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Citas
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Ninguna vida
es real si no la
imaginamos.”
Anacristina Rossi
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Con evidente cansancio en su rostro, luego
de su viaje de Costa Rica a San Salvador, la escritora costarricense
Anacristina Rossi descubre ante nosotros su amor por la literatura.
Una pasión que vive desde pequeña, cuando quemaba
todo aquello que escribía con tan sólo escuchar
de sus amigos y de sus familiares una
desaprobación.
Con sus rizos alborotados y una sonrisa casi permanente, Anacristina
nos confesó que cada letra que escribe la hace con
su espíritu totalmente impregnado por las ganas de
ser escuchada.
No oculta sentirse incómoda por la cámara fotográfica
y una vez ésta desaparece, el corazón de la
escritora queda al descubierto, para darnos en detalle cómo
surgen sus historias y decirnos lo básico que un nuevo
escritor debe tomar en cuenta a la hora de dar rienda suelta
a la pluma.
La maestra eterna de esta novelista nacida en San José,
pero criada en Puerto Limón en el Caribe costarricense,
es la escritora inglesa Virginia Woolf, quien hace muchos
años y por casualidad llegó a las manos de Anacristina,
con el libro “Las olas”, y a partir de ahí
surgió una historia de amor que no ha parado.
La clave para Anacristina es no encajonarse en argumentos
académicos a la hora de escribir, más bien,
dar rienda suela a la imaginación que es lo que más
vale a la hora de darle vida a una obra literaria, puesto
que para ella, el proceso creador es más sensorial
que intelectual. |
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SU OBRA
DE UN PLUMAZO
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Anacristina Rossi es la escritora del mes
de la casa editorial Alfaguara y de LA PRENSA GRÁFICA
y compartió esta semana con los literatos salvadoreños
su experiencia.
Su primera novela fue “María
la noche” (1985). Ganó el Premio Nacional de
Novela en su país.
“La loca de Gandoca” (1991)
fue su segunda obra. La novela lleva más de 14 ediciones
y 50 mil ejemplares vendidos.
“Situaciones conyugales”
(1993) compila sus cuentos.
Su novela “Limón Blues”
le valió el Premio Nacional de Novela Aquileo J.
Echeverría y el premio José María Arguedas
de la Casa de las Américas, en Cuba.
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¿Cómo
y cuándo surge el momento de inspiración?
El momento de inspiración no existe, lo que hay de pronto
es una gana muy grande, y esa gana no tiene que estar vinculada
con algo trascendente, importante. Hay esa noción, que para
ser escritor hay que tener primero un tema buenísimo, un
material buenísimo, la novela y el cuento, que son mi experiencia,
se hace cuando llega algo, que puede ser un detalle intrascendente,
una voz de alguien, que de pronto sugiere a la imaginación
una historia y a uno le dan muchas ganas de contarlo. Puede ser
que eso sea alguien importantísimo, para cierta gente, me
pasó con “Limón blues”, que es la historia
de la comunidad afrolimonense, o puede ser el gesto de una mujer
que lleva la ropa al lavado y surge una historia igualmente importante,
la materia no necesariamente es lo que determina la calidad o gana
con la que uno se mete.
¿Cuándo se ve ese detalle, qué se
hace con él?
Al momento que ese detalle te atrapa, lo que atrapa es la imaginación
y vos sabés cuando el detalle está en ti, porque de
pronto empezás a imaginar, la historia puede ser imaginada
a partir de elementos reales, que es lo que me pasó en “Limón
blues”, pero en “María la noche” eran las
ganas de contar. Hay algo muy importante y que hace mucho más
sencillo de lo que la gente se imagina el trabajo de escritor y
es que cualquier historia, ya sea algo que en realidad sucedió
o una historia que a uno se le ocurre, tienen que tener un detalle
que se pueda imaginar. Imaginarla quiere decir hacerla vivir, imaginar
es como, aunque suene muy infantil, cuando uno de chiquillo tenía
un amigo imaginario y creaba vivencias. Si no tiene primero vida
para el escritor no va a tener vida para nadie. Ninguna vida es
real, ni la tuya ni la mía, si no la imaginamos.
¿En qué momento se convierte ese detalle
que desata la imaginación en novela o cuento?
Cuando te obsesionas, cuando te obsesionas por contar, cuando
vas en un bus y vas pensando en eso. Cuando empiezan a llegar los
personajes, entonces uno tiene que hacer ese personaje, ese personaje
puede ser real, alguien parecido a quien viste un día, pero
lo importante es que te empieza a hablar.
¿Qué debe tener un personaje?
