|
Marzo 10. Uno que lo ve de frente puede pensar, de pronto, en diplomacia. Su figura rígida, con saco y gruesas gafas, le confiere un semblante esbelto. Pero es Sergio Ramírez, y habla de todo un poco de manera afable y sin medias tintas, aunque
es la literatura el tema en el cual parece sentirse más “libre”.
Sólo pide agua en la plática, pero no la toma, y se apresta a renovar su voz de pensador.
“La literatura es una forma de trascendencia”, arguye el nicaragüense, que tiene en sus haberes premios como el Alfaguara de Novela y el Rómulo Gallegos, y méritos como el formar parte de la oposición al régimen de Somoza en su país
de origen.
Sus letras son ya un referente latinoamericano, y recuerda con la mirada un tanto perdida: “En un principio me formé con grandes cuentistas, pues es el cuento el género que más me atrae. Anton Chéjov, Horacio Quiroga, Guy de Moupassant
fueron algunas de mis bases”.
Jóvenes y concursos
De joven, su relación con las letras era algo latente. Con 18 años creó la revista “Ventana”, algo “experimental” (parece que le gusta llamarla así), que fue abriendo, de a poco, sus necesidades literarias.
Ramírez será parte del jurado del certamen Letras Nuevas que promueve LA PRENSA GRÁFICA con el apoyo de CONCULTURA.
Para él, “los concursos literarios son clave para los más jóvenes. Esto ayuda mucho porque los muchachos necesitan estímulos, y hoy en día los estímulos son muy pocos”.
Ha formado parte de otros jurados, pero Letras Nuevas será su primera experiencia cercana con un concurso entre jóvenes, adolescentes y algunos casi niños.
Y parece que este oficio le queda al dedo, y se place de ello: “Es que creo que me gusta ser jurado”.
Y no sólo ha juzgado, también ha sido juzgado: “Participé en el concurso internacional de cuento de la revista ‘Imagen’, de Caracas, y gané con el libro ‘Tropeles y tropelías’ ”. La obra tuvo su primera edición en la Editorial
Universitaria de El Salvador.
El otro Sergio Ramírez
Quizá como Borges (y otros tantos menores), el nicaragüense piensa en sus letras pasadas como la obra de otro artista, no la suya propia. “Era otro, menos maduro, porque los estilos cambian; el dominio técnico sobre la escritura, que es tan importante,
llega a desarrollarse más.”
Aunque también trae a cuenta la idea de una amiga suya: “Ella me decía que en mi primera novela, ‘Tiempo de fulgor’, están contenidos todos mis demás libros. Quizá en un primer libro uno pone todas sus ideas narrativas, que después
va desenredando”.
Centroamérica y su estado
El autor de “Margarita, está linda la mar” ha llegado a creer, con el tiempo y con las improntas de su vida, que “Centroamérica es una cárcel, un cerco para los escritores”. Su imagen de Centroamérica es la de una región que debería
considerarse más latinoamericana que otra cosa, porque nuestra barrera invisible se agranda con el tiempo.
Rodrigo Rey Rosa (Guatemala), Carlos Cortez (Costa Rica), Erick Aguirre (Nicaragua) son nombres que Sergio Ramírez trae a cuenta a la hora de hablar de autores regionales contemporáneos.
Confiesa que siente respeto por Horacio Castellanos Moya, principalmente con su trabajo en “La diabla en el espejo”, y añade: “Yo la empujé mucho entre los finalistas del premio Rómulo Gallego, porque me pareció una estupenda novela”.
Los grandes salvadoreños
Salarrué y Dalton, de antemano, salen a luz cuando habla de los grandes autores de nuestro país. “Uno de los grandes exponentes de la literatura vernácula clásica de América Latina fue Salarrué. Su virtud en cuanto al dominio
del habla del pueblo y su transformación en literatura es muy importante.”
Y de Roque sabe decir, sin temblores, que es la “expresión mayor de la modernidad” en nuestro país. “Y mientras se aleja el tiempo, Dalton es mejor poeta; cada vez que se le mira de más lejos, es mejor y mejor.”
Roberto Armijo (“injustamente juzgado”), Chema Méndez, Manlio Argueta y otros nombres importantes de las letras salvadoreñas son parte del repertorio espiritual y afectivo del autor nicaragüense. Él, incluso, se siente parte de una generación
de autores salvadoreños, porque dice ser “muy salvadoreño” desde los años sesenta, cuando cultivaba su amistad con los intelectuales de la época. “Me hice parte de esa generación, porque para mí El Salvador es como Nicaragua; y Nicaragua, como El
Salvador.”
Su trabajo actual se enfoca en una novela que recién terminó, llamada “Nadie quiere saber de mi pasado”. Esta obra “fija un puente entre las culturas centroamericana, nicaragüense y europea”, y Rubén Darío, “ícono de la nacionalidad
nicaragüense”, también gira en torno a la novela, a publicarse en octubre.
|