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Hoja de vida
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Unai Elorriaga nació en Bilbao en 1973 y reside en
Algorta.
Es licenciado en Filología vasca y ha trabajado como
traductor de euskera y castellano para el Instituto Labayru.
También ha sido colaborador en la prensa escrita.
Ganó el Premio Nacional de Narrativa 2001 por su primera
novela, escrita en euskera, SPrako Tranbia.
La novela fue publicada en castellano por la editorial Alfaguara
con el título Un tranvía en SP.
Este año ha lanzado su segunda novela, El pelo
de Vant Hoff.
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Marzo 6. Madrid, España. Hasta hace tres años
se dedicaba a traducir libros y dar clases en el Instituto Labairu
de Bilbao. Entonces, juntó algunos escritos que tenía
y los presentó a un concurso de proyectos de novela.
No ganó. Pero entre el jurado había
un editor que se interesó por su relato y le pidió completarlo.
Si el resultado le satisfacía, lo publicaría. La novela
se imprimió con el título “SP rako tranbia” (en euskera,
el idioma vasco) y fue presentada al Premio Nacional de Narrativa
2002.
Esta vez, sí ganó y, de inmediato,
el nombre de Unai Elorriaga, ese joven autor transgresor y juguetón,
atrajo la atención del mundo literario de España. Desde
entonces para acá, su vida ya no fue la misma.
La semana pasada presentó, en Madrid,
“El pelo de Van’t Hoff”, su nueva novela, la segunda de su historial,
otra pieza cargada de imaginación, personajes excéntricos
y, sobre todo, muchos juegos con el lenguaje, con los protagonistas,
con la imaginación, toda una caja de sorpresas, porque “hay
que sorprender siempre al lector para que no se aburra”.
En El Salvador se te conoce poco.
Y ya me han invitado a ir.
¿En serio?
Sí, pero no podía.
A ver si te animas...
A ver...
“Un tranvía en SP” marcó
tu salida del anonimato, ¿cómo la comenzaste a escribir?
Es un proceso muy curioso porque yo no pensaba
escribir novela nunca, yo escribía relatos y, de repente, hubo
una beca literaria en la que tú mandabas un proyecto de una
novela, y si te la aceptaban, seguías escribiéndola
y te la publicaban, entonces dije: “Me voy a arriesgar”, presenté
el proyecto y no gané. Pero había un editor entre los
jueces al que le interesó el proyecto y me dijo que la terminara
y, si le gustaba, la publicaría, la escribí y la publicó,
y luego ganó el premio nacional.
¿Cómo te cambió la vida haber
ganado este premio?
Pues, totalmente. Imagínate, antes trabajaba
ocho horas, como todo el mundo, y ahora lo que hago es dedicarme a
escribir, a pensar, cogí una excedencia del trabajo, y me dedico
simplemente a escribir, a leer, a pensar.
¿Cómo es ese proceso de pensar?
Hago de todo. Ando por allí, tengo un
balón de rugby y juego con él, me subo encima del sofá,
de la mesa, salto... La cuestión es pensar y si en cuatro horas
que estoy pensando escribo sólo dos líneas o un párrafo,
eso al final te enseña cosas de ti mismo. Quizás trabajando,
yendo de aquí para allá, no te hubieses dado cuenta
de cómo eres, de cómo piensas, de lo que quieres pensar,
de lo que quieres ser en la vida.
Antes no te dedicabas a esto por completo.
No, era traductor, trabajaba ocho horas.
¿Cuándo escribías?
Cuando llegaba a casa. Escribía siempre
que podía y que no tenía trabajo, los fines de semana,
en vacaciones, etcétera.
El protagonista principal de “Un tranvía
en SP” es Lucas, un anciano viajero. Luego, están Marcos, un
músico soñador, y María, hermana de Lucas y escritora
anónima que busca la felicidad. ¿Cómo nacen estos personajes?
De sitios muy diversos. De conversaciones en
el tren, de la televisión, de cosas que te dicen los amigos,
que te cuentan, que escuchas, de las películas que ves. De
todo lo que leo y veo voy recogiendo un poco para crear personajes,
situaciones, de todo lo que veo por allí intento coger algo.
Y de pensar mucho...
De pensar, sí.
¿Cómo ha cambiado esa manera de
pensar las historias de “Un tranvía en SP” a “El pelo de Van’t
Hoff”, tu segunda novela?
