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Entrevista con Unai Elorriaga
Con Cortázar entendí cómo es que había que escribir
José Víctor Huezo
cultura@laprensa.com.sv

En 2002 una novela atrevida y transgresora ganó el Premio Nacional de Narrativa en España, se titulaba “Un tranvía en SP”. Su autor era un joven vasco llamado Unai Elorriaga, a quien encontramos en Madrid presentando su nuevo libro, “El pelo de Van’t Hoff”. ¿Y ese título? “Se me ocurrió en la ducha”, dice.

Unai en la presentación del libro. El autor ha publicado dos novelas: “Un tranvía en SP” y “El pelo de Van’t Hoff”.

Hoja de vida

Unai Elorriaga nació en Bilbao en 1973 y reside en Algorta.
Es licenciado en Filología vasca y ha trabajado como traductor de euskera y castellano para el Instituto Labayru.
También ha sido colaborador en la prensa escrita.
Ganó el Premio Nacional de Narrativa 2001 por su primera novela, escrita en euskera, “SPrako Tranbia”.
La novela fue publicada en castellano por la editorial Alfaguara con el título “Un tranvía en SP”.
Este año ha lanzado su segunda novela, “El pelo de Van’t Hoff”.

 

Marzo 6. Madrid, España. Hasta hace tres años se dedicaba a traducir libros y dar clases en el Instituto Labairu de Bilbao. Entonces, juntó algunos escritos que tenía y los presentó a un concurso de proyectos de novela.

No ganó. Pero entre el jurado había un editor que se interesó por su relato y le pidió completarlo. Si el resultado le satisfacía, lo publicaría. La novela se imprimió con el título “SP rako tranbia” (en euskera, el idioma vasco) y fue presentada al Premio Nacional de Narrativa 2002.

Esta vez, sí ganó y, de inmediato, el nombre de Unai Elorriaga, ese joven autor transgresor y juguetón, atrajo la atención del mundo literario de España. Desde entonces para acá, su vida ya no fue la misma.

La semana pasada presentó, en Madrid, “El pelo de Van’t Hoff”, su nueva novela, la segunda de su historial, otra pieza cargada de imaginación, personajes excéntricos y, sobre todo, muchos juegos con el lenguaje, con los protagonistas, con la imaginación, toda una caja de sorpresas, porque “hay que sorprender siempre al lector para que no se aburra”.

En El Salvador se te conoce poco.

Y ya me han invitado a ir.

¿En serio?

Sí, pero no podía.

A ver si te animas...

A ver...

“Un tranvía en SP” marcó tu salida del anonimato, ¿cómo la comenzaste a escribir?

Es un proceso muy curioso porque yo no pensaba escribir novela nunca, yo escribía relatos y, de repente, hubo una beca literaria en la que tú mandabas un proyecto de una novela, y si te la aceptaban, seguías escribiéndola y te la publicaban, entonces dije: “Me voy a arriesgar”, presenté el proyecto y no gané. Pero había un editor entre los jueces al que le interesó el proyecto y me dijo que la terminara y, si le gustaba, la publicaría, la escribí y la publicó, y luego ganó el premio nacional.

¿Cómo te cambió la vida haber ganado este premio?

Pues, totalmente. Imagínate, antes trabajaba ocho horas, como todo el mundo, y ahora lo que hago es dedicarme a escribir, a pensar, cogí una excedencia del trabajo, y me dedico simplemente a escribir, a leer, a pensar.

¿Cómo es ese proceso de pensar?

Hago de todo. Ando por allí, tengo un balón de rugby y juego con él, me subo encima del sofá, de la mesa, salto... La cuestión es pensar y si en cuatro horas que estoy pensando escribo sólo dos líneas o un párrafo, eso al final te enseña cosas de ti mismo. Quizás trabajando, yendo de aquí para allá, no te hubieses dado cuenta de cómo eres, de cómo piensas, de lo que quieres pensar, de lo que quieres ser en la vida.

Antes no te dedicabas a esto por completo.

No, era traductor, trabajaba ocho horas.

¿Cuándo escribías?

Cuando llegaba a casa. Escribía siempre que podía y que no tenía trabajo, los fines de semana, en vacaciones, etcétera.

El protagonista principal de “Un tranvía en SP” es Lucas, un anciano viajero. Luego, están Marcos, un músico soñador, y María, hermana de Lucas y escritora anónima que busca la felicidad. ¿Cómo nacen estos personajes?

De sitios muy diversos. De conversaciones en el tren, de la televisión, de cosas que te dicen los amigos, que te cuentan, que escuchas, de las películas que ves. De todo lo que leo y veo voy recogiendo un poco para crear personajes, situaciones, de todo lo que veo por allí intento coger algo.

