| Pitirre conoce un nido
de chorchitas —decía el diablo.
—Pero Pitirre no se lo enseña a nadie —decía
el niño.
—Sólo por cinco cigarros —decía el diablo.
—Si faltan los cigarros me cuerea mi papá —decía
el niño.
—Tu papá anda bebiendo guaro en La Azucena —decía
el diablo.
El niño miraba la gaveta.
—Ya las chorchitas están emplumadas —decía
el diablo.
El niño abría la gaveta.
—Quién anda en la gaveta —gritó desde
la cocina la mamá.
—Decí que andás buscando tu cortaplumas —decía
el diablo.
—Yo mamá, que ando buscando mi cortaplumas —gritó
el niño metiéndose los cigarros en el bolsillo.
Pitirre estaba a la orilla del río.
—¿Qué estás haciendo? —dijo el
niño.
—Nada —dijo Pitirre.
—Vos conocés un nido de chorchitas —dijo el
niño.
—¿Quién dice? —dijo Pitirre.
—El diablo —dijo el niño.
—Mentiras —dijo Pitirre.
—Juralo —decía el diablo.
—Por ésta —dijo el niño.
—Ya juraste en vano —dijo Pitirre.
—Decile me condeno— decía el diablo.
—Me condeno —dijo el niño.
—Te condenás —dijo Pitirre.
—Sacá un cigarro —decía el diablo.
—El niño sacaba un cigarro.
—Dame la chiva —dijo Pitirre.
—Si me enseñás el nido —dijo el niño.
—Pues no —dijo Pitirre.
—Pues no fumás —dijo el niño.
—Ni vos —dijo Pitirre.
—Masiemos que fumo¹ —dijo el niño.
—No tenés fuego —dijo Pitirre.
—Voy a traer un tizón —dijo el niño.
—Si me das cinco cigarros te enseño —dijo Pitirre.
—Bueno —dijo el niño.
—Andá, trete el tizón— dijo Pitirre.
El niño no se atrevía a entrar en la cocina.
—En la cocina está mi mamá —decía
el niño.
—Llamá a la Socorrito que te lo saque —decía
el diablo.
La muchachita estaba junto a la puerta de la cocina.
El niño la llamaba por señas desde largo. La muchachita
lo miraba desconfiada.
—Vení —dijo el niño.
La muchachita se le acercaba.
—Andá treme un tizón a la cocina —dijo
el niño.
—Andá vos —dijo la Socorrito.
—Pegale —decía el diablo.
—Si no vas te pego —dijo el niño.
—Para qué querés el tizón —dijo
la Socorrito.
—Para prender un cigarro —dijo el niño.
—Si me das uno —dijo la Socorrito.
—Bueno —dijo el niño.
La muchachita se iba a traer el tizón a la cocina.
—¿Te gusta? —decía el diablo.
—Sí —decía el niño.
La muchachita volvía con el tizón.
El niño cogía el tizón.
—A ver mi cigarro —dijo la Socorrito.
—Decile sólo que juguemos a los casados —decía
el diablo.
—Sólo que juguemos a los casados —dijo el niño.
—Dame primero mi cigarro —dijo la Socorrito.
—Tomalo —dijo el niño.
El niño y la muchachita encendían sus cigarrillos
con el tizón.
—Vamos pues, a jugar a los casados —dijo la Socorrito.
—Primero vamos a ver un nido —dijo el niño.
Pitirre los esperaba a la orilla del río.
—A ver mis cinco cigarros —dijo Pitirre.
—Tomalos —dijo el niño.
—Ónde está el nido —dijo la Socorrito.
—¿Cuál nido? —dijo Pitirre.
—El nido —dijo el niño.
—Te engañé, baboso —dijo Pitirre.
—El niño cambiaba de colores.
—¿Son mentiras? —dijo la Socorrito.
—¡No pues! —dijo Pitirre.
—A ver mis cigarros —dijo el niño.
—Tomá —dijo Pitirre, haciéndole la guatusa.
—Mentale su mama —decía el diablo.
—Tu mama —dijo el niño.
—La tuya —dijo Pitirre.
—Decile tu papa es ladrón —decía el
diablo.
—Tu papa es ladrón —dijo el niño.
—Y tu papa es picado² —dijo Pitirre
—Más picado es el tuyo —dijo el niño.
—Tu papa tiene cara de lechuza —dijo Pitirre.
El niño estaba enfurecido. Pitirre se reía. La muchacha
los miraba al uno y al otro. El niño se contenía para
no llorar.
—Tu papa le pega a tu mama —dijo Pitirre.
—También mi papa le pega a mi mama —dijo la
Socorrito.
El niño estaba ciego de rabia.
—Cortalo con tu cortapluma —decía el diablo.
El niño estaba sacando su cortapluma. Pero Pitirre era
más fuerte, le arrebataba el cortapluma y le pegaba.
El niño, dando gritos, corría en busca de su madre.
—Ya salió llorando —dijo Pitirre.
—Cochón —dijo la Socorrito.
Cuando quedaron solos Pitirre y la muchachita, el diablo quedó
con ellos, mirándolos y sonriendo.
—¿No tenés nido, pues? —dijo la Socorrito.
—Tres tengo —dijo Pitirre.
—Dame uno —dijo la Socorrito.
—Sólo que hagamos aquello —dijo Pitirre.
—Primero dame el nido—dijo la Socorrito.
—Después —dijo Pitirre.
—Juralo —dijo la Socorrito.
—Por ésta —dijo Pitirre.
—Bueno —dijo la Socorrito.
El diablo nada tenía que decir y se pasaba la lengua por
el hocico. Tenía sueño y se durmió.
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