Los primeros textos de “Un tranvía en
SP” los escribí con 25 años, ahora tengo 31, han pasado
seis años, no es tanto, pero las carreras universitarias normalmente
suelen ser más cortas (ríe), creo que ha cambiado mi
forma de escribir un poquito, pero un poquito tras pensar mucho.
¿Qué giro ha experimentado tu literatura
entre ambas novelas?
“El pelo de Van’t Hoff” es muy diferente a
“Un tranvía en SP” en cuanto a personajes y estructura. He
cambiado todo, menos el tono y el estilo.
¿Cuál es ese estilo?
Vamos, que no lo digo yo, sino que la gente
me ha dicho que tengo un estilo bastante peculiar, un poco raro, un
poco extraño, que no han encontrado en ningún sitio,
pero que les sorprende.
En tu literatura hay muchos juegos narrativos
que lo toman a uno por sorpresa, ¿tratas siempre de sorprender al
lector?
La verdad es que creo que la literatura tiene
que sorprender a la gente, porque si estamos leyendo la misma historia
20 mil veces o viendo la misma película 20 mil veces, la gente
se aburre y no te sorprende nada, pero si realmente te sorprende algo
y te llama la atención, es cuando realmente despiertas y dices:
“Aquí hay algo”, y empiezas a pensar más. Eso es lo
que hago yo, romper la lengua, hacer metáforas extravagantes,
llamar la atención de la gente, sorprender a la gente para
que piense más, que piense: “Detrás de esa lengua extraña
que utilizo yo, ¿qué hay?”, es la sorpresa, la gente se ha
estado olvidando un poco de la sorpresa.
Has mencionado en otras ocasiones a Julio
Cortázar, ¿te ha influido su obra en esta forma de escritura
juguetona y sorpresiva?
Hombre, bastante. Me gusta mucho Cortázar,
es mi maestro, cuando conocí a Cortázar entendí
cómo es que había que escribir y eso siempre se lo agradeceré.
Cuando leí a Cortázar, cuando entendí a Cortázar,
dije: “Esto es literatura y así es como hay que escribir”.
¿Qué les recomendarías a
los jóvenes que entran al mundo de la literatura?
Que lean a Cortázar y que se fijen muy
bien en lo que hacía y cómo lo hacía, porque
Cortázar entendía muy bien la literatura, y sabía
perfectamente lo que tenía que hacer en cada momento.
Faulkner me quiere volver loco
Le quedaba mucho tiempo para leer. Cogió el libro
de Faulkner. Y nada más coger el libro empezó a notar
cosas que no eran las que tenía que notar en aquel momento.
Notó que Faulkner se estaba riendo. Faulkner se estaba burlando
de Matías. Era una burla personalizada (...) y la burla se
podía resumir así: Yo soy un genio y tú
no.
A lo largo de la obra, el novelista estadounidense William Faulkner
hace apariciones recurrentes para burlarse de Matías,
el personaje principal de El pelo de Vant Hoff.
¿De dónde surge esta aparición? Está
claro que Faulkner se ríe de nosotros, ¿no habéis
tenido esa sensación nunca?, cuando de repente distintos
personajes se llaman de la misma manera, cuando de repente te cambia
el tiempo, el espacio, se está riendo de ti, se está
burlando de ti, yo he tenido esa impresión con Faulkner,
afirma Unai.
Pero, ¿cómo tomarse esta burla descarada? No
nos vamos a enfadar con esa burla, no, yo creo que cuando hay sentido
del humor, cuando se ríen de ti, tú también
te tienes que reír, y ahora, yo he aprovechado este libro
para reírme de Faulkner.
El camino de la poesía
Otro de los elementos que llaman la atención de la escritura
de Unai es su música, su hálito poético.
A él le encanta la poesía, asegura, sin embargo, denota
un fallo en ella: No llega a donde tiene que llegar.
Afirma esto de la observación de muchos poetas en euskera,
que no llegan a donde quieren llegar, y para llegar tiene
que coger la poesía un cantautor y trasladarla a los escenarios,
pero eso ya no es poesía.
La poesía tiene mucha fuerza, añade, pero su
fuerza cae antes de llegar a donde tiene que llegar, creo que la
poesía tiene que estar intercalada en la prosa, es un poco
también lo que intentaba Gómez de la Serna, con sus
greguerías dentro de su prosa, de las novelas.
Y remata: Yo creo que el camino de la poesía está
en la prosa, aunque parezca una contradicción.
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