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Hoja de vida
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Pedro Sorela es escritor y periodista.
Trabajó durante 14 años en la sección
cultural del diario El País, de España.
Ha sido profesor de Periodismo en la Universidad Complutense
de Madrid desde 1982.
Ha escrito y publicado varias novelas y colecciones de relatos
cortos.
Su trayectoria en el periodismo abarca 20 años y, aparte
de trabajar para El País, es colaborador
de publicaciones como Revista de Libros y Letras
Libres.
Algunas obras: Aire de mar en Gádor, Huellas
del actor en peligro, Fin del viento, Viajes
de niebla, Ladrón de árboles,
57 pasos por la acera de sombra, Trampas
para estrellas y Cuentos invisibles.
Ha publicado literatura para chicos: Yo soy mayor que
mi padre.
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Creció rodeado de libros, en una casa de lectores
y yo odiaba la lectura, recuerda. El tiempo se encargó
de transformar esa aversión en pasión por la lectura
y la escritura.
Hijo de padre español y madre colombiana, viajeros,
se recuerda a sí mismo yendo de un país a otro con su
familia, que ha sido literalmente nómada, me
dieron los viajes con la leche materna, y por eso dice sentirse
extranjero en cualquier lugar. Es que me he dado
cuenta de que vivimos no en una ciudad o en un país, sino en
un mundo, explica.
Por eso sus libros están salpicados de grandes expediciones
y travesías. De hecho, su última obra, Cuentos
invisibles (Alfaguara, 2003), nació de las notas tomadas
en sus viajes.
Periodista para el diario El País de España
y catedrático en la Universidad Complutense de Madrid este
escritor fungió como jurado en el Premio Nacional de Novela
promovido el año pasado en El Salvador por la Embajada de España
y la editorial Alfaguara, cuyo fallo (que arrojó a David Hernández
como ganador con Berlín. Años guanacos)
se dio a conocer el pasado 2 de febrero.
Después del concurso, ¿qué percepción
le quedó de la narrativa salvadoreña?
Sería muy atrevido dar alguna percepción, pero me
quedó la misma percepción que vengo teniendo desde
hace un tiempo, que es la de una narrativa muy entusiasta, y muy
tradicional, me llamó la atención la preocupación
por el pasado reciente, por la historia, por colocar las cosas en
su perspectiva histórica, por comprender qué es lo
que ha pasado, y por otra parte, es una narrativa todavía
muy fresca.
Antes del premio, ¿qué conocía de la literatura
salvadoreña?
Nada. Conozco algo de literatura centroamericana, pero más
de los países de al lado. Pero esta pregunta que me haces
me lleva a la obsesión que hay en Latinoamérica en
general por la etiqueta nacional, que luego no se compagina con
los libros, que son enormemente cosmopolitas y abiertos, con referencias
de todo el mundo. Por ejemplo, el ganador del concurso (de novela)
habla de un protagonista salvadoreño que vive en Berlín
desde hace no sé cuántos años, y probablemente
ya es completamente berlinés. El latinoamericano se caracteriza
por el cosmopolitismo.
En sus libros hay un tema recurrente que son los viajes, ¿de
dónde surge este interés?
Surge desde que nací, de un padre español viajero
y una madre colombiana viajera, y de abuelos viajeros, me pasé
la primera infancia viajando como un gitano, y luego la vida me
ha llevado de un lado a otro, he sido periodista por muchos años,
por lo tanto, viajero. Con el tiempo he ido convenciéndome
de que en definitiva vivimos no en una ciudad o en un país,
sino en un mundo y procuro ponerlo en práctica en la medida
de mis posibilidades. Espero morirme después de haber recorrido
el mundo.
En una ocasión dijo que nació siendo extranjero
y que eso, a veces, es doloroso, ¿por qué?
No es doloroso, sino difícil de manejar, quizás doloroso
lo es de niño, pero con el tiempo se vuelve un privilegio,
porque la mirada del extranjero es la mirada literaria, y esto no
lo digo yo, lo dice Albert Camus, que pone la mirada del extranjero
como condición misma de la literatura.
Tiene un vínculo muy estrecho con Latinoamérica por
vía materna, ¿qué le ha quedado de Latinoamérica?
Tengo a Latinoamérica bajo la piel, primero por mi madre.
Tengo cosas muy concretas de Latinoamérica, tengo el ritmo,
el sentido del ritmo, me pasé mi juventud bailando en Colombia.
