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Los ojos de los bueyes
(Alfredo Espino)

 

Canción del niño indio

Claudia Lars

Moreno el dormido... Quisiera saber quién le dio, en las venas, su color de nuez.

Quizás el terrón de oscuro poder o el búho nahual, por indio, tan fiel.

Mirando, mirando, –¡ay, lo que miré!– selvas y volcanes, maíz y maguey...

Buscando, buscando, –¡ay, lo que busqué!– torcaces que huyen, sangre de los pies.

Sonríe el dormido... Yo creo que ve los templos perdidos, la gente de ayer.

Tejedores de antes –uno, dos y tres–, bordan los faisanes,

las grecas también;y van los caminos de Izalco a Petén, entre mariposas y verdes sin ley.

Suspira el dormido... No quiere volver a tierras en donde sufre lo que fue.

Caracol antiguo guarda para él la playa lejana del amanecer.

Las flores del shilo ya no son de miel; la punta de jade se ha quebrado en tres.

Pueblos fugitivos tienen que correr, y van, tras su huella, cascos en tropel.

Despierta el dormido... No se sabe por qué le duelen los valles, le duele la sien.

Memorias confusas, una y otra vez, recogen el sueño en amarga red.

Entre miedos largos no sabe qué hacer, y se vuelve el niño de muda niñez.

Los he visto tan tristes, que me cuesta pensar cómo siendo tan tristes, nunca puedan llorar!...

Y siempre son así: ya sea que la tarde

los bese con sus besos de suaves arreboles, o que la noche clara los mire con sus soles,

o que la fronda alegre con sus sombra los guarde...

Ya ascendiendo la cuesta que lleva al caserío, entre glaucas hileras de cafetos en flor...
o mirando las aguas de algún murmurador arroyuelo que corre bajo un bosque sombrío...

¿Qué tendrán esos ojos que siempre están soñando y siempre están abiertos?

¡Siempre húmedos y vagos y sombríos e inciertos, cual si siempre estuviesen en silencio implorando!

Una vez, en la senda de una gruta florida
yo vi un buey solitario que miraba los suelos
con insistencia larga, como si en sus anhelos
fuera buscando, ansioso, la libertad perdida...