recién herrado. La paliza que recibió
fue buena, pero estaba contento, había aprendido bastante.
Por esos días se apareció Chacás, un tipo camorrero que llegaba a la colonia a buscar muchachas. Tenía fama de matón y cuchillero y para la Feria de Agosto subía a los encordelados del Campo Marte y no había quien le aguantara. Tenía
un buen opercout de zurda, pero tomaba demasiado. Era bolo pelionero.
Para Navidad, el hojalatero, su padrastro, le tenía dos sorpresas. Le había comprado un par de zapatos de hule Ringo Star.
Para que te hagás boxeador dijo, pero te tenés que ir de la casa, pues me he conseguido una mujer y allí no
cabemos.
Filemón pensó de inmediato en el Boxia y en la oportunidad que se le abría, pues en poco tiempo subiría a medirse con el Chele Garzona, un tipo de su mismo peso. Si le aguantaba los diez rounds, se ganaba quinientas bolas.
Pensó también en la Zoila para avisarle que ese sábado irían a bailar a la parroquia.
El viernes en la noche, cuando venía del gimnasio de esperar al Boxia, vio que Chacás tenía a la Zoila contra la pared y estaba tratando de besarla a la fuerza.
Lo apartó de un solo.
Dejá a la cipota, pisado dijo, si sos hombre, vení a darte verga conmigo.
Y se fue caminando a la pavimentada.
Chacás lo vio con furia, pero se dio cuenta que en la esquina estaban varios amigos de Filemón.
Te reto mañana, culero dijo Chacás, nos vemos a las diez en el gramal. Si querés con cuchilla, con cuchilla. Si es a los puños nomás decime.
Sin cuchilla dijo Filemón, a los puros puños.
Chacás siguió bebiendo esa noche con Mitigal y con Paco Perfecto.
¿Y con quién es el pleito? preguntó Mitigal.
Con Filemón respondió, ese chuña que vende peroles.
Cuando Filemón llegó al gramal, ya había bastante público. Como sabía que la Zoila iba a llegar se puso los zapatos para confirmar lo de la bailada.
Estoy listo, culerito dijo Chacás, mientras se arremangaba la camisa.
Filemón pensó en los quiebres de tronco, en el bailadito a lo Muhammad Alí, en el opercout de zurda, cuando se acordó la vez que los zapatos le pesaban como plomo y la golpiza que le dio el Boxia por culpa de los mismos. Se los desamarró ligero y los fue
a colgar del único palo de Cujiniquil de aquel llano pelado. Los dejó bien amarrados y se fue caminando adonde estaba Chacás.
Venite, pendejo dijo Filemón.
Adoptó la postura de Pambelé y empezó la soca.
Chacás peleaba con la cabeza gacha, viendo para el suelo. Hacía un bailadito medio rascuache y tiraba abierto, dejando el pecho sin protección. Avanzaba tirando manotazos a la cara y al cuerpo y Filemón sólo para atrás, conociéndolo, deteniendo
los tiros con el antebrazo, midiéndolo, sin descuidar la cobertura de la cara. Filemón lo fue tanteando y poco a poco comenzó a soltar la derecha que llegaba al pecho con sonido de tambor. Chacás se le dejó ir con una serie de trompadas locas una de las
cuales fue tremendo puñetazo que retumbó como trueno y lo hizo trastabillar, que si no hubiera estado descalzo, lo tira al suelo, pero con los dedos se afianzó de la grama y pudo sostenerse. Otro puñetazo se estrelló en la nariz de Filemón y un chorrito
de sangre comenzó a bajarle hacia la boca. Se limpió con la manga, pero cuando vio la fresa, se le subió la rabia. Chacás se reía triunfante mientras Mitigal y Paco Perfecto aplaudían. Filemón buscó a su alero, el Boxia, y ese descuidito
por poco le cuesta el arranque de una oreja, porque el zurdazo se lo clavó directo y el oído le quedó zumbando como chicharra de Semana Santa. Filemón logró clavar un directo a la cara que tiró al suelo a su contrincante que se levantó presto
y dijo que se había deslizado; pero tenía reventada la boca. Filemón se le fue acercando, finteando, bailando, golpeando en el ojo con el uno-dos mientras lo componía para descargarle un terciazo al tórax que lo hizo tambalear como un muñeco.
Comenzó a bailarle como mariposa, se quitó un gancho de derecha con quiebre de cuello, se afianzó de la grama y soltó un jab primero de izquierda, luego de derecha confundiendo al enemigo que dejó libre el mentón, adonde fue a dar, directo, el opercout
que tantas veces había ensayado.
Chacás cayó con los ojos trabados. Su ojo izquierdo estaba como cháquira.
Alguien contó los diez segundos reglamentarios y el público comenzó a aplaudir.
Filemón, culón, buscó a Zoila para saludarla. Paco Perfecto y Mitigal recogieron a su compañero. Tenían la faca en los zapatos.
Filemón se fue caminando confiado al árbol de Cujiniquil a buscar sus zapatos, cuando sintió tremendo golpe en la nuca. Era un golpe prohibido, un rabitt punch que lo estremeció de pies a cabeza.
Sus zapatos, sus Ringo Star, habían desaparecido.
Extraído del libro Puta Vieja de Istmo editores y publicado con la autorización de Jaime Barba.
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