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“Cuentos invisibles” es el libro más reciente del escritor Pedro Sorela.
Entrevista con Pedro Sorela
"Espero morirme después de haber recorrido el mundo"
José Víctor Huezo
cultura@laprensa.com.sv

Pedro Sorela fue uno de los jurados del Premio Nacional de Novela promovido en El Salvador por la embajada de España y la editorial Alfaguara. Escritor, catedrático y periodista español publicó en 2003 su último libro, “Cuentos invisibles”, una serie de relatos que nacieron de sus constantes viajes.

Hoja de vida

Pedro Sorela es escritor y periodista.
Trabajó durante 14 años en la sección cultural del diario “El País”, de España.
Ha sido profesor de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid desde 1982.
Ha escrito y publicado varias novelas y colecciones de relatos cortos.
Su trayectoria en el periodismo abarca 20 años y, aparte de trabajar para “El País”, es colaborador de publicaciones como “Revista de Libros” y “Letras Libres”.
Algunas obras: “Aire de mar en Gádor”, “Huellas del actor en peligro”, “Fin del viento”, “Viajes de niebla”, “Ladrón de árboles”, “57 pasos por la acera de sombra”, “Trampas para estrellas” y “Cuentos invisibles”.
Ha publicado literatura para chicos: “Yo soy mayor que mi padre”.

Creció rodeado de libros, “en una casa de lectores y yo odiaba la lectura”, recuerda. El tiempo se encargó de transformar esa aversión en pasión por la lectura y la escritura.

Hijo de padre español y madre colombiana, “viajeros”, se recuerda a sí mismo yendo de un país a otro con su familia, que “ha sido literalmente nómada”, “me dieron los viajes con la leche materna”, y por eso dice sentirse “extranjero” en cualquier lugar. “Es que me he dado cuenta de que vivimos no en una ciudad o en un país, sino en un mundo”, explica.

Por eso sus libros están salpicados de grandes expediciones y travesías. De hecho, su última obra, “Cuentos invisibles” (Alfaguara, 2003), nació de las notas tomadas en sus viajes.

Periodista para el diario “El País” de España y catedrático en la Universidad Complutense de Madrid este escritor fungió como jurado en el Premio Nacional de Novela promovido el año pasado en El Salvador por la Embajada de España y la editorial Alfaguara, cuyo fallo (que arrojó a David Hernández como ganador con “Berlín. Años guanacos”) se dio a conocer el pasado 2 de febrero.

Después del concurso, ¿qué percepción le quedó de la narrativa salvadoreña?

Sería muy atrevido dar alguna percepción, pero me quedó la misma percepción que vengo teniendo desde hace un tiempo, que es la de una narrativa muy entusiasta, y muy tradicional, me llamó la atención la preocupación por el pasado reciente, por la historia, por colocar las cosas en su perspectiva histórica, por comprender qué es lo que ha pasado, y por otra parte, es una narrativa todavía muy fresca.

Antes del premio, ¿qué conocía de la literatura salvadoreña?

Nada. Conozco algo de literatura centroamericana, pero más de los países de al lado. Pero esta pregunta que me haces me lleva a la obsesión que hay en Latinoamérica en general por la etiqueta nacional, que luego no se compagina con los libros, que son enormemente cosmopolitas y abiertos, con referencias de todo el mundo. Por ejemplo, el ganador del concurso (de novela) habla de un protagonista salvadoreño que vive en Berlín desde hace no sé cuántos años, y probablemente ya es completamente berlinés. El latinoamericano se caracteriza por el cosmopolitismo.

En sus libros hay un tema recurrente que son los viajes, ¿de dónde surge este interés?

Surge desde que nací, de un padre español viajero y una madre colombiana viajera, y de abuelos viajeros, me pasé la primera infancia viajando como un gitano, y luego la vida me ha llevado de un lado a otro, he sido periodista por muchos años, por lo tanto, viajero. Con el tiempo he ido convenciéndome de que en definitiva vivimos no en una ciudad o en un país, sino en un mundo y procuro ponerlo en práctica en la medida de mis posibilidades. Espero morirme después de haber recorrido el mundo.

En una ocasión dijo que “nació siendo extranjero” y que eso, a veces, “es doloroso”, ¿por qué?

No es doloroso, sino difícil de manejar, quizás doloroso lo es de niño, pero con el tiempo se vuelve un privilegio, porque la mirada del extranjero es la mirada literaria, y esto no lo digo yo, lo dice Albert Camus, que pone la mirada del extranjero como condición misma de la literatura.