Tengo un sentido de la tragedia, porque Latinoamérica es
dramática, uno llega y se siente viviendo una historia, una
tragedia, un drama. Tengo muchísimas cosas en el plano estético.
También tengo otra cosa muy importante: el sentido de la
libertad, porque toda la historia de Latinoamérica está
unificada bajo un solo concepto que es la libertad. Quizás
la independencia es tan reciente que han cifrado todo en el concepto
de libertad.
¿Cree que su vínculo latinoamericano lo diferencia
del resto de escritores europeos?
Sí, porque los escritores y la gente en general suelen tener
una identidad. En el mundo anglosajón es más común,
pero insólitamente no ha explotado su pasado latinoamericano,
y los latinoamericanos no han explotado su pasado español,
¿cuántos novelistas latinoamericanos escriben sobre
la colonia, sobre la conquista? En la casa de Hernán Cortés
en Coyoacán (México) no aparece una sola placa diciendo
que esa era su casa, hay un olvido absoluto. Pues yo no olvido nada,
y estoy aquí para recordar.
Creo en la literatura por placer
¿Cómo nació su último libro Cuentos
invisibles?
Esta obra nació de todo un proceso. Soy muy viajero y desde
hace tiempo empecé a tomar notas de viaje, al cabo de bastantes
notas, de volúmenes de notas de viaje, observé que
ya no me satisfacían, el simple relato de lo que me había
ocurrido en el viaje ya no me decía nada. En cambio, sí
me decía algo dibujar, en lugar de tomar fotos, y una vez
en Budapest, solamente por jugar, decidí hacer un cuento
híbrido entre la nota de viaje y un cuento, un cuento que
estuviera a caballo entre lo que había vivido ese día
y la imaginación, el cuento fue un desastre, pero me gustó
mucho la idea, y a partir de allí comencé a elaborar
notas de viaje que sí me satisfacían, después
de un viaje tomaba datos, construía una nueva realidad que
sí me satisfacía, que me hacía recordar el
viaje, volverlo a vivir y al mismo tiempo creaba una cosa nueva.
¿Por qué invisibles?
Se llaman invisibles porque, como explico en el libro, contrariamente
a lo que la gente cree, el viaje no es visible, el viaje es invisible,
el viaje es lo que sucede no delante de los ojos, sino detrás,
si no sucede nada detrás es que no hay viaje.
En su libro Trampas para estrellas narra la historia
de un grupo de estudiantes y dice que se ha perdido la capacidad
de ver lo extraordinario en lo ordinario, ¿cree que hemos
perdido esa capacidad?
Totalmente. Bueno, totalmente esperemos que no, pero yo creo que
sí. Creo que nuestra época se caracteriza por un tipo
de vejez y de ceguera que es no ver lo extraordinario, estamos cegados
por la televisión y la rutina, esta novela es una alegoría
a través de un grupo de muchachos que estudian en una escuela
de exploradores.
¿Qué consejo le daría a los jóvenes
que están tratando de entrar al mundo de las letras?
Para escribir, para su formación, lo que tienen que hacer
es leer y escribir hasta que se les gasten el dedo y los ojos, yo
no conozco a ni un sólo gran escritor de la historia de la
humanidad que no haya sido un gran lector. Y también que
atiendan a su propia experiencia, que no importen ni imposten voces
extrañas, exteriores. Además, en países como
El Salvador, tienen un mundo por descubrir extraordinario.
¿A quiénes recomendaría leer?
Todos los recientes maestros son cuentistas, empezando por Cortázar,
Borges, García Márquez, el maestro Monterroso, Rubén
Darío. Creo en la literatura por placer, tampoco hay que
leer cosas que no entiendan.
¿Cuál fue el primer libro que leyó?
Yo vivía en una casa de lectores y yo odiaba la lectura,
era una casa aburridísima donde no había nada que
hacer más que leer, porque mi padre no tenía televisión,
y todos eran lectores, pero yo lo odiaba, yo creo que empecé
con los cómics, pero me has puesto en un aprieto porque no
recuerdo cuál fue el primer libro que yo leí.
¿Y el primero que escribió
Una vez que suspendí la carrera, me fui a mi casa y dije:
hasta que no termine mi novela no salgo, y efectivamente terminé
una cosa muy experimental y muy complicada que se llamaba Así.
Afortunadamente está en un cajón.
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