Y de pensar mucho...

De pensar, sí.

¿Cómo ha cambiado esa manera de pensar las historias de “Un tranvía en SP” a “El pelo de Van’t Hoff”, tu segunda novela?

Los primeros textos de “Un tranvía en SP” los escribí con 25 años, ahora tengo 31, han pasado seis años, no es tanto, pero las carreras universitarias normalmente suelen ser más cortas (ríe), creo que ha cambiado mi forma de escribir un poquito, pero un poquito tras pensar mucho.

¿Qué giro ha experimentado tu literatura entre ambas novelas?

“El pelo de Van’t Hoff” es muy diferente a “Un tranvía en SP” en cuanto a personajes y estructura. He cambiado todo, menos el tono y el estilo.

¿Cuál es ese estilo?

Vamos, que no lo digo yo, sino que la gente me ha dicho que tengo un estilo bastante peculiar, un poco raro, un poco extraño, que no han encontrado en ningún sitio, pero que les sorprende.

En tu literatura hay muchos juegos narrativos que lo toman a uno por sorpresa, ¿tratas siempre de sorprender al lector?

La verdad es que creo que la literatura tiene que sorprender a la gente, porque si estamos leyendo la misma historia 20 mil veces o viendo la misma película 20 mil veces, la gente se aburre y no te sorprende nada, pero si realmente te sorprende algo y te llama la atención, es cuando realmente despiertas y dices: “Aquí hay algo”, y empiezas a pensar más. Eso es lo que hago yo, romper la lengua, hacer metáforas extravagantes, llamar la atención de la gente, sorprender a la gente para que piense más, que piense: “Detrás de esa lengua extraña que utilizo yo, ¿qué hay?”, es la sorpresa, la gente se ha estado olvidando un poco de la sorpresa.

Has mencionado en otras ocasiones a Julio Cortázar, ¿te ha influido su obra en esta forma de escritura juguetona y sorpresiva?

Hombre, bastante. Me gusta mucho Cortázar, es mi maestro, cuando conocí a Cortázar entendí cómo es que había que escribir y eso siempre se lo agradeceré. Cuando leí a Cortázar, cuando entendí a Cortázar, dije: “Esto es literatura y así es como hay que escribir”.

¿Qué les recomendarías a los jóvenes que entran al mundo de la literatura?

Que lean a Cortázar y que se fijen muy bien en lo que hacía y cómo lo hacía, porque Cortázar entendía muy bien la literatura, y sabía perfectamente lo que tenía que hacer en cada momento.


“Faulkner me quiere volver loco”

“Le quedaba mucho tiempo para leer. Cogió el libro de Faulkner. Y nada más coger el libro empezó a notar cosas que no eran las que tenía que notar en aquel momento. Notó que Faulkner se estaba riendo. Faulkner se estaba burlando de Matías. Era una burla personalizada (...) y la burla se podía resumir así: ‘Yo soy un genio y tú no’.”

A lo largo de la obra, el novelista estadounidense William Faulkner hace apariciones recurrentes para “burlarse” de Matías, el personaje principal de “El pelo de Van’t Hoff”.

¿De dónde surge esta aparición? “Está claro que Faulkner se ríe de nosotros, ¿no habéis tenido esa sensación nunca?, cuando de repente distintos personajes se llaman de la misma manera, cuando de repente te cambia el tiempo, el espacio, se está riendo de ti, se está burlando de ti, yo he tenido esa impresión con Faulkner”, afirma Unai.

Pero, ¿cómo tomarse esta burla descarada? “No nos vamos a enfadar con esa burla, no, yo creo que cuando hay sentido del humor, cuando se ríen de ti, tú también te tienes que reír, y ahora, yo he aprovechado este libro para reírme de Faulkner.”

El camino de la poesía

Otro de los elementos que llaman la atención de la escritura de Unai es su música, su hálito poético.

A él le encanta la poesía, asegura, sin embargo, denota un fallo en ella: “No llega a donde tiene que llegar”.
Afirma esto de la observación de muchos poetas en euskera, “que no llegan a donde quieren llegar, y para llegar tiene que coger la poesía un cantautor y trasladarla a los escenarios, pero eso ya no es poesía”.

La poesía tiene mucha fuerza, añade, “pero su fuerza cae antes de llegar a donde tiene que llegar, creo que la poesía tiene que estar intercalada en la prosa, es un poco también lo que intentaba Gómez de la Serna, con sus greguerías dentro de su prosa, de las novelas”.

Y remata: “Yo creo que el camino de la poesía está en la prosa, aunque parezca una contradicción”.