Tiene un vínculo muy estrecho con Latinoamérica por vía materna, ¿qué le ha quedado de Latinoamérica?

Tengo a Latinoamérica bajo la piel, primero por mi madre. Tengo cosas muy concretas de Latinoamérica, tengo el ritmo, el sentido del ritmo, me pasé mi juventud bailando en Colombia. Tengo un sentido de la tragedia, porque Latinoamérica es dramática, uno llega y se siente viviendo una historia, una tragedia, un drama. Tengo muchísimas cosas en el plano estético. También tengo otra cosa muy importante: el sentido de la libertad, porque toda la historia de Latinoamérica está unificada bajo un solo concepto que es la libertad. Quizás la independencia es tan reciente que han cifrado todo en el concepto de libertad.

¿Cree que su vínculo latinoamericano lo diferencia del resto de escritores europeos?

Sí, porque los escritores y la gente en general suelen tener una identidad. En el mundo anglosajón es más común, pero insólitamente no ha explotado su pasado latinoamericano, y los latinoamericanos no han explotado su pasado español, ¿cuántos novelistas latinoamericanos escriben sobre la colonia, sobre la conquista? En la casa de Hernán Cortés en Coyoacán (México) no aparece una sola placa diciendo que esa era su casa, hay un olvido absoluto. Pues yo no olvido nada, y estoy aquí para recordar.


“Creo en la literatura por placer”

¿Cómo nació su último libro “Cuentos invisibles”?

Esta obra nació de todo un proceso. Soy muy viajero y desde hace tiempo empecé a tomar notas de viaje, al cabo de bastantes notas, de volúmenes de notas de viaje, observé que ya no me satisfacían, el simple relato de lo que me había ocurrido en el viaje ya no me decía nada. En cambio, sí me decía algo dibujar, en lugar de tomar fotos, y una vez en Budapest, solamente por jugar, decidí hacer un cuento híbrido entre la nota de viaje y un cuento, un cuento que estuviera a caballo entre lo que había vivido ese día y la imaginación, el cuento fue un desastre, pero me gustó mucho la idea, y a partir de allí comencé a elaborar notas de viaje que sí me satisfacían, después de un viaje tomaba datos, construía una nueva realidad que sí me satisfacía, que me hacía recordar el viaje, volverlo a vivir y al mismo tiempo creaba una cosa nueva.

¿Por qué invisibles?

Se llaman invisibles porque, como explico en el libro, contrariamente a lo que la gente cree, el viaje no es visible, el viaje es invisible, el viaje es lo que sucede no delante de los ojos, sino detrás, si no sucede nada detrás es que no hay viaje.

En su libro “Trampas para estrellas” narra la historia de un grupo de estudiantes y dice que se ha perdido la capacidad de ver lo extraordinario en lo ordinario, ¿cree que hemos perdido esa capacidad?

Totalmente. Bueno, totalmente esperemos que no, pero yo creo que sí. Creo que nuestra época se caracteriza por un tipo de vejez y de ceguera que es no ver lo extraordinario, estamos cegados por la televisión y la rutina, esta novela es una alegoría a través de un grupo de muchachos que estudian en una escuela de exploradores.

¿Qué consejo le daría a los jóvenes que están tratando de entrar al mundo de las letras?

Para escribir, para su formación, lo que tienen que hacer es leer y escribir hasta que se les gasten el dedo y los ojos, yo no conozco a ni un sólo gran escritor de la historia de la humanidad que no haya sido un gran lector. Y también que atiendan a su propia experiencia, que no importen ni imposten voces extrañas, exteriores. Además, en países como El Salvador, tienen un mundo por descubrir extraordinario.

¿A quiénes recomendaría leer?

Todos los recientes maestros son cuentistas, empezando por Cortázar, Borges, García Márquez, el maestro Monterroso, Rubén Darío. Creo en la literatura por placer, tampoco hay que leer cosas que no entiendan.

¿Cuál fue el primer libro que leyó?

Yo vivía en una casa de lectores y yo odiaba la lectura, era una casa aburridísima donde no había nada que hacer más que leer, porque mi padre no tenía televisión, y todos eran lectores, pero yo lo odiaba, yo creo que empecé con los cómics, pero me has puesto en un aprieto porque no recuerdo cuál fue el primer libro que yo leí.

¿Y el primero que escribió

Una vez que suspendí la carrera, me fui a mi casa y dije: hasta que no termine mi novela no salgo, y efectivamente terminé una cosa muy experimental y muy complicada que se llamaba “Así”. Afortunadamente está en un cajón.