Que viva para vos, que sea como un amigo invisible, que podás
vivir con él, tal y como lo hacías de chiquillo con
tus amigos imaginarios. Creo que cuando somos pequeños todos
somos un poco novelistas; en mi primera novela, “María
la noche”, Octavia no es el primer personaje, pero es el personaje
que me hizo escribir la novela, era mi amiga invisible. Puede ser
también un personaje aquella persona que tanto odias, tiene
que ser alguien que viva.
Y ese personaje no tiene que ser el centro de la historia.
No, es el personaje que te va dando el hilo de los sucesos y de
pronto ahí surge el principal o se puede convertir en el
principal.
¿Existe para Anacristina un ritual especial para
sentarse a escribir?
Pura disciplina y ganas de escribir, pero algo muy importante
que se me escapa es que para mí no hay novela posible si
uno no está rodeado de otros libros, porque el tono y las
ganas de escribir te la dan otros autores, el momento en que te
sentás a escribir es el momento en que uno se recoge sólo
con sus libros más queridos, los autores muy queridos o cartas
de amigos queridos, es como recogerte con tus maestros, los escuchás
y empieza un diálogo con ellos. Hay que tener, como decía
Virgina Woolf, un cuarto propio o a lo mucho un rincón propio,
que talvez compartís en la noche, pero que en ciertas horas
del día es sólo tuyo, yo ahora tengo un cuarto, pero
por mucho tiempo tuve un rincón y ahí estaba rodeada
de mis libros favoritos, de mis cartas más queridas.
¿Cuáles son sus libros preferidos, con cuáles
dialoga, sus maestros?
Cambia según las épocas, en este momento tengo una
escritora inglesa de mediados de siglo, Vita Sackville -West, me
va a acompañar por mucho tiempo.
En su última novela recoge muchos datos históricos
y reales de Puerto Limón, ¿cómo logró
combinar los hechos reales con la imaginación?
Es dificilísimo, uno cree que los datos históricos
se cuentan a sí mismos, en “Limón blues”
me di cuenta de que los datos históricos no se cuentan, tienen
que entrar en un proceso de imaginación, lo más difícil
de todo fue coger esos datos y llevarlos. Los escritores recibimos
ayuda de las personas menos pensadas, un amigo historiador se sentó
y me dijo: “Estoy esperando esa novela tuya, pero lo que espero
ver es la historia de los personajes de todos los días”.
En ese momento no le tome mucha importancia, pero luego, cuando
tenía tanto problema con el material histórico, me
acorde de lo que él me dijo, no era el dato histórico,
era cómo vivían dentro de ese dato histórico,
cómo olía, qué cocinaban, esas cosas te ponen
a imaginar. Hay momentos de desesperación, cuando tenés
que resumir 18 años en tres páginas, pero siempre
hay un detallito que te saca, un olor una sensación. El proceso
no es tan intelectual, es más sensorial.
¿En algún momento ha tenido que desechar
un trabajo porque no pudo con ese proceso?
He tirado novelas enteras en el basurero, de “Limón
blues” dos versiones fueron a parar a la basura, una de 1,200
páginas y otra de 600. Hay un pequeño cementerio de
novelas en mi casa, no las boto del todo, guardo cosas que me pueden
ayudar para empezar otra novela. Hay páginas que me avergüenzan.
¿Qué le da vergüenza?
Un montón de cosas, una porque era una historia demasiado
personal y esas tienen el riesgo de no imaginarse lo suficiente,
de quedarse en la vanidad del escritor; otra era muy traumática,
tenía que ver con mi autobiografía y había
escrito ya muchas veces y no funcionaba; otra, porque tenía
demasiada furia; otra, porque el tema me dolía demasiado.
Para tomar estas decisiones tuvo que ser objetiva, ¿cómo
lo logró?
Porque tengo amigos, que son mis amigos implacables, son tres
y cuando no estoy segura y no quiero botar algo porque duele, se
los doy y ellos son tan buena gente que se dan el trabajo, en esas
novelas desechadas los tres coincidieron.
¿Todo escritor debe tener este tipo de amigos?
Creo que sería más práctico si estuvieran
integrados dentro de uno y uno pudiera tomar sus propias decisiones,
es lo ideal. Yo no he podido.
¿Algún consejo para los escritores jóvenes?
Que se dejen ir con la imaginación, que no tengan miedo
a botar, a corregir, a echar, que confíen en su intuición
y en sus ganas. Lo más importante: que lean muchísimo,
que se busquen maestros amados, que los imiten, imitar a los que
uno admira es como uno más aprende.
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